Clarividencia
Tuvo la osadía de interrogar a aquella siniestra adivina cuánto tiempo le restaba de vida. La mujer descubrió su velo y, blandiendo la guadaña, le comunicó que acababa de morir.Franz_126
Tuvo la osadía de interrogar a aquella siniestra adivina cuánto tiempo le restaba de vida. La mujer descubrió su velo y, blandiendo la guadaña, le comunicó que acababa de morir.
GUERRA
El esférico sale despedido por la bota a ciento diez kilómetros por hora, con la fuerza justa, la resistencia al aire y a la gravedad específicas, y el efecto adecuado para que su trayectoria traspase la meta. En la fracción de segundo en que el jugador se percata del inminente golazo, de la imposibilidad de alcance del guardameta al balón, se entromete, inoportuna, la inevitable Ley de Murphy. Un mosquito que bate sus diminutas alas a miles de kilómetros de allí es, en esta ocasión, el que provoca la repentina ráfaga de viento. La que, con justicia, debería denominarse Ley del Mosquito, desvía el abnegado esférico lo suficiente para que colisione en el larguero, rebote en el césped, justo unos centímetros por delante de la línea de cal, y salga despedido fuera de la portería.
Cada noche, a la misma hora, escuchaba el pitido de aquel tren a lo lejos, desde el cómodo diván del salón. Esperaba verlo aparecer, pero a medida que el traqueteo se hacía más cercano, no lograba vislumbrarlo. Aunque lo que se antojaba más insólito era que por aquel lugar no hubiera rastro alguno de vía férrea. No obstante, el salón volvió a inundarse de aquel espeso humo de la locomotora a vapor, como cada noche, constatando su paso por aquel mismo lugar. Al cabo de unos minutos, cuando el humo comenzó a disiparse, volvió a retomar consciencia: recordó su fatídico accidente más de un siglo atrás, cuando al disponerse a cruzar las vías con su carruaje aquel expreso le arroyara sin remisión.