
Tomó las llaves y abrió la puerta. Cuando entró en la vivienda, husmeó el vacío de varias semanas de ausencia. Se fue hacia la cocina en busca de la regadera; luego se dirigió al pequeño patio contiguo, donde se encontraban las plantas y, al fondo, la desamparada caseta de Freddy.
Una vez regadas las plantas, se dirigió hacia el comedor y ordenó un poco su estado. Se dirigió hacia el teléfono y, descolgándolo, se atrevió a escuchar una vez más aquel mensaje que debió haber escuchado en su momento:“Tiene dos llamadas con mensaje. Llamada número uno: recibida el siete del ocho, a las veintiuna horas treinta y dos minutos:
-Adelita, Adelita... Tú no sabes quién soy, pero yo sí sé quién eres, je, je... El caso es que te voy a rogar un favor, por las buenas, o si lo prefieres, te lo ordenaré por las malas... Supongo que estarás al tanto de que tu amiguito Léxico anda investigando un caso. Bien, pues te pido que trates por todos los medios de retenerlo en tu casa el máximo tiempo posible. Te aconsejo que le administres algún tipo de calmante o algo por el estilo. Sobre todo, no debe sospechar nada... En caso de que no sigas estas claras instrucciones, nos veremos obligados a quitarnos del medio a Léxico, por las malas. Por cierto, siento muchísimo el triste accidente de tu perrito... Hemos intentado recomponer sus trocitos como hemos podido, pero es que se empeñó en colarse en la máquina trituradora y no pudimos evitarlo... Sniff... En fin, ya sabes: mantén a Léxico alejado del caso y no le pasará nada... Au revoir... Ah, por cierto, en cuanto hayas escuchado este mensaje, bórralo…”Bien por olvido, bien como irrefutable prueba, Adelita no llegó a borrar el mensaje... Léxico se maldecía por no haber descolgado el teléfono en su momento. Pero ya no había nada que hacer... El caso, por suerte, había podido resolverse, y aquel mal nacido de Guñoz, con su apestosa voz nasal, había pagado por fin su fechoría.
Salió de casa de Adelita y se dirigió en el seiscientos hacia su propio apartamento.Al llegar, se hizo un sándwich de anchoas con pimienta y se postró en el sofá. Tomó el mando del televisor e hizo un rápido zapping por las cadenas. Se paró en un programa que estaban dando en Telebrinco. Sentado a una mesa redonda reconoció la calva de Coto Mataporros, que en aquel momento disertaba sobre un familiar y cercano asunto:
“-Pues, sí, para qué vamos a engañarnos... Yo fui una pieza clave para descubrir el chanchullo del tal Guñoz... Bueno, yo y mi hija, que denunció rápidamente el caso en cuanto se enteró de que le habían colado un ejemplar de “Sabor a fuel” en su mochila...”Léxico no pudo más que abrir los ojos como tomates ante tal desfachatez. Se decidió a apagar el televisor y evitar infectarse con las memeces de programas basura de aquella calaña. Se dijo que ya podría decir misa aquel sinvergüenza de Mataporros, que el caso se juzgaría en los juzgados...
Decidió, pues, ponerse a leer una novela de William Folter; tomó su petaca y se dispuso a echar un trago. No obstante, se percató de que su interior estaba completamente vacío. Se dirigió a la cocina y fue en busca de la damajuana. Le quitó el tapón, puso un embudo en la petaca e inclinó la garrafa; comprobó, con alarma y desconsuelo que del cuello de la damajuana apenas caía una casi imperceptible gota de líquido negruzco. Pensó que era momento de ir apresuradamente en busca de reservas: el lugar a donde iría a buscarlas es algo que el Cide Hamete Benengeli de esta historia no está autorizado para contarles...
F I N
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Léxico acudió a visitar a Adelita al hospital, como todas las tardes durante el transcurso de aquellas dos últimas semanas. Aquella tarde Léxico entró en la habitación con una caja envuelta en papel de regalo. Adelita dibujó una cariñosa sonrisa al ver a Léxico con el regalo. Léxico depositó la caja junto a la cama, y después de dar un beso a la bibliotecaria, le preguntó: -¿Quieres que yo la abra?
-Por favor, cielo... –contestó impaciente Adelita-.Léxico comenzó a rasgar el papel que envolvía la caja; en la tapa frontal Adelita apreció unos pequeños orificios por donde parecía verse algo en movimiento; escuchó también unos leves gemidos que procedían del interior. Seguidamente, Léxico abrió la tapa y agarró con suavidad al caniche que esperaba asustado en el interior del embalaje. Adelita lanzó un grito de sorpresa, mientras Léxico depositaba al can en sus manos.
-¡Cariño, eres un sol! –dijo a Léxico, mientras acariciaba al caniche-. Es el mejor regalo que podías hacerme...-Bueno, me alegra que te guste –sonrió Léxico-. No es exactamente como Freddy, pero bueno...
-Ya... –asintió melancólica-. Bueno, pero a pesar de que no sea Freddy, la verdad es que es una monada. En fin, habrá que ponerle un nombre...-Sí.
-Pues decide tú, cariño, que para eso es tu regalo...-¿Estás segura?
-¡Claro que sí! ¿Qué nombre se te ocurre?-Bueno, pues no sé... –vaciló-. Se me ocurre, se me ocurre... ¡Ah! ¡Ya sé! Candy.
-Ja, ja, ja... –rió Adelita-. ¿A qué me recuerda ese nombre, a qué...?-Pues no sé... Ha sido el primero que me ha venido a la cabeza...
-Pues no se hable más: Candy... –se dirigió al perro mirándole a los ojos-. ¡Ah, por cierto! –se dirigió ahora a Léxico-. Tengo una muy buena noticia...-Pues suelta, preciosa...
-Seguramente el lunes me darán el alta...-¡Mágnifico, princesa! –exclamó Léxico-.
Hacia el final del horario de visita, Léxico empaquetó de nuevo a Candy, para llevárselo a su casa hasta que Adelita estuviera de vuelta. Cuando ya se despedían, ésta le pidió un favor.-¿Puedes pasar hoy por mi casa para regar las plantas?
-Claro que sí, guapa... En cuanto salga del hospital me paso por allí...-Te quiero, cielo...
Se despidieron dándose un prolongado beso y, a continuación, Léxico salió de la habitación con una tonta y poco habitual sonrisa.Franz_126
De vuelta a Barmolona echó una cabezada en el asiento clase turista del avión. Le dio tiempo a soñar: soñó con una gran mansión rodeada de palmeras. Se encontraba acostado en una tumbona, junto a una piscina de agua negra; en ese instante se incorporó, notando cómo las aguas de la piscina comenzaban a arremolinarse en forma turbulenta; a continuación, del fondo de las aguas surgió una enorme cabeza de toro; un toro enfurecido, que pretendía dirigirse hacia donde él se encontraba. De manera misteriosa e increíble –como suele suceder en los sueños- se le apareció una cadena a la altura de su cabeza; alzó su mano y empuñó el mango de la cadena; tiró hacia abajo y, de manera instantánea, las aguas de la piscina fueron succionadas por una pequeña rendija situada en el fondo: por allí se fueron las aguas, junto con el astado monstruo, que gemía suplicante mientras la impasible rendija le succionaba. Se giró hacia la mansión y, en aquel momento, una bella dama salía por la puerta que daba al jardín; se dirigió hacia él y ambos se fundieron en un gran abrazo. Al llegar al aeropuerto, tomó un taxi que le condujo directamente hasta el Comité Central. Bajó junto al edificio y se dirigió hacia la puerta metalizada:
-Agente Diéresis-U. Contraseña: ¡Abre, cojones, que luego te tengo que invitar a unas cañas!Subió hasta la quinta planta y se dirigió al despacho del comisario Hiato. Al reencontrarse, el comisario se dirigió hacia Léxico para darle un efusivo abrazo.
-¡Hombre, Léxico! ¡Mi mejor hombre...! –expresó con orgullo el comisario-. ¡Cuánto me alegra verte de nuevo!Se sentaron frente a frente. El comisario se dirigió de nuevo a Léxico.
-Y dime... ¿Qué tal se encuentra... bueno... tu Adelita?-Mucho mejor, parece... –respondió Léxico-. Ayer mismo la trasladaron al hospital de la ciudad. Estoy deseando verla de nuevo...
-Hum... –apreció pensativo-. ¿No te me estarás enamorando, Bebo...? Ja, ja, ja...-¿Enamorarme? ¿Amor? No, no... Yo no entiendo de eso, señor... –expresó entrecortado Léxico.
-Ja, ja, ja... Bueno, líos de faldas a parte, te pondré un poco al día de la resolución del caso, que tan solventemente has resuelto, como siempre...-Soy todo oídos, comisario...
-Bien. Bueno, en primer lugar, me alegra informarte que el tal pajarito Li Jung So ya ha sido cazado.-Estupenda noticia...
-Sí. La policía le localizó en el aeropuerto, tratando de huir; no sirvió de nada su documentación falsificada...“Bueno, por otra parte, Julián Guñoz ya está en la cárcel, a la espera de ser juzgado por instigador y autor de crimen literario. Creo que nos hemos hecho con todos los ejemplares, y los mismos ya han sido incinerados...
“Por su parte, todos los trabajadores ilegales que tenía a su cuenta también serán juzgados, incluido don Julio Ermita, padre, que colaboró fervientemente en la producción del crimen, sobretodo con sus medios económicos...”-Hum... Ya veo... –consideró Léxico-. Pero, dígame, comisario... ¿Fue él quién puso el ejemplar en la mochila? Hay algo que se me escapa...
-No, para nada... –rectificó el comisario-. Digamos que todo el asunto fue una mera casualidad que, por cierto, nos prestó una importante vía para encontrar al culpable. Resulta que todo lo que nos contaron desde Begoña Mataporros hasta el mismo Ermita era cierto; con la salvedad de que Ermita no sabía que el padre de Begoña le había regalado a ella precisamente ese libro... Gracias a tu pericia, no descubrió en un principio que lo que se hallaba dentro de esa mochila era uno de los libros ilegales que junto a Guñoz estaban tratando de distribuir por todo el país. Así que pensó que se trataba de un tema de drogas; hasta que Begoña habló con él más tarde y le informó (sin tener conocimiento de su colaboración en el crimen) sobre el caso. Ermita hizo saltar la alarma: informó a Guñoz y, éste ordenó a sus hombres que trataran de impedir que se descubriera su asunto; también ordenó a Li Jung So que tratara de impedir la marcha de tu investigación como fuera...
Léxico se quedó pensativo un instante. Una vez aclarado todo, decidió despedirse del comisario y dirigirse a su casa: se merecía un descanso. Mañana sería otro día.
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Después de haber obtenido la dirección de la casa de campo, Léxico y sus hombres se dirigieron hacia allí. Se hicieron valer de nuevo de la sirena de la ambulancia, con la intención de llegar lo antes posible al lugar. Recorrieron unos veinte kilómetros por una carretera en dirección a Márava. Se internaron por un camino de tierra, custodiado por un campo de olivos. Finalmente, llegaron hasta “La Poderosa”, una enorme finca perteneciente a Julio Ermita. Se detuvo la ambulancia. Se dirigieron hacia la casa; no obstante, Léxico comenzó a escuchar unos gritos a lo lejos, que parecían provenir tras un establo situado junto a la casa. Se dirigieron hasta allí con presteza. Tras el establo, descubrió un arenoso cercado de madera y, en el centro, descubrió una mujer atada de pies y manos, inmóvil: adivinó los gritos de Adelita, que parecía incapaz de realizar cualquier movimiento. Junto al corral, descubrió a Julián Guñoz, que se apostaba junto a la puerta que daba al contiguo toril. Cuando Léxico se encontraba a pocos metros de Julián Guñoz, éste interpuso amenazante:
-Ni un paso más, Léxico... Porque... supongo que usted es el famoso Bebo Léxico, ¿no es cierto?-Así me conocen... No puedo decir, dadas las circunstancias, que sea un placer conocerle...
En ese momento, Guñoz comenzó a carcajearse insensatamente, tratando de imitar un cierto sarcasmo malvado que a Léxico se le antojó patético.-Ja, ja, ja... –continuó Guñoz que, instantáneamente, empuñó un revólver en dirección a Léxico-. ¡Vaya! Parece ser que está en una mala racha, señor Léxico... ¿Qué fortuito accidente le ha ocurrido en esta ocasión, amigo? Ja, ja, ja...
-El único accidente que puede echar al traste mis planes es la muerte, caballero... Cosa que, a pesar de los intentos de su oriental colaborador, no ha sucedido...-Ja, ja, jaaa... Ya veo que es usted duro de pelar, amigo... –cambió su expresión y afligió falsamente su semblante-. Pero... ¿no cree que el mejor lugar para lograr recuperarse pueda ser el hospital? –sugirió echando una ojeada a los enfermeros-. Además, en cuanto abra la puerta del toril para que salga mi más bravo astado, me temo que su amiguita estará encantada en hacerle compañía... O, quizá, no... Ja, ja, ja...
-Le ordeno que no lo haga, amigo... –amenazó Léxico, levantando su brazo y señalando a Guñoz-.En ese momento, Guñoz dejó de apuntar a Léxico y dirigió su cañón hacia Adelita, que comenzó de nuevo a gritar con pánico.
-No se te ocurra hacer nada, o me la cargo directamente de un tiro... –amenazó, a su vez, Guñoz.En ese instante, Léxico hizo apretar un botón instalado en la cruceta, haciendo que un chorro del líquido negruzco diluido en el agua impactara al instante en la cara de Guñoz. Éste comenzó a retorcerse y a frotarse la cara con su mano libre, mientras con la otra acertó a lanzar un tiro con su revólver, antes de caer al suelo. En ese instante, Léxico escuchó un breve gemido de dolor, comprobando que Adelita caía a la arena del corral. Se dirigió rápidamente hacia Guñoz que, quejumbroso, y dando gritos de sufrimiento, se palpaba con las manos la cara. Desenfundó Léxico su revólver, a la vez que uno de sus acompañantes enfermeros recogía el de Guñoz, mientras que el otro le ponía las esposas. A continuación, instó al que le había esposado para que fuera a atender rápidamente a Adelita.
Mientras trataban de llevar a Adelita hasta la ambulancia, escucharon cómo un coche situado detrás de la casa accionaba el motor y salía por el camino. A lo lejos, se oían las sirenas de los coches patrulla, que impedirían instantes después la inútil huída de Julio Ermita padre.Franz_126

Los hombres de Gonzalo Buenos días dispusieron en el mínimo tiempo posible todo lo necesario para que el plan de Léxico surtiera efecto. Al cabo, pues, llegaron a la comisaría con varios tubos de suero, un soporte con su correspondiente botella, varias vendas, esparadrapo y tiritas, además de un par de batas de enfermero. Léxico comenzó a instalarse los tubos por su brazo, enganchándoselos con el esparadrapo; a continuación, se fijó una cruceta con dos tiritas cruzadas y dejó abierto el canal que la unía con el tubo. Abrió la botella de suero vacía; la relleno con un poco de agua y, a continuación, tomó su petaca. Echó un breve sorbo del negruzco líquido y a continuación vertió el resto en la botella. Cerró la botella, uniendo el extremo del tubo que tenía enganchado en el brazo.
Acto seguido, uno de los números, vestido con la bata de enfermero, tomó la botella de suero y la colocó en su soporte. Salieron los dos enfermeros junto a Léxico. Subieron a una ambulancia prestada y se dirigieron con la sirena puesta hacia la urbanización “Los Rosales”, seguidos de lejos por dos coches patrulla.Llegaron a las inmediaciones de la calle “Talytal”; se detuvo la ambulancia junto a la casa. Bajó Léxico, acompañado de los dos disfrazados números. Ante el sonido de la sirena, varios vecinos se asomaron a ver qué pasaba; afortunadamente, cuando ya se dirigían hacia la casa, el trajeado mayordomo salió a abrir la puerta, con cierta curiosidad también ante la alarma.
-Señor Léxico... –le comunicaba uno de los enfermeros-. ¿Está usted seguro de lo que hace? Mire que acaba de salir de un grave accidente...-No se preocupe, enfermero... –se dirigió impostando la voz-. Buenos días, caballero –saludó al mayordomo-. Me gustaría hablar con su señor; es urgente y no hay posibilidad a negarse...
El mayordomo no supo que decir, mientras Léxico entraba ya por el jardín acompañado de los dos enfermeros. Finalmente, se decidió a informar. -Lo siento, agente... Pero el señor Ermita no se encuentra en casa.-Bah. No le creo... –siguió Léxico avanzando por el jardín-. Seguro que estará dándose el lote en la piscina, con sus sirenitas...
-Bien, como quiera... –se resignó el mayordomo-. Puede registrar toda la casa, si lo desea, pero no le encontrará.Léxico entró en la casa por el amplio corredor y, con la ayuda de sus acompañantes, fue echando una ojeada a las estancias contiguas. Finalmente, llegaron hasta el jardín de la piscina, sin hallar rastro alguno de los sospechosos. Parecía que lo que el mayordomo les decía era cierto: la casa había sido abandonada. No obstante, mientras Léxico se quedaba hablando con el mayordomo, ordenó a sus dos hombres que registraran todos los rincones de la mansión.
-Bien, y dígame: ¿a qué lugar se ha dirigido su señor? –inquirió-. Y sepa que desde este mismo momento usted es sospechoso de un grave caso de crimen literario. Así que le sugiero que diga la verdad.El mayordomo pareció sorprendido. Enseguida, sin vacilación alguna, respondió.
-Pues lo cierto es que no me dijo adónde se dirigía... –señaló el mayordomo-. Pero lo más probable es que se haya marchado a su casa de campo en las afueras, ya que suele ir con su amigo Julián, que normalmente le acompaña...-¡Ahá! –asintió Léxico-. Muchas gracias. No obstante, me temo que deberá permanecer en comisaría, hasta que el caso esté resuelto.
Léxico llamó a los refuerzos que esperaban unos metros alejados de la casa, con la intención de que acompañaran al mayordomo hasta comisaría.Franz_126

Entraron por la amplia puerta de la comisaría; los dos números acompañaron a Léxico hasta el despacho del comisario. Llamaron a la puerta y, al instante, un tipo obeso y con un puro en la boca les abrió. Retirando el puro de su boca y exhalando una nube de espeso humo de tabaco, se dirigió a Léxico.
-¿Bebo Léxico? –inquirió el tipo estrechándole la mano, para lo cual tuvo que deshacerse Léxico de una de sus muletas-. Soy el comisario Gonzalo Buenosdías. Pase, pase... Me han hablado muy bien de usted.Se acomodó Léxico en un sillón, enfrente del comisario, que sonreía con cara de auténtica pachorra. Le ofreció un puro de una caja de porcelana. Léxico se acercó y tomó uno. A continuación, pasándolo por su nariz lo husmeó, guardándolo seguidamente en el bolsillo de su camisa.
-Ja, ja, ja –rió el comisario-. Veo que usted es de los que prefieren catar bien antes de probar...-No fumo. Pero colecciono tabaco –comentó Léxico-. Me gusta distinguir las diferentes marcas por el olor.
-Hum... Interesante –apreció-. Bien, pero vayamos al grano, que dijo una púber a su incipiente acné. Supongo que mis hombres le han dado alguna información sobre la marcha del caso.-Sí, sí, muy majos ellos... –convino Léxico-. Pero, ¿qué hay de ese tal Julián Guñoz?
-Bien, bien... Verá. Parece ser que el tipo estaba al tanto de nuestras pesquisas, así que decidió poner tierra de por medio cuanto antes. Cuando llegamos a la editorial encontramos algunos documentos que hemos requisado, entre los que encontramos, bien a la vista, esta nota.Léxico examinó el folio que Buenosdías le entregó, donde se podía leer con amplias y variopintas letras el siguiente mensaje:
“Adelita está conmigo. Así que no intentes nada, Léxico, o ella morirá. A la mínima que compruebe que me siguen, caput. Feliz estancia en Marvela:Julián (alias “El Pachuli”).”
-Como ve, creo que es un mensaje bastante personal, ¿no cree? –informó el comisario-. Por cierto, ¿quién es esa tal Adelita?-Es una larga historia, comisario... –replicó Léxico-. Lo que está claro es que es una mujer en peligro y debemos rescatarla cuanto antes. Por cierto... ¿Qué otros documentos se encontraron?
-Bueno, tan sólo algunas fotografías y facturas –informó-. Écheles un vistazo si quiere...Léxico tomó aquellos documentos y, entre las fotografías, halló una en la que el Pachuli sonreía abrazado a un tipo que le era muy familiar. Ambos posaban en bañador, junto a una amplia piscina rodeada de árboles.
-Creo que sé por dónde puedo comenzar la búsqueda –comunicó Léxico-. Por cierto, necesitaría que me acompañaran un par de hombres discretos y un tubo de suero, además de su correspondiente soporte...Franz_126

No tardó en llegar a la vivienda de la calle Río Rojo un grupo de la delegación policial de Matriz, que enseguida se hizo cargo de la partida de ejemplares de “Sabor a fuel”, con el propósito de llevarlos directamente a la incineradora municipal.
Después de recoger todas las pruebas, Léxico se despidió de los números matriceños; uno de ellos se prestó a llevarle a él y a su compañero a un centro de atención primaria. Allí, le dieron unos puntos y curaron la herida en su cabeza. Enseguida, ambos sabuesos pidieron un taxi y partieron en dirección al aeropuerto. Allí Léxico se despidió de su compañero, el cual partió hacia Barmolona, para reunirse con el comisario Hiato. Por su parte, Léxico tomó un vuelo directo hacia Marvela.-¡...! –pareció advertirle Suspensivo con cautela a su superior.
-Hale. Hasta luego, majo... –respondió Léxico.Durante el vuelo, Léxico estuvo haciendo un repaso a todos los percances y entresijos del caso. Se preguntaba, todavía, qué demonios tenía que ver su amante Adelita en todo aquel asunto. Hizo un recuento cronológico de los hechos: un libro hallado en la Facultad de Letras de Barmolona, dentro de una mochila; una mochila supuestamente olvidada en la biblioteca por un ricachón famoso; mochila perteneciente a una estudiante de la facultad, hija de otro ricachón famosillo con antecedentes sospechosos (aunque sin relación con asuntos literarios); un libro que fue adquirido por este tipo en un mercadillo, a un inmigrante con un negocio poco legal; a su vez, el inmigrante adquiere el libro de un colega que resulta ser proveedor de unos ejemplares de este libro, ilegalizado hace tiempo; en el piso de éste, se descubre el almacén de distribución de estos libros, provenientes de una casa editorial marvelí. En fin, todo un entramado, cuyo final parecía estar cerca, aunque nada claro.
En la pista de aterrizaje, un par de números le esperaban junto a un coche de policía. Unas azafatas le ayudaron a bajar las escaleras del avión. Los policías se acercaron una vez estuvo en tierra y le acompañaron hasta el coche. Subió Léxico al asiento del copiloto, mientras el otro policía subió atrás. Ya en marcha, el conductor se dirigió a Léxico.-Bueno, agente... ¿Dónde quiere que le llevemos? –inquirió el número.
-¿Cómo? –se preguntó Léxico-. Pues, ¿dónde va a ser? A la editorial.-De acuerdo. Aunque debo decirle que el caso ya está resuelto –reveló el policía-. Nuestros hombres ya se han hecho con todas las mercancías y han requisado la editorial; han sido detenidos doce miembros de la misma y confiscados todos los documentos; no obstante, quedan dos tipos sueltos: el dueño, mayormente, conocido como Julián Guñoz, y su más fiel colaborador y ayudante, un tal Li Jung So. Ambos en paradero desconocido.
-¿Julián Guñoz? –se sorprendió Léxico-. ¿El antiguo alcalde marvelí y marido de la famosa cantante folklórica Isabelle Santonja?-Efectivamente, señor... –asintió el policía-. Así que, si lo desea, podemos ir a comisaría, donde el comisario le informará de todo más explícitamente.
-De acuerdo. Vayamos –convino Léxico. Acto seguido sacó su petaca y echó un breve sorbo, ya que tan sólo le restaban un par de centímetros de líquido.Franz_126
Esta vez no soñó. Hecho insólito desde un tiempo a esa parte. No hubo pesadillas, o al menos, no recordaba haberlas tenido. Recién abiertos los ojos, no obstante, tuvo la sensación de que una especie de pesadilla le invadía su subconsciente. Un tipo extraño, con cara y expresión extraña, y haciendo unas muecas no menos extrañas, le daba tortas reanimadoras en ambos carrillos. Se incorporó alarmadamente. Detuvo los brazos de aquel tipo, reclamando una explicación. No obstante, aquel extraño no respondía, por muchos ruegos que le hiciera. Se quedó a solas un instante, al cabo del cual regresó aquel mudo blandiendo un libro delante de sus narices, a la par que arqueando sus pobladas cejas. Le arrebató el libro impacientemente y echó un vistazo a la portada: “Sabor a fuel”, por A. R. Quilmada. Aquel nombre hizo que comenzara a recobrarse de su efímera amnesia. Paulatinamente fue recomponiendo su memoria, a la par que comenzaba a reconocer a aquel personaje digno de pesadilla. También comenzó a notar un agudo dolor en su nuca, cosa que le hizo apreciar de nuevo la realidad. Su compañero se encogió de hombros, a la vez que extendía sus manos con gesto de impotencia. -Oh... Vaya... Suspensivo –se dirigió Léxico, mientras palpaba su vendaje en la cabeza-. ¿Qué demonios ha ocurrido?
Acto seguido, vio cómo su ayudante sacaba su teléfono móvil y marcaba un número. A continuación le pasó el aparato a Léxico, que le agradeció su eficaz respuesta y sin par locuacidad. Después de tres tonos, una voz familiar le saludó exultante. -¡Hola, Léxico! ¿Estás ahí? –inquirió el comisario Hiato-. ¡Habéis hecho un trabajo estupendo! Y creo que debes estar orgulloso de la inestimable ayuda de tu hábil compañero. Por cierto... ¿Qué tal estás? -Dejando a un lado esta repentina y taladrante migraña, bien...
-¿Todo eso se lo ha contado... él? –inquirió Léxico, lanzando una desconcertada mirada a su compañero-. Preguntaría más: ¿Todo eso hizo... él?
-¿Suspensivo? Pues claro, hombre... –corroboró Hiato-. Además, tenemos nuevos datos, y nos hemos puesto en marcha inmediatamente. Suspensivo descubrió un albarán procedente de una famosa casa editorial sita en Marvela. He dado orden para que nuestros hombres en la delegación marvelí se dirijan allí con una orden de detención y registro. Ah, por cierto. Suspensivo descubrió que tu agresor era de origen oriental, así que es probable que se trate del mismo Li Jung So. De todas formas, Suspensivo ha guardado su revólver como prueba, cosa que nos servirá para identificarle sin lugar a error.-Bien, comisario. Entonces, ¿qué hacemos nosotros ahora?
-Por el momento nada. Trata de recuperarte y vete a que te vea un médico. El vendaje que te puso Suspensivo fue un remedio primeros auxilios; aunque puede ser que te tengan que dar algunos puntos. Luego, regresad aquí. Nuestros hombres en Marvela se encargarán de arrestar a los responsables de la editorial. Luego tan sólo hará falta descubrir al cabecilla de la banda.Perdone, comisario... –repuso Léxico-. Pero me gusta terminar mis trabajos hasta el final. Me curaré la herida, pero enseguida saldré pitando hacia Marvela... Quiero descubrir a la rata madre con mis propios ojos.
-Está bien, Léxico –convino Hiato-. Pero cuídate. Y no hagas tonterías.-No se preocupe, comisario...
Pasó el teléfono móvil a su compañero, para que lo apagara. Miró a los ojos de aquel excéntrico compañero. La curiosidad le carcomía, y se preguntaba el por qué de su exclusiva mudez hacia su persona. Prefirió, no obstante, no saberlo, así que optó tan sólo por felicitarle por su trabajo y darle sus sentidas gracias. En respuesta, sonriendo como un histrión, su compañero le ofreció su negruzca petaca, de la cual tomó Léxico un prolongado y reconfortante trago.Franz_126
Léxico se disponía a entrar en el edificio pasando por delante de aquel tipo; no obstante, se topó con el enorme brazo de aquel gigante delante de sus narices. -¿Dónde creerrr tú que irrr? –inquirió el gordo pelirrojo, con deje germánico-. Esto ser edifisio prrrivado... Largar de aquí ya o despachurrar a tú ahorrra mismo.
Mientras decía esto, el gigante se vio atrapado por el cuello y agarrado por el brazo; Léxico comprobó atónito, una vez más, cómo su compañero Suspensivo se las había ingeniado para hacer un rápido movimiento y una hábil llave de judo que lograron abatir al gordo alemán y abalanzarlo al suelo. Mientras Léxico mostraba su identificación de detective literario, Suspensivo esposó al gorila a la farola que había junto a la acera.-Siento que mi compañero haya tenido que emplear estos poco ortodoxos métodos, pero debemos proseguir con una misión que nos ha sido encomendada.
Mientras el alemán continuaba profiriendo juramentos en su lengua, Suspensivo y Léxico ya se habían adentrado en el portal. Se dirigieron hacia las escaleras, comprobando con frustración que la vivienda no disponía de ascensor.Suspensivo ayudó a Léxico a lograr a trancas y barrancas el reto de alcanzar el cuarto piso. Entre los pisos intermedios se toparon con algún que otro tipo con pintas poco zalameras, aunque pudieron proseguir su camino, hasta llegar al cuarto piso, puerta tercera. Misteriosamente, el húmedo silencio reinante en el rellano no mostraba signos apreciables de vida.
Llamó Suspensivo varias veces a la puerta, sin obtener una satisfactoria respuesta. Tras la insistencia, Léxico instó a su compañero para que tratara de derribar la puerta. Con una seca y firme patada de Tae-Kwondo, logró Suspensivo abatir el obstáculo. Por fin Léxico sonrió ante la sabia decisión del comisario de proporcionarle a tan extraño, aunque eficaz compañero.Encendieron la luz de la vivienda, mientras Léxico anunciaba su presencia. No obtuvieron respuesta. Sigilosamente, Suspensivo abrió el camino a su superior, y se dirigieron por un estrecho corredor hasta el fondo. Antes, fueron echando un vistazo por las dos habitaciones contiguas, el lavabo y la cocina. Todas las estancias se encontraban deshabitadas, aunque llenas de cajas y utensilios de transporte varios. Llegaron hasta el comedor, decorado con un austero aunque atestado mobiliario. Se dirigieron hacia una puerta al fondo, junto a un pequeño balcón. Abrió Suspensivo la puerta y dio al interruptor de la luz. Suspensivo instó a Léxico a que viniera a echar un vistazo, haciendo un insistente movimiento de su mano. Léxico se asomó a la estancia y descubrió un montón de cajas y de libros apilados en gruesos montones. Echó la mano a uno de aquellos ejemplares y leyó la portada: “Sabor a fuel”, por A.R. Quilmada. Fue echando un vistazo a los libros que se apilaban en el montón, comprobando que se trataban de cientos de copias del mismo ejemplar. Parecía que, finalmente, habían destapado el nido de ratas. Ahora tan sólo faltaba saber por qué alcantarilla andaba circulando el roedor.
-Abre todas esas cajas, Suspensivo... –instó Léxico a su compañero-. Mientras tanto iré a echar un vistazo por el resto de la casa...
No obstante, un fuerte golpe en la nuca le impidió momentáneamente llevar a cabo su propósito.
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Subieron a un taxi y se dirigieron hacia Callejas, el barrio matriceño donde se encontraba la calle que Samir les había indicado. Durante el transcurso del viaje, Léxico felicitó a Suspensivo por su rápida y hábil actuación en la zaga del marroquí. Suspensivo hizo una mueca sonriente, a la vez que se soplaba las uñas de sus dedos. En ese preciso instante, Léxico recibió una llamada a su móvil. Descolgó y escuchó la esperada voz del comisario Hiato.
-“Léxico. ¿Qué tal va todo?”
-Viento en popa, comisario... –respondió el detective-. Estamos tras la pista de un sospechoso, para más señas, de origen oriental.
-“Ah, perfecto... Precisamente quería informarte sobre los sospechosos de los cuales pediste información. Bueno, respecto a Adela Bienservida, nada que añadir. No se ha encontrado ningún indicio, ni criminal ni de ninguna clase, además de que no está fichada... No obstante, respecto a Li Jung So, hemos descubierto algo importante. Fichado y arrestado varias veces por la policía, por chanchullos y delitos de poca monta. No obstante, tenemos datos que lo relacionan con ciertas mafias literarias, además de haber hecho trabajitos de matón para ciertos peces gordos relacionados con asuntos criminales. De hecho, está en busca y captura por supuesto homicidio a un profesor de literatura de la Facultad de Letras de Talabanca.”
-Hum... Ya veo... –rumió Léxico-. Muchas gracias, comisario. Le seguiremos informando en adelante.
Léxico estuvo cavilando sobre lo que el comisario había dicho y, en parte, le alivió saber que Adelita no tenía ningún antecedente. Aunque parecía obvio que debía tener alguna relación directa con el caso. No había podido, por otra parte, localizarla durante aquellos días, ya que su teléfono no daba señal alguna. Lo cierto es que sentía una especie de amor-odio por aquella fugaz amante que de sopetón había resultado ser una manzana podrida dentro del cesto de aquel caso. No obstante, se decía que todo debería quedar resuelto en breve, ya que estaban en camino de cazar a aquel chino que les proporcionaría con toda seguridad una vía directa hacia el cabecilla de aquella conspiración.
Llegó el taxi, pues, a la entrada de la calle Río Rojo. Léxico pidió que les dejara allí mismo. Bajó Suspensivo, mientras Léxico pagaba al conductor. A continuación, Suspensivo ayudó a bajar a Léxico, y se dirigieron por la estrecha calle en busca del número veintisiete. Anduvieron un tramo de la calle, por la cual se toparon con algún que otro yonqui, algún que otro mendigo borracho tumbado en la acera, y alguna que otra prostituta que les ofreció lasciva e inquisitorialmente sus servicios. Léxico tuvo que soltar una muleta y coger por el cuello a Suspensivo, que casi se deja atrapar por las redes de una perspicaz meretriz.
Pudieron zafarse finalmente de las diversas ánimas en pena que circundaban la calle y llegaron a un gran portalón custodiado por un gorila que les miró de arriba abajo, con cara de pocos amigos. Léxico echó la vista al número que colgaba en la parte superior del arco de la puerta y pudo comprobar que se trataba del veintisiete.
Franz_126
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