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el expreso de medianoche

La piel de plátano (Gonzalo Suárez)

Resbaló. Pisó una piel de plátano, al parecer. Y, en el vértigo de la caída, se deslizó, de sábado a sábado, sin poderse retener, cumpliendo de pasada con necesidades y obligaciones, incluso con superfluas relaciones enojosas, cordiales o afectivas, que aderezaban su ininterrumpida caída. Juegos, risas y algún llanto, recados, impresos y llamadas telefónicas, lugar para el hastío y el desencanto, fugaces alegrías, mientras caía. Y, por fin, el batacazo. No por esperado menos sorprendente. Y tuvo conciencia, de repente, de ya no ser, sin haber sido. Sólo su nombre, sobre la lápida grabado, dejó constancia para otros de que, habiendo muerto, había nacido.

Gonzalo Suárez, 1994

"Bar Sobia"

El próximo sábado catorce de mayo se celebra en Córdoba el acto de presentación de la publicación de “Bar Sobia” (artistas polacos juntos y revueltos), en la que participan varios autores que enviaron sus textos a la página web de “La Bella Varsovia”, y en la que aparece el microcuento “Clarividencia” del maquinista de este “expreso”. El evento comenzará a las 22:30 horas del sábado en la sala cordobesa “Freaktown” (Alhaken II, 16), y se dará lectura a varios de los textos que conforman la publicación.
El colectivo de “La Bella Varsovia” lleva ya algún tiempo en la red fomentando la promoción y difusión de la cultura entre los jóvenes, así como alentando a la creación y el intercambio artístico de las diferentes disciplinas artísticas. Alejandra Vanesa y Elena Medel son las encargadas de dirigir este magnífico proyecto, y en su editorial ya han publicado varios artistas y jóvenes poetas punteros en el panorama literario de Córdoba.
Os invito, pues, a conocer esta publicación que, por otra parte, es totalmente gratuita.
La dirección de su página web es:

www.labellavarsovia.com

Hasta pronto.

Franz_126

Tren fantasma

Tren fantasma

Cada noche, a la misma hora, escuchaba el pitido de aquel tren a lo lejos, desde el cómodo diván del salón. Esperaba verlo aparecer, pero a medida que el traqueteo se hacía más cercano, no lograba vislumbrarlo. Aunque lo que se antojaba más insólito era que por aquel lugar no hubiera rastro alguno de vía férrea. No obstante, el salón volvió a inundarse de aquel espeso humo de la locomotora a vapor, como cada noche, constatando su paso por aquel mismo lugar. Al cabo de unos minutos, cuando el humo comenzó a disiparse, volvió a retomar consciencia: recordó su fatídico accidente más de un siglo atrás, cuando al disponerse a cruzar las vías con su carruaje aquel expreso le arroyara sin remisión.

Franz_126

Las cenizas del recuerdo

Las cenizas del recuerdo

La jornada se diluía en la residencia bajo un pálido y crepuscular cielo beige. En la lejanía, las mates montañas de caqui perfilaban sus precisas y escarpadas siluetas, matizadas por el nebuloso contraste de la tarde otoñal. Con un ligero movimiento de su mirada, pudo el señor Tomás observar el urbano valle de edificios y casas que custodiaban la frontera alquitranada de la autopista. Contempló el incesante discurrir del tráfico rodado a través del gran ventanal, sentado en el sillón del comedor. Sonrió, enarcando sus cejas con pueril entusiasmo al descubrir el paso de aquella ambulancia a lo largo del cinturón automovilístico, observando el destello multicolor del vehículo, casi adivinando el distante sonido de su sirena.


-¡Ya están aquí los míos! –pronosticó el señor Tomás, escuchando todavía la sirena del automóvil.

Pudo contemplar la escena una vez más. Amenazado por las rugientes llamas y el polvoroso humo que le gritaban del interior del edificio no tuvo miedo, no dudó, no vaciló, sabedor del riesgo que su misión suponía. Tras el hallazgo de su caído compañero decidió continuar, obstinado, con el firme objetivo de salir victorioso. Lo mejor, sin duda, sería el resultado: aquel joven y bello rostro pueril que, sin saberlo, ya siempre volvería a contemplar, lleno de gratitud, de complicidad, de eterna esperanza de que a pesar de todo, valió la pena haber pasado por allí.

-¡Ya están aquí! –gritó el viejo, entre las pasmadas miradas del salón- ¡Ya vienen por ahí los míos!
-¡Óndia, tú! ¡Sempre el mateix! –saltó malhumorado Eugeni-. ¡Doncs a veure si t´emporten d´una puta vegada... ¡Boig! ¡Malparit!
Encolerizado, tardó poco el señor Tomás en hacer el arduo esfuerzo de levantarse de su sillón y dirigirse con violencia hacia el viejo Eugeni, que trataba de defenderse con su recio bastón.
Al entrar en el comedor, avisada por las voces, la enfermera se dirigió hacia los dos contendientes de la pelea, tratando de desenmarañar sus manos, brazos y uñas del ovillo de furia en que se hallaban.
-¡Tomasín! ¡Haga usté er favó! –gritó la joven enfermera, tratando de desenredar las flacas extremidades de los dos ancianos.-Anda, tómese la pastillita, maho...-ordenó una vez reducido, abriéndole la boca con una mano, mientras que con la otra le introducía la pastilla.


Tras un pesado despertar pudo observar aquella extraña y ligera ráfaga de luz que irrumpía en la densa oscuridad de la habitación, comprobando así la apertura de los grilletes de su prisión. Se dirigió, a tientas, hacia la rendija de la entreabierta puerta, notando la cálida y deslumbrante claridad tras la salida de su reclusión. Después de atravesar el deshabitado salón, decidió bajar por las escaleras hasta el patio exterior, con la dual y grata sensación de sentirse rejuvenecido y liberado. La residencia, pudo

comprobar con deleite, aparecía yerma ante sus ojos, excepción hecha de su propia persona. Se dirigió hacia el portón de salida con la firme intención de fugarse de aquella reciente casa deshabitada. Cuando hubo traspasado aquella firme barrera a la libertad retomó por sorpresa una renovada e inocente sonrisa infantil.
-¡Por fin están aquí! –exclamó, casi entre abruptas carcajadas- ¡Ya han vuelto los míos!
Con decisión dirigió su mano hacia la manilla de la portezuela del vehículo, y con una recurrente agilidad, subió al asiento del conductor. Pisó con firmeza el pedal del acelerador e hizo girar la llave de arranque. Rugió el motor de la ambulancia, que el señor Tomás condujo hacia el valle de la empinada calle, haciendo sonar la sirena y gritando:
-¡Ya vuelvo con los míos!

Cuando hubo acompañado y acomodado al señor Tomás en la cama de su habitación, la enfermera dio una última reprimenda al viejo:
-Y haga usté er favó de no vorvé a pegá a sus compañero, xalao...
-¡Mala puta! –espetó el anciano, después de escupir al ojo de la enfermera la pastilla que había mantenido amagada bajo su lengua.
Enseguida, la enfermerá comenzó a gritar pidiendo el auxilio del resto del personal de la residencia, que una vez en la pieza, trató de librar el cuello de la enfermera de las manos del anciano, el cual todavía demostraba poseer una vigorosa fuerza física. No obstante, las dos enfermeras y los dos enfermeros que acudieron en auxilio de su compañera lograron reducir, no sin cierta violencia, el descontrolado furor del anciano. Tras esto, hizo aparición en la estancia la directora del establecimiento geriátrico que, deliberada e incompasiblemente, dio señas a sus empleados de encerrar a cal y canto al insurrecto hasta nueva orden. Más tarde se dirigió hacia el salón donde se encontraban los ancianos y, con rostro amenazante y colérico, sentenció:
-¡Y cómo me entere de que alguien la vuelve a armar, le encerramos en el cuarto oscuro durante tres días! – y observando orgullosa los atemorizados y sumisos semblantes de los ancianos sacó un cigarrillo y lo encendió, dirigiendo la exhalación del humo a la cara del viejo Eugeni, que apremiante suplicó:
-Si us plau, senyora... ¿Qué em podria donar una cigarreta?
-¡Silencio, imbécil!

Condujo la ambulancia hacia el edificio del internado. Bajó del vehículo en las inmediaciones de aquella avenida situada a las afueras de la ciudad, dispuesto a sofocar a destiempo la pretérita catástrofe. Le sorprendió descubrir que el edificio estaba intacto, huero de cualquier señal de auxilio. Vio abrirse el portón de la entrada principal y, a continuación, vislumbró las primeras figuras humanas desde que saliera de la residencia. Eran unas cuantas, entre las que se destacaban unas siluetas de mayor estatura. Al aproximarse, pudo observar la candidez de aquellas niñas que con agradecida sonrisa se dirigieron hacia él para abrazarle. Tras éstas, la figura de una mujer cuarentona que se dirigía hacia él le confundió. Frente a frente, la mujer esbozó la más bella de sus sonrisas, mostrándole a través de ella su eterno agradecimiento. Adivinando la perplejidad y la confusión del viejo, la mujer hizo un leve y resignado encogimiento de hombros:
-Nada pudo sofocar el cáncer.

Por descontado, la directora del establecimiento negó rotundamente (con la sumisa y cómplice defensa de sus empleados) haber tenido alguna responsabilidad en la decisión individual y particular de la joven enfermera de haber recluido al viejo en la habitación, y había creído dar por rescatado al mismo tras la evacuación del edificio. Asimismo, conjeturó la posible causa del incendio relatando al juez de guardia la fea costumbre (prohibida para todos los residentes y empleados del establecimiento) del viejo Eugeni de fumar a hurtadillas en su habitación cada vez que la enfermera salía tras acostarle.


Mientras se abrazaban efusivamente, el viejo secó con sus dedos las lágrimas que se deslizaban por el rostro de la mujer, que en retrospectiva identificó con el de aquella niña cobijada en su memoria. Una gran sonrisa volvió a dibujarse en el rostro de la mujer mientras conducía al viejo hacia la alta figura que aguardaba delante de la puerta. Se reconocieron al instante, e intercambiaron un breve y silencioso guiño de compañerismo.
-Tú también la salvaste, Ernesto.
Resignadamente, pero con la alegría del reencuentro, contestó:
-Nos volvemos a ver, Tomás...

Subió la joven enfermera en el coche policial, envuelta en lágrimas. Le comunicaron que debería aclarar los hechos en comisaría. Los heridos leves, en su mayoría por intoxicación, fueron trasladados en ambulancia hacia el hospital de la ciudad, mientras que los empleados, ilesos todos, regresaron en sus propios automóviles a sus respectivos hogares. Una vez que los bomberos dieron por sofocado el incendio de la primera planta, comenzaron a recoger las mangueras y regresar a sus vehículos. Uno de aquellos, observó cómo trasladaban el cadáver del anciano hasta el coche fúnebre, mientras escuchaba preguntar al juez:
-¿Nombre y apellidos?
-Tomás Irujo González –respondió el policía.
-¿Edad?
-Ochenta y dos años.
-¿Lugar de nacimiento?
-Logroño, La Rioja.
Uno de los compañeros del joven bombero dio voz de aviso desde la cabina del coche.
-¡Venga, Carlos, que nos vamos!
-Voy.
Confuso, recordando una vieja y triste anécdota de regreso a la central, decidió preguntar al conductor:
-Papá. ¿Recuerdas cómo se llamaba aquel compañero del abuelo Ernesto?
Sorprendido, evocando el triste recuerdo, inquirió:
-¿El que entró en el edificio con él?
-Sí.

-Ya lo creo... Él fue quien pudo rescatar a la niña... Don Tomás Irujo González, el mejor amigo del abuelo... Después de su retiro no hemos vuelto a saber de él –hizo un movimiento del volante para dirigirse a la entrada de la autopista y, reaccionando, pidió una explicación-. ¿Por qué lo preguntas?
El joven bombero vaciló, conteniendo una expresiva interjección:
-No..., por nada... –contestó. Tras esto, el joven interrogó de nuevo a su padre-¿Por qué te hiciste bombero?

El vehículo rojo hizo entrada en la autopista con rumbo a la central, mientras que en la vía de sentido contrario cruzó fugazmente una ambulancia que hacía sonar su sirena; el joven bombero creyó distinguir bajo la estridente sirena una voz que gritaba desde la cabina:
-¡Ya vuelvo con los míos!

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El silencio de las sirenas (Franz Kafka)

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

"El objetivo del escritor" por Guy de Maupassant

La meta (del escritor serio) no es contarnos una historia, ni conmovernos o divertirnos, sino hacernos pensar y llevarnos a entender el sentido oculto y profundo d elos hechos. Dado que ha observado y meditado, el escritor aprecia el universo, los objetos, los hechos, y los seres humanos de una manera personal que es el resultado de combinar sus observaciones y reflexiones. Lo que trata de comunicarnos en esta visión personal del mundo, reproducida en su ficción. A fin de conmovernos como él ha sido conmovido or el espectaculo de la vida, debe reproducirlo ante nuestros ojos con escrupulosa exactitud. Debe componer su obra con tal sagacidad, con tal disimulo y aprarente simplicidad, que sea imposible descubrir su plan o percebir sus intenciones.

En lugar de urdir una aventura y deliarla de modo que sea interesante de principio a fin, el escritor deberá partir de un momento determinado en la existencia de sus personajes y conducirlos a través de transiciones naturales hasta el periodo siguiente. Ha de mostrar cómo las mentes cambian bajo el influjo de las circunstancias del ambiente, y cómo se desenvuelven los sentimientos y las pasiones. De tal modo, mostrará nuestros amores, nuestros odios, nuestras luchas, en toda suerte de condiciones sociales, y cómo los intereses – sociales , financieros, políticos, y personales – compiten entre sí.

La inteligencia del escritor en la creación de su trama residirá, entonces, no en el uso de lo sentimental o lo encantador, en un inicio fascinante o una catástrofe emotiva, sino en la combianción ingeniosa de pequeños detalles constantes de los que el lector habrá de comprender un sentido definitivo en la obra... (El autor) deberá saber cómo eliminar, de entre los minúsculos e innumerables detalles cotidianos, todos los que le sean inútiles; debe subrayar aquellos que hayan escapado a la atención de observadores menos acuciosos, aquellos que dan a la historia su efecto y valor en tanto ficción.

Un escritor hallaría imposible describir todo lo que hay en la vida, pues precisaría de un volumen diarios para enlista la multitud de incidentes sin importancia que llenan nuestras horas.

Cierta selectividad se hace indispensable... lo que representa el primer revés para la teorí de la “completa verdad” (de la literatura realista).

La vida, además, está compuesta de los elementos más impredecibles, dispares y contradictorios. Es brutal, inconsecuente y desmadejada, llena de catástrofes inexplicables, ilógicas.

He aquí por qué el escritor, una vez escogido su tema, ha de tomar del caos de la vida, entorpecida pro riesos y tivialidades, sólo los detalles útiles para su asunto y omitir el resto.

Un ejemplo entre mil. El número de seres humanos que mueren cad a día en el mundo a causa de algún accidente es considerable. Pero ¿nos es dable dejar caer una teja en la cabeza de nuestro protagonista, o arrojarlo bajo las ruedas de una carreta, a medias de la narración, con la excusa de que es indispensable incluir un accidente?

La vida puede permitirse omitir diferencias, o bien acelerar ciertos hechos y posponer otros. La literatura, por su parte, presenta hechos inteligentemente orquestados y transiciones ocultas, incidentes esenciales realizados por la sola habilidad del escritor. Cuando el autor da a cada detalle su exacta tonalidad, acorde con su importancia, produce la honda impresión de la verdad particual que desea hacer resaltar.

Para que las cosas parezcan reales en la página se debe procurar la más completa ilusión de realidad a través de seguir el orden lógico de los hechos y no mediante la trancripción rigurosa de la desordenada sucesión del acontecer cronológico de la vida.

Mi conclusión, a partir de este análisis, es que los escritores que se llaman a sí mismos realistas, deberían, más bien, nombrarse ilusionistas.

Cuán pueril es, más aún, creer en una realidad absoluta, pues cada uno lleva la suya propia en sus pensmientos y sus sentidos. Nuestros ojos, nuestros oídos, nuestro olfato, nuestro gusto, crean tantas verdades como individuos hay. Nuestras mentes, en las que la información captada por los sentidos ha dejado huellas diversas, comprenden, analizan y juzgan como si cada uno de nosotros perteneciese a una raza distinta.

Así, cada quien crea, individualmente, una ilusión personal del mundo, que puede ser poética, sentimental, gozosa, melancólica, sórdida o frágil, de acuerdo con nuestras naturalezas. La meta del escritor es reproducir fielmente esta ilusión de realidad mediante el uso de todas las técnicas literarias a su alcance.

Varios minicuentos (Max Aub)

HABLABA Y HABLABA...

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

DE SUICIDIOS

Después de todo, nada.
Me mandó al demonio; voy.

EL MONTE

Cuando Juan salió al campo, aquella mañana tranquila, la montaña ya no estaba. La llanura se abría nueva, magnífica, enorme, bajo el sol naciente, dorada.
Allí, de memoria de hombre, siempre hubo un monte, cónico, peludo, sucio, terroso, grande, inútil, feo. Ahora, al amanecer, había desaparecido.
Le pareció bien a Juan. Por fin había sucedido algo que valía la pena, de acuerdo con sus ideas.
-Ya te decía yo -le dijo a su mujer.
-Pues es verdad. Así podremos ir más deprisa a casa de mi hermana.

DOS CRÍMENES BARROCOS

Pienso, luego soy, dijo el hombre famoso. Los árboles de mi jardín son, pero no creo que piensen, con lo que se demuestra que el señor Renato no estaba en su sano juicio y que lo mismo sucede con otros seres: mi suegro por ejemplo: es y no piensa, o mi editor, que piensa y no es. Y si lo ponemos al revés, tampoco es cierto. No existo porque pienso ni pienso porque existo. Pensar es cierto, existir es un mito. Yo no existo, sobrevivo, vivir -lo que se dice vivir- sólo los que no piensan. Los que se ponen a pensar no viven. La injusticia es demasiado evidente. Bastaría pensar para suicidarse. No; don Descartes: vivo, luego no pienso, si pensara no viviría. Hasta se podría hacer un bonito soneto: Pienso luego no vivo, si viviera no pensara, señor... etc..., etc... Si para vivir se necesitara pensar, estábamos lucidos. Pero, en fin, si ustedes están convencidos de que así es, soy inocente, totalmente inocente, ya que no pienso ni quiero pensar. Luego si no pienso no soy y si no soy ¿cómo voy a ser responsable de esa muerte?

Carta de Lorena

Carta de Lorena

Efectivamente, todo ocurrió tal y cómo aparecía en el guión. La historia terminaría de la misma manera que ella había imaginado: recogería el correo de su buzón y se dirigiría al salón de su casa. Allí, interpretando el papel que tenía asignado, abriría el sobre y leería su reveladora misiva:

“..., 3 de agosto de 1999

Amado Jorge:
Sé que cuando leas estas líneas ya habré partido. También sé que tan sólo es mía la responsabilidad de haberte dejado así, de haberme marchado sin previo aviso (¡con qué vano orgullo te lo hubiera dicho, a pesar de que no pudieras creerme!), pero era así cómo estaba escrito, y quién era yo para saltarme las líneas de mi propio guión.
Supongo que cuando te llegue la carta, y teniendo en cuenta la usual demora del correo, habrán pasado unos dos o tres días. Pues bien, escribiéndote en el presente epistolar de la fecha que aparece en la cabecera, justo unos instantes antes de salir de casa, te detallaré los incidentes que en este futuro pretérito acontecerán en mi historia. Por cierto, en cuanto acabes de leer esta carta, y sólo si todavía mantienes la curiosidad y el interés que hube de reprimirte por razones obvias, te doy permiso ahora para que recojas el guión de mi última película y, sólo si te ves con fuerzas de ello, lo leas y finalmente lo entregues a la productora.
Debes saber, por otra parte, que el guión de aquella película que narraba casi al dedillo nuestro propio encuentro y las circunstancias en que nos conocimos, lo escribí mucho tiempo antes de que llegáramos a encontrarnos de aquella manera tan fortuita. Nunca llegué a confesártelo, por rubor, y sé que aunque te hubiera dado mil razones de por qué decidí escribir acerca de nuestra historia, jamás te habría podido confesar que en realidad fue la historia la que escribió nuestro destino.
Y de esa misma manera, he acabado escribiendo el final de la historia, el último guión de la película que pasará efímeramente por delante de mis ojos, sin posibilidad de dar marcha atrás. Pensarás que estoy loca, que estaba en mis manos el haber podido evitarlo, que en el fondo es un suicidio, y quizá tengas toda la razón; pero nada de lo que siempre he escrito ha sido premeditado, nada estaba planeado, y nunca he sido consciente de que aquello que surgía de la pluma derivaría en el tintado veneno que daría forma a nuestro porvenir.
En definitiva, pues, te revelaré lo que sucederá (lo que ya sucedió) en el transcurso de la historia, sin saltarme ni una sola línea del guión:
Cuando finalice la redacción de esta carta, la meteré en un sobre. Luego me dirigiré a un buzón de correos y la depositaré allí, para que cuando todo haya ocurrido la recibas en nuestra vivienda. Por la tarde me despediré de ti (con un vehemente y efusivo abrazo que, supongo, siempre recordarás). Después partiré con mi coche y recorreré algunos kilómetros en dirección a aquella reunión con el productor, con la intención de enseñarle mi guión (cita que, por descontado, estaba prevista en el mismo). Una vez que ya esté circulando por la autopista, y pasados unos cuantos kilómetros, llegará el inevitable incidente (que habré de aceptar con resignación) y entonces, aquel camión se saldrá de la calzada de la vía del sentido contrario, atravesará la valla quitamiedos de la mediana, invadirá el carril opuesto de la autopista y arrollará mi vehículo: minutos después llegarán las ambulancias al lugar del accidente, pero ya será demasiado tarde.
Y aquí es donde concluirá la historia, al menos en lo que a mi parte respecta. Bueno, siendo sincera, y con la intención de no desvelar mi secreto (que espero que tú guardes), ni para confundir al espectador con aparentes poderes visionarios por mi parte, he decidido desechar del guión final esta póstuma parte epistolar, que sólo tú conoces. Asimismo, he tomado la decisión de echar a la hoguera todos los recientes proyectos que ya tenía redactados y, para bien o para mal, no te resumiré ni un ápice de su argumento.
En suma, con esta carta no pretendo que llegues a ninguna conclusión, tan sólo te he expuesto la verdad, y quizá te he respondido a alguna pregunta que hayas podido hacerte alguna vez. Pero no busques ninguna razón lógica ni coherente para ello, ni te atormentes pensando en las cosas que se podrían haber cambiado. Hay un dicho que dice que el destino está escrito: no estoy segura de que eso sea cierto, de lo único que estoy convencida (si todo va como creo) es de que todo lo que he escrito hasta el día de hoy ha supuesto el relato de mi destino.
Ya no me queda más que decirte, salvo una cosa que también es cierta:
Te quiero, y siempre te querré:

Lorena.”

Cuando concluyó la lectura de la carta la envolvió entre sus manos y, haciéndola un ovillo, la lanzó a la hoguera de leña de la chimenea del salón. A continuación, se dirigió al despacho, tomó las llaves que abrían el cajón de Lorena, y recogió el guión. No tuvo el suficiente coraje para hojearlo. Tan sólo decidió llevar a cabo el propósito de Lorena, y partió aquella misma tarde de un seis de agosto de 1999 con la intención de lograr lo que en una ocasión aquel mismo guión le impidiera a ella.

Franz_126