Se muestran los artículos pertenecientes al tema Tren de cercanías.

Tomó las llaves y abrió la puerta. Cuando entró en la vivienda, husmeó el vacío de varias semanas de ausencia. Se fue hacia la cocina en busca de la regadera; luego se dirigió al pequeño patio contiguo, donde se encontraban las plantas y, al fondo, la desamparada caseta de Freddy.
Una vez regadas las plantas, se dirigió hacia el comedor y ordenó un poco su estado. Se dirigió hacia el teléfono y, descolgándolo, se atrevió a escuchar una vez más aquel mensaje que debió haber escuchado en su momento:“Tiene dos llamadas con mensaje. Llamada número uno: recibida el siete del ocho, a las veintiuna horas treinta y dos minutos:
-Adelita, Adelita... Tú no sabes quién soy, pero yo sí sé quién eres, je, je... El caso es que te voy a rogar un favor, por las buenas, o si lo prefieres, te lo ordenaré por las malas... Supongo que estarás al tanto de que tu amiguito Léxico anda investigando un caso. Bien, pues te pido que trates por todos los medios de retenerlo en tu casa el máximo tiempo posible. Te aconsejo que le administres algún tipo de calmante o algo por el estilo. Sobre todo, no debe sospechar nada... En caso de que no sigas estas claras instrucciones, nos veremos obligados a quitarnos del medio a Léxico, por las malas. Por cierto, siento muchísimo el triste accidente de tu perrito... Hemos intentado recomponer sus trocitos como hemos podido, pero es que se empeñó en colarse en la máquina trituradora y no pudimos evitarlo... Sniff... En fin, ya sabes: mantén a Léxico alejado del caso y no le pasará nada... Au revoir... Ah, por cierto, en cuanto hayas escuchado este mensaje, bórralo…”Bien por olvido, bien como irrefutable prueba, Adelita no llegó a borrar el mensaje... Léxico se maldecía por no haber descolgado el teléfono en su momento. Pero ya no había nada que hacer... El caso, por suerte, había podido resolverse, y aquel mal nacido de Guñoz, con su apestosa voz nasal, había pagado por fin su fechoría.
Salió de casa de Adelita y se dirigió en el seiscientos hacia su propio apartamento.Al llegar, se hizo un sándwich de anchoas con pimienta y se postró en el sofá. Tomó el mando del televisor e hizo un rápido zapping por las cadenas. Se paró en un programa que estaban dando en Telebrinco. Sentado a una mesa redonda reconoció la calva de Coto Mataporros, que en aquel momento disertaba sobre un familiar y cercano asunto:
“-Pues, sí, para qué vamos a engañarnos... Yo fui una pieza clave para descubrir el chanchullo del tal Guñoz... Bueno, yo y mi hija, que denunció rápidamente el caso en cuanto se enteró de que le habían colado un ejemplar de “Sabor a fuel” en su mochila...”Léxico no pudo más que abrir los ojos como tomates ante tal desfachatez. Se decidió a apagar el televisor y evitar infectarse con las memeces de programas basura de aquella calaña. Se dijo que ya podría decir misa aquel sinvergüenza de Mataporros, que el caso se juzgaría en los juzgados...
Decidió, pues, ponerse a leer una novela de William Folter; tomó su petaca y se dispuso a echar un trago. No obstante, se percató de que su interior estaba completamente vacío. Se dirigió a la cocina y fue en busca de la damajuana. Le quitó el tapón, puso un embudo en la petaca e inclinó la garrafa; comprobó, con alarma y desconsuelo que del cuello de la damajuana apenas caía una casi imperceptible gota de líquido negruzco. Pensó que era momento de ir apresuradamente en busca de reservas: el lugar a donde iría a buscarlas es algo que el Cide Hamete Benengeli de esta historia no está autorizado para contarles...
F I N
Franz_126
Léxico acudió a visitar a Adelita al hospital, como todas las tardes durante el transcurso de aquellas dos últimas semanas. Aquella tarde Léxico entró en la habitación con una caja envuelta en papel de regalo. Adelita dibujó una cariñosa sonrisa al ver a Léxico con el regalo. Léxico depositó la caja junto a la cama, y después de dar un beso a la bibliotecaria, le preguntó: -¿Quieres que yo la abra?
-Por favor, cielo... –contestó impaciente Adelita-.Léxico comenzó a rasgar el papel que envolvía la caja; en la tapa frontal Adelita apreció unos pequeños orificios por donde parecía verse algo en movimiento; escuchó también unos leves gemidos que procedían del interior. Seguidamente, Léxico abrió la tapa y agarró con suavidad al caniche que esperaba asustado en el interior del embalaje. Adelita lanzó un grito de sorpresa, mientras Léxico depositaba al can en sus manos.
-¡Cariño, eres un sol! –dijo a Léxico, mientras acariciaba al caniche-. Es el mejor regalo que podías hacerme...-Bueno, me alegra que te guste –sonrió Léxico-. No es exactamente como Freddy, pero bueno...
-Ya... –asintió melancólica-. Bueno, pero a pesar de que no sea Freddy, la verdad es que es una monada. En fin, habrá que ponerle un nombre...-Sí.
-Pues decide tú, cariño, que para eso es tu regalo...-¿Estás segura?
-¡Claro que sí! ¿Qué nombre se te ocurre?-Bueno, pues no sé... –vaciló-. Se me ocurre, se me ocurre... ¡Ah! ¡Ya sé! Candy.
-Ja, ja, ja... –rió Adelita-. ¿A qué me recuerda ese nombre, a qué...?-Pues no sé... Ha sido el primero que me ha venido a la cabeza...
-Pues no se hable más: Candy... –se dirigió al perro mirándole a los ojos-. ¡Ah, por cierto! –se dirigió ahora a Léxico-. Tengo una muy buena noticia...-Pues suelta, preciosa...
-Seguramente el lunes me darán el alta...-¡Mágnifico, princesa! –exclamó Léxico-.
Hacia el final del horario de visita, Léxico empaquetó de nuevo a Candy, para llevárselo a su casa hasta que Adelita estuviera de vuelta. Cuando ya se despedían, ésta le pidió un favor.-¿Puedes pasar hoy por mi casa para regar las plantas?
-Claro que sí, guapa... En cuanto salga del hospital me paso por allí...-Te quiero, cielo...
Se despidieron dándose un prolongado beso y, a continuación, Léxico salió de la habitación con una tonta y poco habitual sonrisa.Franz_126
De vuelta a Barmolona echó una cabezada en el asiento clase turista del avión. Le dio tiempo a soñar: soñó con una gran mansión rodeada de palmeras. Se encontraba acostado en una tumbona, junto a una piscina de agua negra; en ese instante se incorporó, notando cómo las aguas de la piscina comenzaban a arremolinarse en forma turbulenta; a continuación, del fondo de las aguas surgió una enorme cabeza de toro; un toro enfurecido, que pretendía dirigirse hacia donde él se encontraba. De manera misteriosa e increíble –como suele suceder en los sueños- se le apareció una cadena a la altura de su cabeza; alzó su mano y empuñó el mango de la cadena; tiró hacia abajo y, de manera instantánea, las aguas de la piscina fueron succionadas por una pequeña rendija situada en el fondo: por allí se fueron las aguas, junto con el astado monstruo, que gemía suplicante mientras la impasible rendija le succionaba. Se giró hacia la mansión y, en aquel momento, una bella dama salía por la puerta que daba al jardín; se dirigió hacia él y ambos se fundieron en un gran abrazo. Al llegar al aeropuerto, tomó un taxi que le condujo directamente hasta el Comité Central. Bajó junto al edificio y se dirigió hacia la puerta metalizada:
-Agente Diéresis-U. Contraseña: ¡Abre, cojones, que luego te tengo que invitar a unas cañas!Subió hasta la quinta planta y se dirigió al despacho del comisario Hiato. Al reencontrarse, el comisario se dirigió hacia Léxico para darle un efusivo abrazo.
-¡Hombre, Léxico! ¡Mi mejor hombre...! –expresó con orgullo el comisario-. ¡Cuánto me alegra verte de nuevo!Se sentaron frente a frente. El comisario se dirigió de nuevo a Léxico.
-Y dime... ¿Qué tal se encuentra... bueno... tu Adelita?-Mucho mejor, parece... –respondió Léxico-. Ayer mismo la trasladaron al hospital de la ciudad. Estoy deseando verla de nuevo...
-Hum... –apreció pensativo-. ¿No te me estarás enamorando, Bebo...? Ja, ja, ja...-¿Enamorarme? ¿Amor? No, no... Yo no entiendo de eso, señor... –expresó entrecortado Léxico.
-Ja, ja, ja... Bueno, líos de faldas a parte, te pondré un poco al día de la resolución del caso, que tan solventemente has resuelto, como siempre...-Soy todo oídos, comisario...
-Bien. Bueno, en primer lugar, me alegra informarte que el tal pajarito Li Jung So ya ha sido cazado.-Estupenda noticia...
-Sí. La policía le localizó en el aeropuerto, tratando de huir; no sirvió de nada su documentación falsificada...“Bueno, por otra parte, Julián Guñoz ya está en la cárcel, a la espera de ser juzgado por instigador y autor de crimen literario. Creo que nos hemos hecho con todos los ejemplares, y los mismos ya han sido incinerados...
“Por su parte, todos los trabajadores ilegales que tenía a su cuenta también serán juzgados, incluido don Julio Ermita, padre, que colaboró fervientemente en la producción del crimen, sobretodo con sus medios económicos...”-Hum... Ya veo... –consideró Léxico-. Pero, dígame, comisario... ¿Fue él quién puso el ejemplar en la mochila? Hay algo que se me escapa...
-No, para nada... –rectificó el comisario-. Digamos que todo el asunto fue una mera casualidad que, por cierto, nos prestó una importante vía para encontrar al culpable. Resulta que todo lo que nos contaron desde Begoña Mataporros hasta el mismo Ermita era cierto; con la salvedad de que Ermita no sabía que el padre de Begoña le había regalado a ella precisamente ese libro... Gracias a tu pericia, no descubrió en un principio que lo que se hallaba dentro de esa mochila era uno de los libros ilegales que junto a Guñoz estaban tratando de distribuir por todo el país. Así que pensó que se trataba de un tema de drogas; hasta que Begoña habló con él más tarde y le informó (sin tener conocimiento de su colaboración en el crimen) sobre el caso. Ermita hizo saltar la alarma: informó a Guñoz y, éste ordenó a sus hombres que trataran de impedir que se descubriera su asunto; también ordenó a Li Jung So que tratara de impedir la marcha de tu investigación como fuera...
Léxico se quedó pensativo un instante. Una vez aclarado todo, decidió despedirse del comisario y dirigirse a su casa: se merecía un descanso. Mañana sería otro día.
Franz_126

Después de haber obtenido la dirección de la casa de campo, Léxico y sus hombres se dirigieron hacia allí. Se hicieron valer de nuevo de la sirena de la ambulancia, con la intención de llegar lo antes posible al lugar. Recorrieron unos veinte kilómetros por una carretera en dirección a Márava. Se internaron por un camino de tierra, custodiado por un campo de olivos. Finalmente, llegaron hasta “La Poderosa”, una enorme finca perteneciente a Julio Ermita. Se detuvo la ambulancia. Se dirigieron hacia la casa; no obstante, Léxico comenzó a escuchar unos gritos a lo lejos, que parecían provenir tras un establo situado junto a la casa. Se dirigieron hasta allí con presteza. Tras el establo, descubrió un arenoso cercado de madera y, en el centro, descubrió una mujer atada de pies y manos, inmóvil: adivinó los gritos de Adelita, que parecía incapaz de realizar cualquier movimiento. Junto al corral, descubrió a Julián Guñoz, que se apostaba junto a la puerta que daba al contiguo toril. Cuando Léxico se encontraba a pocos metros de Julián Guñoz, éste interpuso amenazante:
-Ni un paso más, Léxico... Porque... supongo que usted es el famoso Bebo Léxico, ¿no es cierto?-Así me conocen... No puedo decir, dadas las circunstancias, que sea un placer conocerle...
En ese momento, Guñoz comenzó a carcajearse insensatamente, tratando de imitar un cierto sarcasmo malvado que a Léxico se le antojó patético.-Ja, ja, ja... –continuó Guñoz que, instantáneamente, empuñó un revólver en dirección a Léxico-. ¡Vaya! Parece ser que está en una mala racha, señor Léxico... ¿Qué fortuito accidente le ha ocurrido en esta ocasión, amigo? Ja, ja, ja...
-El único accidente que puede echar al traste mis planes es la muerte, caballero... Cosa que, a pesar de los intentos de su oriental colaborador, no ha sucedido...-Ja, ja, jaaa... Ya veo que es usted duro de pelar, amigo... –cambió su expresión y afligió falsamente su semblante-. Pero... ¿no cree que el mejor lugar para lograr recuperarse pueda ser el hospital? –sugirió echando una ojeada a los enfermeros-. Además, en cuanto abra la puerta del toril para que salga mi más bravo astado, me temo que su amiguita estará encantada en hacerle compañía... O, quizá, no... Ja, ja, ja...
-Le ordeno que no lo haga, amigo... –amenazó Léxico, levantando su brazo y señalando a Guñoz-.En ese momento, Guñoz dejó de apuntar a Léxico y dirigió su cañón hacia Adelita, que comenzó de nuevo a gritar con pánico.
-No se te ocurra hacer nada, o me la cargo directamente de un tiro... –amenazó, a su vez, Guñoz.En ese instante, Léxico hizo apretar un botón instalado en la cruceta, haciendo que un chorro del líquido negruzco diluido en el agua impactara al instante en la cara de Guñoz. Éste comenzó a retorcerse y a frotarse la cara con su mano libre, mientras con la otra acertó a lanzar un tiro con su revólver, antes de caer al suelo. En ese instante, Léxico escuchó un breve gemido de dolor, comprobando que Adelita caía a la arena del corral. Se dirigió rápidamente hacia Guñoz que, quejumbroso, y dando gritos de sufrimiento, se palpaba con las manos la cara. Desenfundó Léxico su revólver, a la vez que uno de sus acompañantes enfermeros recogía el de Guñoz, mientras que el otro le ponía las esposas. A continuación, instó al que le había esposado para que fuera a atender rápidamente a Adelita.
Mientras trataban de llevar a Adelita hasta la ambulancia, escucharon cómo un coche situado detrás de la casa accionaba el motor y salía por el camino. A lo lejos, se oían las sirenas de los coches patrulla, que impedirían instantes después la inútil huída de Julio Ermita padre.Franz_126

Los hombres de Gonzalo Buenos días dispusieron en el mínimo tiempo posible todo lo necesario para que el plan de Léxico surtiera efecto. Al cabo, pues, llegaron a la comisaría con varios tubos de suero, un soporte con su correspondiente botella, varias vendas, esparadrapo y tiritas, además de un par de batas de enfermero. Léxico comenzó a instalarse los tubos por su brazo, enganchándoselos con el esparadrapo; a continuación, se fijó una cruceta con dos tiritas cruzadas y dejó abierto el canal que la unía con el tubo. Abrió la botella de suero vacía; la relleno con un poco de agua y, a continuación, tomó su petaca. Echó un breve sorbo del negruzco líquido y a continuación vertió el resto en la botella. Cerró la botella, uniendo el extremo del tubo que tenía enganchado en el brazo.
Acto seguido, uno de los números, vestido con la bata de enfermero, tomó la botella de suero y la colocó en su soporte. Salieron los dos enfermeros junto a Léxico. Subieron a una ambulancia prestada y se dirigieron con la sirena puesta hacia la urbanización “Los Rosales”, seguidos de lejos por dos coches patrulla.Llegaron a las inmediaciones de la calle “Talytal”; se detuvo la ambulancia junto a la casa. Bajó Léxico, acompañado de los dos disfrazados números. Ante el sonido de la sirena, varios vecinos se asomaron a ver qué pasaba; afortunadamente, cuando ya se dirigían hacia la casa, el trajeado mayordomo salió a abrir la puerta, con cierta curiosidad también ante la alarma.
-Señor Léxico... –le comunicaba uno de los enfermeros-. ¿Está usted seguro de lo que hace? Mire que acaba de salir de un grave accidente...-No se preocupe, enfermero... –se dirigió impostando la voz-. Buenos días, caballero –saludó al mayordomo-. Me gustaría hablar con su señor; es urgente y no hay posibilidad a negarse...
El mayordomo no supo que decir, mientras Léxico entraba ya por el jardín acompañado de los dos enfermeros. Finalmente, se decidió a informar. -Lo siento, agente... Pero el señor Ermita no se encuentra en casa.-Bah. No le creo... –siguió Léxico avanzando por el jardín-. Seguro que estará dándose el lote en la piscina, con sus sirenitas...
-Bien, como quiera... –se resignó el mayordomo-. Puede registrar toda la casa, si lo desea, pero no le encontrará.Léxico entró en la casa por el amplio corredor y, con la ayuda de sus acompañantes, fue echando una ojeada a las estancias contiguas. Finalmente, llegaron hasta el jardín de la piscina, sin hallar rastro alguno de los sospechosos. Parecía que lo que el mayordomo les decía era cierto: la casa había sido abandonada. No obstante, mientras Léxico se quedaba hablando con el mayordomo, ordenó a sus dos hombres que registraran todos los rincones de la mansión.
-Bien, y dígame: ¿a qué lugar se ha dirigido su señor? –inquirió-. Y sepa que desde este mismo momento usted es sospechoso de un grave caso de crimen literario. Así que le sugiero que diga la verdad.El mayordomo pareció sorprendido. Enseguida, sin vacilación alguna, respondió.
-Pues lo cierto es que no me dijo adónde se dirigía... –señaló el mayordomo-. Pero lo más probable es que se haya marchado a su casa de campo en las afueras, ya que suele ir con su amigo Julián, que normalmente le acompaña...-¡Ahá! –asintió Léxico-. Muchas gracias. No obstante, me temo que deberá permanecer en comisaría, hasta que el caso esté resuelto.
Léxico llamó a los refuerzos que esperaban unos metros alejados de la casa, con la intención de que acompañaran al mayordomo hasta comisaría.Franz_126

Entraron por la amplia puerta de la comisaría; los dos números acompañaron a Léxico hasta el despacho del comisario. Llamaron a la puerta y, al instante, un tipo obeso y con un puro en la boca les abrió. Retirando el puro de su boca y exhalando una nube de espeso humo de tabaco, se dirigió a Léxico.
-¿Bebo Léxico? –inquirió el tipo estrechándole la mano, para lo cual tuvo que deshacerse Léxico de una de sus muletas-. Soy el comisario Gonzalo Buenosdías. Pase, pase... Me han hablado muy bien de usted.Se acomodó Léxico en un sillón, enfrente del comisario, que sonreía con cara de auténtica pachorra. Le ofreció un puro de una caja de porcelana. Léxico se acercó y tomó uno. A continuación, pasándolo por su nariz lo husmeó, guardándolo seguidamente en el bolsillo de su camisa.
-Ja, ja, ja –rió el comisario-. Veo que usted es de los que prefieren catar bien antes de probar...-No fumo. Pero colecciono tabaco –comentó Léxico-. Me gusta distinguir las diferentes marcas por el olor.
-Hum... Interesante –apreció-. Bien, pero vayamos al grano, que dijo una púber a su incipiente acné. Supongo que mis hombres le han dado alguna información sobre la marcha del caso.-Sí, sí, muy majos ellos... –convino Léxico-. Pero, ¿qué hay de ese tal Julián Guñoz?
-Bien, bien... Verá. Parece ser que el tipo estaba al tanto de nuestras pesquisas, así que decidió poner tierra de por medio cuanto antes. Cuando llegamos a la editorial encontramos algunos documentos que hemos requisado, entre los que encontramos, bien a la vista, esta nota.Léxico examinó el folio que Buenosdías le entregó, donde se podía leer con amplias y variopintas letras el siguiente mensaje:
“Adelita está conmigo. Así que no intentes nada, Léxico, o ella morirá. A la mínima que compruebe que me siguen, caput. Feliz estancia en Marvela:Julián (alias “El Pachuli”).”
-Como ve, creo que es un mensaje bastante personal, ¿no cree? –informó el comisario-. Por cierto, ¿quién es esa tal Adelita?-Es una larga historia, comisario... –replicó Léxico-. Lo que está claro es que es una mujer en peligro y debemos rescatarla cuanto antes. Por cierto... ¿Qué otros documentos se encontraron?
-Bueno, tan sólo algunas fotografías y facturas –informó-. Écheles un vistazo si quiere...Léxico tomó aquellos documentos y, entre las fotografías, halló una en la que el Pachuli sonreía abrazado a un tipo que le era muy familiar. Ambos posaban en bañador, junto a una amplia piscina rodeada de árboles.
-Creo que sé por dónde puedo comenzar la búsqueda –comunicó Léxico-. Por cierto, necesitaría que me acompañaran un par de hombres discretos y un tubo de suero, además de su correspondiente soporte...Franz_126

No tardó en llegar a la vivienda de la calle Río Rojo un grupo de la delegación policial de Matriz, que enseguida se hizo cargo de la partida de ejemplares de “Sabor a fuel”, con el propósito de llevarlos directamente a la incineradora municipal.
Después de recoger todas las pruebas, Léxico se despidió de los números matriceños; uno de ellos se prestó a llevarle a él y a su compañero a un centro de atención primaria. Allí, le dieron unos puntos y curaron la herida en su cabeza. Enseguida, ambos sabuesos pidieron un taxi y partieron en dirección al aeropuerto. Allí Léxico se despidió de su compañero, el cual partió hacia Barmolona, para reunirse con el comisario Hiato. Por su parte, Léxico tomó un vuelo directo hacia Marvela.-¡...! –pareció advertirle Suspensivo con cautela a su superior.
-Hale. Hasta luego, majo... –respondió Léxico.Durante el vuelo, Léxico estuvo haciendo un repaso a todos los percances y entresijos del caso. Se preguntaba, todavía, qué demonios tenía que ver su amante Adelita en todo aquel asunto. Hizo un recuento cronológico de los hechos: un libro hallado en la Facultad de Letras de Barmolona, dentro de una mochila; una mochila supuestamente olvidada en la biblioteca por un ricachón famoso; mochila perteneciente a una estudiante de la facultad, hija de otro ricachón famosillo con antecedentes sospechosos (aunque sin relación con asuntos literarios); un libro que fue adquirido por este tipo en un mercadillo, a un inmigrante con un negocio poco legal; a su vez, el inmigrante adquiere el libro de un colega que resulta ser proveedor de unos ejemplares de este libro, ilegalizado hace tiempo; en el piso de éste, se descubre el almacén de distribución de estos libros, provenientes de una casa editorial marvelí. En fin, todo un entramado, cuyo final parecía estar cerca, aunque nada claro.
En la pista de aterrizaje, un par de números le esperaban junto a un coche de policía. Unas azafatas le ayudaron a bajar las escaleras del avión. Los policías se acercaron una vez estuvo en tierra y le acompañaron hasta el coche. Subió Léxico al asiento del copiloto, mientras el otro policía subió atrás. Ya en marcha, el conductor se dirigió a Léxico.-Bueno, agente... ¿Dónde quiere que le llevemos? –inquirió el número.
-¿Cómo? –se preguntó Léxico-. Pues, ¿dónde va a ser? A la editorial.-De acuerdo. Aunque debo decirle que el caso ya está resuelto –reveló el policía-. Nuestros hombres ya se han hecho con todas las mercancías y han requisado la editorial; han sido detenidos doce miembros de la misma y confiscados todos los documentos; no obstante, quedan dos tipos sueltos: el dueño, mayormente, conocido como Julián Guñoz, y su más fiel colaborador y ayudante, un tal Li Jung So. Ambos en paradero desconocido.
-¿Julián Guñoz? –se sorprendió Léxico-. ¿El antiguo alcalde marvelí y marido de la famosa cantante folklórica Isabelle Santonja?-Efectivamente, señor... –asintió el policía-. Así que, si lo desea, podemos ir a comisaría, donde el comisario le informará de todo más explícitamente.
-De acuerdo. Vayamos –convino Léxico. Acto seguido sacó su petaca y echó un breve sorbo, ya que tan sólo le restaban un par de centímetros de líquido.Franz_126
Esta vez no soñó. Hecho insólito desde un tiempo a esa parte. No hubo pesadillas, o al menos, no recordaba haberlas tenido. Recién abiertos los ojos, no obstante, tuvo la sensación de que una especie de pesadilla le invadía su subconsciente. Un tipo extraño, con cara y expresión extraña, y haciendo unas muecas no menos extrañas, le daba tortas reanimadoras en ambos carrillos. Se incorporó alarmadamente. Detuvo los brazos de aquel tipo, reclamando una explicación. No obstante, aquel extraño no respondía, por muchos ruegos que le hiciera. Se quedó a solas un instante, al cabo del cual regresó aquel mudo blandiendo un libro delante de sus narices, a la par que arqueando sus pobladas cejas. Le arrebató el libro impacientemente y echó un vistazo a la portada: “Sabor a fuel”, por A. R. Quilmada. Aquel nombre hizo que comenzara a recobrarse de su efímera amnesia. Paulatinamente fue recomponiendo su memoria, a la par que comenzaba a reconocer a aquel personaje digno de pesadilla. También comenzó a notar un agudo dolor en su nuca, cosa que le hizo apreciar de nuevo la realidad. Su compañero se encogió de hombros, a la vez que extendía sus manos con gesto de impotencia. -Oh... Vaya... Suspensivo –se dirigió Léxico, mientras palpaba su vendaje en la cabeza-. ¿Qué demonios ha ocurrido?
Acto seguido, vio cómo su ayudante sacaba su teléfono móvil y marcaba un número. A continuación le pasó el aparato a Léxico, que le agradeció su eficaz respuesta y sin par locuacidad. Después de tres tonos, una voz familiar le saludó exultante. -¡Hola, Léxico! ¿Estás ahí? –inquirió el comisario Hiato-. ¡Habéis hecho un trabajo estupendo! Y creo que debes estar orgulloso de la inestimable ayuda de tu hábil compañero. Por cierto... ¿Qué tal estás? -Dejando a un lado esta repentina y taladrante migraña, bien...
-¿Todo eso se lo ha contado... él? –inquirió Léxico, lanzando una desconcertada mirada a su compañero-. Preguntaría más: ¿Todo eso hizo... él?
-¿Suspensivo? Pues claro, hombre... –corroboró Hiato-. Además, tenemos nuevos datos, y nos hemos puesto en marcha inmediatamente. Suspensivo descubrió un albarán procedente de una famosa casa editorial sita en Marvela. He dado orden para que nuestros hombres en la delegación marvelí se dirijan allí con una orden de detención y registro. Ah, por cierto. Suspensivo descubrió que tu agresor era de origen oriental, así que es probable que se trate del mismo Li Jung So. De todas formas, Suspensivo ha guardado su revólver como prueba, cosa que nos servirá para identificarle sin lugar a error.-Bien, comisario. Entonces, ¿qué hacemos nosotros ahora?
-Por el momento nada. Trata de recuperarte y vete a que te vea un médico. El vendaje que te puso Suspensivo fue un remedio primeros auxilios; aunque puede ser que te tengan que dar algunos puntos. Luego, regresad aquí. Nuestros hombres en Marvela se encargarán de arrestar a los responsables de la editorial. Luego tan sólo hará falta descubrir al cabecilla de la banda.Perdone, comisario... –repuso Léxico-. Pero me gusta terminar mis trabajos hasta el final. Me curaré la herida, pero enseguida saldré pitando hacia Marvela... Quiero descubrir a la rata madre con mis propios ojos.
-Está bien, Léxico –convino Hiato-. Pero cuídate. Y no hagas tonterías.-No se preocupe, comisario...
Pasó el teléfono móvil a su compañero, para que lo apagara. Miró a los ojos de aquel excéntrico compañero. La curiosidad le carcomía, y se preguntaba el por qué de su exclusiva mudez hacia su persona. Prefirió, no obstante, no saberlo, así que optó tan sólo por felicitarle por su trabajo y darle sus sentidas gracias. En respuesta, sonriendo como un histrión, su compañero le ofreció su negruzca petaca, de la cual tomó Léxico un prolongado y reconfortante trago.Franz_126
Léxico se disponía a entrar en el edificio pasando por delante de aquel tipo; no obstante, se topó con el enorme brazo de aquel gigante delante de sus narices. -¿Dónde creerrr tú que irrr? –inquirió el gordo pelirrojo, con deje germánico-. Esto ser edifisio prrrivado... Largar de aquí ya o despachurrar a tú ahorrra mismo.
Mientras decía esto, el gigante se vio atrapado por el cuello y agarrado por el brazo; Léxico comprobó atónito, una vez más, cómo su compañero Suspensivo se las había ingeniado para hacer un rápido movimiento y una hábil llave de judo que lograron abatir al gordo alemán y abalanzarlo al suelo. Mientras Léxico mostraba su identificación de detective literario, Suspensivo esposó al gorila a la farola que había junto a la acera.-Siento que mi compañero haya tenido que emplear estos poco ortodoxos métodos, pero debemos proseguir con una misión que nos ha sido encomendada.
Mientras el alemán continuaba profiriendo juramentos en su lengua, Suspensivo y Léxico ya se habían adentrado en el portal. Se dirigieron hacia las escaleras, comprobando con frustración que la vivienda no disponía de ascensor.Suspensivo ayudó a Léxico a lograr a trancas y barrancas el reto de alcanzar el cuarto piso. Entre los pisos intermedios se toparon con algún que otro tipo con pintas poco zalameras, aunque pudieron proseguir su camino, hasta llegar al cuarto piso, puerta tercera. Misteriosamente, el húmedo silencio reinante en el rellano no mostraba signos apreciables de vida.
Llamó Suspensivo varias veces a la puerta, sin obtener una satisfactoria respuesta. Tras la insistencia, Léxico instó a su compañero para que tratara de derribar la puerta. Con una seca y firme patada de Tae-Kwondo, logró Suspensivo abatir el obstáculo. Por fin Léxico sonrió ante la sabia decisión del comisario de proporcionarle a tan extraño, aunque eficaz compañero.Encendieron la luz de la vivienda, mientras Léxico anunciaba su presencia. No obtuvieron respuesta. Sigilosamente, Suspensivo abrió el camino a su superior, y se dirigieron por un estrecho corredor hasta el fondo. Antes, fueron echando un vistazo por las dos habitaciones contiguas, el lavabo y la cocina. Todas las estancias se encontraban deshabitadas, aunque llenas de cajas y utensilios de transporte varios. Llegaron hasta el comedor, decorado con un austero aunque atestado mobiliario. Se dirigieron hacia una puerta al fondo, junto a un pequeño balcón. Abrió Suspensivo la puerta y dio al interruptor de la luz. Suspensivo instó a Léxico a que viniera a echar un vistazo, haciendo un insistente movimiento de su mano. Léxico se asomó a la estancia y descubrió un montón de cajas y de libros apilados en gruesos montones. Echó la mano a uno de aquellos ejemplares y leyó la portada: “Sabor a fuel”, por A.R. Quilmada. Fue echando un vistazo a los libros que se apilaban en el montón, comprobando que se trataban de cientos de copias del mismo ejemplar. Parecía que, finalmente, habían destapado el nido de ratas. Ahora tan sólo faltaba saber por qué alcantarilla andaba circulando el roedor.
-Abre todas esas cajas, Suspensivo... –instó Léxico a su compañero-. Mientras tanto iré a echar un vistazo por el resto de la casa...
No obstante, un fuerte golpe en la nuca le impidió momentáneamente llevar a cabo su propósito.
Franz_126

Subieron a un taxi y se dirigieron hacia Callejas, el barrio matriceño donde se encontraba la calle que Samir les había indicado. Durante el transcurso del viaje, Léxico felicitó a Suspensivo por su rápida y hábil actuación en la zaga del marroquí. Suspensivo hizo una mueca sonriente, a la vez que se soplaba las uñas de sus dedos. En ese preciso instante, Léxico recibió una llamada a su móvil. Descolgó y escuchó la esperada voz del comisario Hiato.
-“Léxico. ¿Qué tal va todo?”
-Viento en popa, comisario... –respondió el detective-. Estamos tras la pista de un sospechoso, para más señas, de origen oriental.
-“Ah, perfecto... Precisamente quería informarte sobre los sospechosos de los cuales pediste información. Bueno, respecto a Adela Bienservida, nada que añadir. No se ha encontrado ningún indicio, ni criminal ni de ninguna clase, además de que no está fichada... No obstante, respecto a Li Jung So, hemos descubierto algo importante. Fichado y arrestado varias veces por la policía, por chanchullos y delitos de poca monta. No obstante, tenemos datos que lo relacionan con ciertas mafias literarias, además de haber hecho trabajitos de matón para ciertos peces gordos relacionados con asuntos criminales. De hecho, está en busca y captura por supuesto homicidio a un profesor de literatura de la Facultad de Letras de Talabanca.”
-Hum... Ya veo... –rumió Léxico-. Muchas gracias, comisario. Le seguiremos informando en adelante.
Léxico estuvo cavilando sobre lo que el comisario había dicho y, en parte, le alivió saber que Adelita no tenía ningún antecedente. Aunque parecía obvio que debía tener alguna relación directa con el caso. No había podido, por otra parte, localizarla durante aquellos días, ya que su teléfono no daba señal alguna. Lo cierto es que sentía una especie de amor-odio por aquella fugaz amante que de sopetón había resultado ser una manzana podrida dentro del cesto de aquel caso. No obstante, se decía que todo debería quedar resuelto en breve, ya que estaban en camino de cazar a aquel chino que les proporcionaría con toda seguridad una vía directa hacia el cabecilla de aquella conspiración.
Llegó el taxi, pues, a la entrada de la calle Río Rojo. Léxico pidió que les dejara allí mismo. Bajó Suspensivo, mientras Léxico pagaba al conductor. A continuación, Suspensivo ayudó a bajar a Léxico, y se dirigieron por la estrecha calle en busca del número veintisiete. Anduvieron un tramo de la calle, por la cual se toparon con algún que otro yonqui, algún que otro mendigo borracho tumbado en la acera, y alguna que otra prostituta que les ofreció lasciva e inquisitorialmente sus servicios. Léxico tuvo que soltar una muleta y coger por el cuello a Suspensivo, que casi se deja atrapar por las redes de una perspicaz meretriz.
Pudieron zafarse finalmente de las diversas ánimas en pena que circundaban la calle y llegaron a un gran portalón custodiado por un gorila que les miró de arriba abajo, con cara de pocos amigos. Léxico echó la vista al número que colgaba en la parte superior del arco de la puerta y pudo comprobar que se trataba del veintisiete.
Franz_126

Siguieron las señas de la gitana y llegaron a la parte sur del mercadillo. Localizaron el puesto de helados del que les había hablado la gitana, y junto a éste, el puesto de lencería. Se dirigieron hasta el lugar, donde encontraron a un marroquí que ordenaba unas cuantas cajas, mientras otro compañero disponía varias piezas de lencería en un colgador. Se dirigieron al que tendía la ropa, que les saludó con una afable sonrisa.
-Paisa... Mira que sostene barato, barato...-Hola, majo –saludó Léxico, mientras enseñaba su placa de detective-. Verás... La verdad es que quería hablar con un tal Samir. No sé si eres tú o tu...
No pudo acabar la frase, ya que comprobó cómo el otro tendero había desaparecido ágil y fugazmente por la cortina trasera del puesto. Asimismo, comprobó cómo, instantáneamente, Suspensivo salió corriendo por detrás del puesto a la zaga del fugitivo. En ese breve lapso de tiempo, el marroquí contestó.-Samir es mi cumpa... Pero nosotros legal, paisa, negosio legal y limpio...
-Ya... Supongo que por eso a tu cumpa le ha dado por salir a hacer un poco de fúting, ¿no...?Al cabo de pocos minutos, Suspensivo regresó con Samir, esposado y amarrado por los brazos del ayudante novato. Lo cierto es que Léxico, en esta ocasión, se quedó aún más perplejo, si cabe, ante la intachable eficacia de su compañero.
Después de aclarar al dependiente que su visita no se debía por motivo de registro de papeles alguno, se dirigieron con Samir a un banco situado detrás del puesto.-Lamento que mi compañero haya tenido que utilizar tales métodos disuasorios –comunicó Léxico a Samir-, pero me temo que no hubiera sido conveniente tener que aplazar nuestra entrevista indefinidamente...
-Yo limpio, paisa... –adujo Samir-. Yo tener papeles en regla. No problema...-Ya, ya, tranquilo... No problema... –asintió Léxico-. Te informaré que no somos de la brigada de inmigración, sino del departamento de Crímenes Literarios. Alguien nos ha proporcionado una información que queríamos contrastar contigo...
-Todo bien, paisa... Yo decir lo que sepa.-Bien. Nos gustaría saber si vendiste hace algún tiempo un libro titulado “Sabor a fuel” a un tal Coto Mataporros...
-Ah, sí... –convino Samir-. Verdad. Coto ser mi amigo. Él querer un bonito libro para su hija. Yo decir que puede encontrar libros baratos. Yo traer ese libro y vender.-Ahá. Y dime, Samir. ¿Dónde adquiriste ese libro?
-Samir tener un conocido que trabajar en el almasén de una pequeña editorial. Él poder conseguir libros a buen presio, y él conseguirme ese libro. Yo pagar a él el presio acordado...-Hum... Muy bien. Y dime... ¿Cómo se llama ese tipo, y dónde le puedo encontrar?
-Uy, paisa... Pero yo no poder chivar... Él trabajar... destrangis, y él no tener papeles. Si decir, a él echar del país.-Pobre, pobre... Lo malo es que si tú no decir a mí, yo llamar a policía para comprobar si de verdad tienes los papeles en regla.
Mientras Samir contestaba airado algún tipo de retahíla imprecatoria en idioma árabe, Léxico instó a Suspensivo.-Tienes ahí el teléfono de la brigada de inmigración, ¿no?
-¡Vale, vale! –interrumpió Samir-. Yo decir nombre... Y también dónde vivir... Llamar Yeong Su Yong, y ser chino. Vivir en la calle Río Rojo, número veintisiete, cuarto tercera... –informó-. Pero, ¡por favor! ¡No decir que yo decir a ti! No querer que me persiga para matar la mafia china...-Muy bien, no te preocupes... –tranquilizó Léxico-. No diremos ni pío. Punto, ya puedes quitarle las esposas al amigo.
-¡Oh, gracias! Entonces, ¿dejar libre?
-Como te he dicho, no somos la policía. No obstante, debes permanecer localizable, sin la posibilidad de abandonar el país... No olvides que tu calidad de sospechoso de crimen literario sigue en vigor...
Franz_126
Léxico y Suspensivo tomaron el vuelo que hacía de puente aéreo entre Barmolona y Matriz. Léxico se entretuvo dando unos tragos a su “negruzca” petaca, a la par que contaba viejas anécdotas del cuerpo a su compañero, además de a las acolchadas paredes del avión. Por su parte, Suspensivo giraba de vez en cuando su cabeza para soltar una mueca simpática a su contertulio, mientras contemplaba con semblante de mirlo el paisaje celeste que se atisbaba por la pequeña ventanilla. Al cabo de unos instantes, Léxico se percató de la peculiar estampa de aquel casi autista compañero. -¡...! –rió su compañero para sus adentros.
Franz_126
Léxico llegó a casa y se desmayó en la cama hasta el mediodía del día siguiente. Por supuesto, tuvo nuevas pesadillas. En esta ocasión, no obstante, no aparecía la malvada colegiala con coletas, sino un chino que con un bisturí en la mano comenzaba a amenazarle persuasivo en una lengua que no comprendía. A su vez, una enfermera con la misma cara que Adelita le esposaba las manos, mientras le dirigía con voz dulzona estas palabras: “Cielo... ¿Te apetece tomar un poquito más de cava?” Acto seguido, la enfermera comenzaba a carcajearse maliciosamente. A continuación, el chino hacía accionar lo que, en un principio, parecía bisturí, pero que se convirtió en un grimoso taladro de dentista. Fue en ese momento cuando despertó, alertado por el sonido del taladro, que resultó ser una taladradora de pared que, con toda probabilidad, algún vecino estaba utilizando.
Se levantó, dirigiéndose directo al refrigerador. Miró las existencias que habitaban el electrodoméstico y se decidió a hacerse un bocata de salami y anchoas en escabeche.Después de comer, se dirigió en taxi al Comité Central, donde debía resolver algunas cuestiones antes de partir por la noche rumbo a Matriz. Llegó al despacho del comisario Hiato, que charlaba con un esmirriado tipo. Al verle llegar, el comisario presentó al interfecto.
-Léxico. Te presento a Punto Suspensivo. Será tu acompañante y ayudante en el viaje a Matriz.Léxico miró de reojo a Suspensivo, sonriendo con sorna al comisario.
-Será una broma, ¿verdad?-Bueno... No pensarías ir sólo, tal y como estás, ¿no? –apreció Hiato-. Aunque no lo parezca, y a pesar de su calidad de novato, tiene muy buenos informes del sub-departamento de correcciones sintácticas –informó, dirigiéndose al susodicho.
-... –aprobó Suspensivo, encogiéndose de hombros y haciendo gala de su propio heterónimo.Finalmente, y a pesar de sus primeras reticencias, Léxico tuvo que aceptar la carga impuesta. Así que saludó cortésmente a su nuevo compañero, y volvió a dirigirse al comisario, entregándole el carné de identidad del presunto homicida chino.
-Me gustaría que le echaran un vistazo a este tipo, para conocer sus antecedentes –pidió al comisario-. Las ruedas de su moto estuvieron a punto de dejarme una huella imborrable...-De acuerdo... –contestó Hiato-. Enseguida se lo envío a Teo y te diremos algo lo antes posible. ¿Se te ofrece algo más?
-Sí. Me gustaría conocer también los antecedentes de una tal Adela Bienservida, si los tiene... Creo que son dos de los responsables de mis contratiempos durante el día de ayer y pueden estar directamente relacionados con el caso.-Perfecto –asintió Hiato-. También investigaremos sobre ella. Bueno –propuso, dirigiéndose a sus dos sabuesos-, creo que ya va siendo hora de que os pongáis en marcha. El avión sale de aquí a dos horas, así que podéis ir yendo hacia el aeropuerto. Y, ya sabéis: en cuanto sepáis algo nuevo, me informáis.
-¡A la orden, mi teniente! –contestó Léxico.
-... -convino Suspensivo.
Franz_126

-¡Hola, papi! –saludó Begoña, abrazando a Coto-. ¿Qué tal te va? Mira, te presento a Bebo Léxico...
-¿Quién cojones es este vejestorio? –inquirió Coto-. ¿Otro de tus ligues?-Bebo Léxico, del departamento de Crímenes Literarios, para servirle... –intervino Léxico.
-¡Coño! ¿A quién cojones me has traído, Bego? Escuche, caballero... Estoy limpio. Hace muchos años que no trafico con drogas, y ya pagué por ello en su día. ¿Es que no me van a dejar en paz?-Tranquilo... –aclaró Léxico-. Lo cierto es que sus asuntos de tráfico, en el caso de que los tenga, no me interesan lo más mínimo... Le vuelvo a repetir que soy agente del departamento de Crímenes Literarios. No sé si habrá oído hablar de éste...
-¡Ah, sí! Claro... –contestó Coto-. Perdone, pero ya pensaba que me querían meter otra vez en chirona.-Lo cierto es que estamos investigando un caso de “negrura” en el que usted es sospechoso, o podría verse involucrado... Así que si es tan amable de acompañarnos, nos reuniremos con mi superior, ya que nos gustaría hacerle unas cuantas preguntas.
-¿”Negrura”? –se preguntó Coto-. ¿De qué demonios me está hablando? Bueno, no hay ningún problema... Les responderé todo lo que pudiera saber sobre el asunto.Salieron de los estudios y se encontraron con el comisario Hiato, que esperaba en la cafetería tomando un café.
Salieron los cuatro, en el coche del comisario, hasta el Comité Central. Una vez en la sala de interrogatorios, Léxico puso en antecedentes a Coto, que parecía extrañado por el caso. Entonces, comenzó a relatar lo concerniente a la adquisición del libro.-Lo cierto es que soy aficionado a pasearme por mercadillos y rastros, no por voluntad de adquirir baratijas, sino por curiosear y buscar peculiaridades. Debido a esto, he hecho incluso colegas entre los dependientes de algunas paradillas, como es el caso de Samir, un marroquí que vende lencería barata en un puesto del mercadillo de la plaza de Poniente, en Matriz.
“El caso es que se acercaba el aniversario de Bego, y no sabía qué comprarle. Un día, paseando por el mercadillo, se me ocurrió que podría regalarle un libro. Se lo comenté a Samir, informándole que iría a echar un vistazo al hipermercado “Mediamanga Mangotero”. No obstante, Samir me recomendó que no fuera, que él podía adquirir libros (sin estrenar) y a muy buenos precios, ya que conocía a un amigo que trabajaba como intermediario para una casa editorial.“Me preguntó que qué clase de libros le gustaban a Begoña, y le dije que, de momento, en casa sólo tenía un par, de los cuales recordaba haber leído algunas páginas de uno de una tal Corín Mellado.
“Así, pues, me dijo que no me preocupara, que me conseguiría un buen libro, reciente y de actualidad.“Así es como, al día siguiente, me trajo “Sabor a fuel”. Me lo vendió por quince euros, cosa que me pareció bastante asequible. Le di las gracias por su ayuda, y me despedí de él hasta dentro de dos semanas, ya que me quedaría en Barmolona durante ese tiempo. Finalmente, llegó el día del cumpleaños de mi hija, y le regalé el libro. Y eso es todo...”
Tras la entrevista, Léxico y Hiato estuvieron cavilando sobre la historia que Coto les había contado. Para contrastar su veracidad, tan sólo debían acudir al lugar del que Coto les había hablado, y preguntar al marroquí. Así, pues, Léxico le pidió las señas del lugar y la dirección y, con voz firme, se dirigió al famoso:
-Y recuerde que su calidad de sospechoso sigue en vigor... Así que deberá estar en todo momento localizable, sin la posibilidad de poder abandonar el país.
Franz_126

Léxico estuvo charlando durante un rato con Berta, la joven que le había ayudado, la cual se preguntaba el porqué del incidente ocurrido. Léxico le explicó que era un detective del cuerpo de delitos literarios. Estuvieron un rato charlando amenamente, hasta que por fin apareció el tan esperado taxi que buscaba Léxico. Se despidieron, se intercambiaron teléfonos, y Léxico le prometió invitarle a tomar un café en mejor ocasión.
Subió, pues, al taxi, y le dio las señas para dirigirse a los estudios de Telebrinco, situados a las afueras de la ciudad. Durante el trayecto, Léxico estuvo meditando y recordando todos los incidentes y descubrimientos de aquel ajetreado y desafortunado día, a la par que rezaba porque no quisiera el azar que su trayecto en taxi discurriera con algún otro tipo de accidente.Por suerte, sus plegarias dieron resultado, y el taxi llegó a su destino hacia las once y cuarenta y cinco minutos. Pagó al conductor y éste, amablemente, le ayudó a bajar del automóvil. A unos metros de la entrada descubrió al comisario Hiato y a Begoña Mataporros que, al unísono, acudieron a su reencuentro.
-Pensábamos que no llegabas... –apreció el comisario-. Venga, que te ayudaremos. Hay que darse prisa, el programa está a punto de comenzar... Por cierto, ¿qué diablos te ha ocurrido?-Es un asunto que requiere una larga explicación... –contestó Léxico-. Ya se lo contaré en otro momento...
Begoña y Hiato le acompañaron hasta la entrada. Allí, el comisario les dejó, y dijo que les esperaría en la cafetería. La estudiante y Léxico se dirigieron hacia la puerta donde se hallaba un esbirro que hacía de taquillero. Begoña sacó las entradas de su bolsillo y se las entregó al tipo.-Hum... Llegan ustedes un poco tarde... –informó-. El programa hace rato que ha comenzado. No sé si les podré dejar pasar...
-Oye, gorila... –saltó Begoña-. ¿Sabes quién soy yo? Pues soy la hija de Coto Mataporros, colaborador habitual de este programa. Así que como no te portes bien, quizá tu puesto de trabajo pueda verse en peligro...Enseguida, el tipo se excusó con reverencias, recogió las entradas y les rogó que pasaran adentro. Léxico sonrió ante la perspicaz reacción de Begoña, la cual le correspondió con un simpático guiño.
Un azafato les acompañó hasta dos asientos situados en la parte trasera del plató. Se sentaron y comprobaron que el programa estaba en marcha. Asimismo, Léxico comprobó que en el set de invitados comenzó repentinamente a armarse un guirigay digno de contemplación.-Te he dicho mil veces que no me levantes tu puta voz, periodistucha de tres al cuarto... –se escuchó decir en tono tranquilo a Coto Mataporros.
-¡Anda ya! –saltó una conocida periodista, llamada Karmele Boyante-. ¡Quién te crees tú que eres! ¡Lo único que eres es un drogata de mierda, capullo!-¡Mira, pedazo de zorra...! –tanteó Mataporros, en un tono de voz un tanto más elevado-. Como empiece a soltar por esta boquita todos tus líos de boyera y con las famosas gachís con que te has acostado, creo que vas a salir perdiendo...
-¿Ah, sí? –contestó impávida la periodista-. Pues hablando de líos de faldas, tengo una exclusiva. Tu tan querida y protegida Carmen Solares le puso los cuernos hace unos días a su querido marido Jaime Rostros, con el famoso futurólogo Massel. Y para demostrarlo, traigo aquí unas fotos y unos documentos que...-Tú no vas a demostrar nanai de nanai, payasa... Que eres una payasa... –interrumpió Mataporros.
-¡Oye, capullo! –saltó, en esta ocasión, otro de los contertulios, que daba la casualidad de ser un ex policía venido a paparazzi-. Tú le vas a dejar enseñar las fotos o sino cuento tus líos de tráfico ilegal.-Ni se te ocurra pasarte un pelo, cabroncete, que te curro...
-¿Ah, sí? ¿Tú y cuántos más?
Mientras los dos contrincantes se levantaban y se disponían a una pelea en directo, otros de los contertulios trataban de separarlos, incluido el moderador del programa. No obstante, se pudo apaciguar los ánimos de los púgiles, ya que, a continuación, otro de los colaboradores se puso a hacer un strip-tease integral en medio de los aplausos y el coro del público y de todos los presentes. Al cabo de esto, salió un tipo que comenzó a lanzar tartas a los contertulios, mientras otro participante se metía una lombriz por la nariz.Begoña tuvo que despertar a Léxico hacia el final del programa, ya que el espectáculo hacía tiempo que le había aburrido. Así que despertó, y una vez concluido el show, se dirigió junto a Begoña para hablar con el personajillo de Coto Mataporros.
Franz_126
Bajó en el ascensor y, una vez en la planta baja cruzó por recepción. Allí, se dirigió a una cabina telefónica y llamó al Comité Central. Cuando el Comisario Hiato se puso al aparato, Léxico comenzó a excusarse por su retraso:-Es usted muy amable, señorita.
Franz_126

Abrió la puerta del coche. A continuación, la guantera. Tomó la petaca y apuró el escaso negruzco líquido que le quedaba. Arrancó el automóvil y salió directo hacia la entrada de la autopista. No encontró ningún otro coche en la entrada, así que pisó a fondo el pedal del acelerador y se incorporó a la autopista por el carril de aceleración. Llevaba unos dos kilómetros recorridos cuando se le presentó una dificultosa curva. Echó, pues, el pie al freno, comprobando, no obstante, que el pedal se hundía de manera inusitada hasta el fondo. No tardó en darse cuenta del contratiempo, tomando con peligro la curva que ya se le echaba encima. Como los frenos no respondían, trató de decelerar el coche cambiando a una marcha inferior. No obstante, el automóvil había tomado una suficiente velocidad que le impedía detenerse por el momento. Vio el cartel de la próxima salida y se dispuso a seguirla. Como su velocidad era superior a la de varios coches que frenaron ante el semáforo, tuvo que esquivarlos con unas cuantas ágiles maniobras. Cruzó, como no podía ser de otra manera, el semáforo en rojo, comprobando cómo a mitad de la calle un utilitario pasaba rozando el morro de su seiscientos. Decidió, para evitar mayores perjuicios, dirigirse por el césped de un parque situado junto a la calle. Subió el coche por el bordillo, cruzando la acera por delante de varios viandantes, e internándose en el césped del parque. Tuvo que esquivar varios árboles y alguna que otra papelera, hasta que un quiosco le impidió, con cierta brusquedad, la prosecución de su marcha.
Cuando despertó, comprobó que aquella no era su cama, por lo estrecho y por la dureza del colchón. Asimismo, pensó que un terremoto estaba aconteciendo, por los leves aunque bruscos movimientos del habitáculo en que se encontraba. Pudo apreciar a continuación el ruido de una estridente sirena, seguido por la visión de un tipo en cuyo peto apreciaba borrosamente una cruz roja.
-Parece que vuelve en sí –evidenció el tipo-. ¿Qué tal se encuentra?
-Pues o he dormido esta noche fatal o me ha sobrevenido una sensación de artrosis aguda de golpe.
-Procure no hablar demasiado –replicó el enfermero-. Ha sufrido usted un accidente de circulación. Lo que todavía no entiendo es qué demonios hacía usted con su coche dentro de un parque.
Léxico meditó la primera réplica contradictoria de la respuesta del enfermero, a la par que agradecía la información recibida.
La ambulancia llegó a la puerta de urgencias del hospital facultativo de la ciudad. Dos enfermeros acudieron a abrir las puertas del vehículo y ayudaron a bajar la camilla en la que reposaba Léxico. Le dirigieron con presteza hacia la sala de urgencias. Condujeron la camilla por un estrecho corredor y la aparcaron en un box situado al fondo.
Léxico se sintió soledoso durante un buen rato, cosa que aprovechó para probar a levantarse. Experimentó, entonces, variopintos dolores a lo largo de su cuerpo, así cómo un dolor un tanto más agudo en su pierna derecha. Estos dolores contribuyeron a que decidiera cerrar los ojos durante un ratito más.
Despertó, por tercera vez en aquel día, en una cama un tanto más cómoda, atado por un tubo de suero en su brazo derecho. Se incorporó un tanto, apoyándose en la cabecera de la cama. Miró a su izquierda y comprobó que, en esta ocasión, disponía de una lisiada compañía.
-Hombre, buenas tardes... Yo soy Baldirio, para servirle. ¿Cómo se llama usted?
Léxico sonrió a aquel sexagenario en silla de ruedas que se dirigía hacia su cama. Al cabo, comenzaron a charlar amistosamente, y el hombre comenzó a contarle sus varias batallitas de hospitales.
Transcurrida una media hora, un médico interrumpió la grata conversación con el viejo, y examinó a grandes rasgos el estado de salud de Léxico.
-Bueno, caballero. Creo que ha tenido usted suerte –informó atentamente-. Tan sólo unos rasguños y algún que otro moratón. La pierna tardará más en curársele, pero, en fin... Puede usted dar gracias a la Divina Providencia.
Léxico reparó en aquel momento en su pierna escayolada, y se dirigió con premura al doctor.
-¿Qué hora tiene, doctor?
-Las ocho y media.
Léxico fue consciente entonces de las tareas que se le habían acumulado y que debía, casi sin ninguna excusa, atender al momento, así que se dirigió apremiante al médico.
-¿Puede usted entonces darme el alta, dado que mi estado no reviste gravedad alguna?
-¡Pero, hombre! –saltó sorprendido-. ¡Cómo va usted a marcharse tan pronto! Creo que podemos retirarle ya el suero, pero el alta me temo que no se la podremos dar por lo menos hasta mañana.
Léxico explicó al médico su situación, además de su profesión. Le rogó que en cuanto le quitara el suero le diera el alta. Pidió, asimismo, si era posible que le devolvieran sus pertenencias. El médico estuvo rumiando durante un rato y consultó al rato con sus superiores. Al cabo, aproximadamente, de una hora, regresó el médico a la habitación. Le retiró el suero y le entregó sus cosas, además de un alta en la que el paciente daba su consentimiento exclusivo bajo su propia responsabilidad. Le entregó, también, un par de cajas de medicamentos sedantes, varias recetas, y le dejó en préstamo un par de muletas.
Agradeciendo efusivamente la atención prestada, se despidió Léxico del doctor y de su compañero de habitación, y salió por la puerta en dirección a recepción.
Franz_126

Mientras Léxico continuaba escrutando la posibilidad de que su estimada Adelita hubiera urdido semejante plan, y de que pudiera llegar a tener relación con toda aquella trama, se planteó acudir a la máxima brevedad a sus deberes laborales. Recordó que había concertado una cita con el comisario Hiato, para analizar los pormenores del caso y continuar interrogando a Begoña, con la que más tarde debería acudir al “late-night” en donde colaboraba su progenitor.
No obstante, halló con creciente indignación, un primordial y fastidioso inconveniente a su propósito. En el momento que se disponía a abrir la puerta del apartamento comprobó que el cierre de la misma estaba echado. No encontró, por otra parte, ninguna llave colocada por dentro, como tampoco en el cajón del mueble recibidor. Desestimó proseguir una búsqueda inútil por el resto de la vivienda, ya que era fácil deducir que la intención de Adelita había sido la de impedir su salida.
Regresó, pues, al dormitorio. Por suerte, la tormenta parecía haber concluido; se dispuso, pues, a subir la persiana del ventanal, asomando su chamorra al exterior. Oteando la ventana situada a su izquierda y estudiando una posible escapatoria por la colindante vivienda, se decidió a auparse hasta el alféizar. Una vez sentado en éste, fue bajando su pie derecho hasta el apoyo exterior de mármol, logrando mantenerse firme sobre la estrecha cornisa; calculó que tan sólo le mediaban unos ocho metros hasta alcanzar su próxima meta, así que, envalentonado, se dispuso a avanzar recostado con su espalda en la pared. Procuró no mirar hacia el fondo del precipicio de siete plantas, no tanto por vértigo, como por no despistarse de su peligrosa tarea. No obstante, mientras posaba su mirada al frente, se topó con el encuentro de un vecino que le miraba perplejo desde el balcón del edificio opuesto. Léxico tuvo a bien corresponder con una afable sonrisa, cosa que pareció no satisfacer del todo al hombre, ya que comenzó a vociferar con histerismo:
-¡Dios mío! ¡No lo haga, por favor! ¡Estése quieto, se lo ruego!
Se le mutó a Léxico la sonrisa en una mueca de espanto. Al tiempo, comprobaba cómo en otros de los balcones de enfrente la gente salía alertada por los gritos y por el posterior descubrimiento del presunto suicida. Mientras continuaba escuchando los ruegos del viejo vecino, pudo también escuchar en un tono de voz más bajo la disposición de otros vecinos a llamar a los bomberos o a la policía. No obstante, no cejó en su empeño de continuar su arriesgada andadura por la cornisa, haciendo caso omiso a los ruegos del vecindario. Una vez alcanzada la ventana colindante, pudo sentarse en el alféizar, comprobando que la persiana estaba a medio subir y que del interior de la vivienda surgía una bonita melodía en forma de estridente Heavy-Metal. Aún sentado en el alféizar, se dispuso a empujar hacia arriba la persiana y una vez que consiguió la suficiente obertura para colarse, empujó el vidrio de la entreabierta ventana. Tomó impulso y logró caerse dentro de la habitación, mientras el sonido de la música se hacía mucho más perceptible. Mientras se incorporaba, se halló con las patas de una cama, en cuyo edredón reposaban también las patas y el tronco de un joven adolescente. El chaval dejó caer el cómic que, probablemente, estaba tratando de leer, y se quedó mirando perplejo al intruso. Al cabo, mientras Léxico sonreía amigable, el chico espetó:
-¡Cagonlaputa! ¡Si es el mismísimo Hombre Araña!
Mientras Léxico reía la ocurrencia del adolescente, escuchó la llamada proveniente de detrás de la puerta de la habitación, a la par que con su dedo índice en los labios instaba a mantener silencio al chico. No obstante, comprobó cómo la puerta se abría y una mujer cuarentona hacía acto de aparición:
-Venga, Richi, que ya está la com... –se interrumpió de sopetón la mujer al descubrir al presunto caco.
-¡Mira, vieja! –soltó el chaval-. Te presento al mismísimo Spider Man.
Antes de que Léxico pudiera abrir la boca, la mujer comenzó a gritar histérica, cogiendo a su hijo por el brazo y casi arrastrándolo hacia el exterior de la habitación. Mientras Léxico salía detrás de ellos tratando de dar explicaciones y mostrando su placa de detective, mujer y adolescente ya habían salido pitando por la puerta del piso.
Así, pues, con parsimonia, Léxico se dispuso a salir de la vivienda. Se dirigió hacia el ascensor. Entró y pulsó el botón de la planta baja. Al minuto llegó al portal, mientras escuchaba una serie de sirenas de diferente calibre en el exterior. Abrió la puerta del portal y observó cómo en la calle se apelotonaban dos o tres coches de bomberos, una ambulancia y dos patrullas de la policía. Mientras veía pasar de aquí a allá una serie de uniformados bomberos, decidió mirar a uno y otro lado de la calle y, esta vez, con más presteza y diligencia, se dispuso a alcanzar lo antes posible la esquina.
Franz_126
Una caverna oscura, tan sólo iluminada por la leve luz de dos candiles colgados de ambas paredes. El techo, compuesto por estanterías repletas de libros. Se encuentra tumbado en un diván de acero, inmovilizado y atado de pies y manos, amordazado por un continuo chorro de negruzco líquido que le obliga a tragar incesantemente, casi ahogándole. Mientras continúa bebiendo, sin remisión, comprueba cómo los libros comienzan a descender de sus ingrávidas estanterías y pasan rozando su cuerpo, mientras escucha enormes estruendos al contactar con el suelo. A su vez, escucha a lo lejos los ladridos de un furioso perro, ladridos que estima más bien como fieros y felinos rugidos. Acto seguido, una fantasmagórica niña con coletas se le aparece por el costado derecho; observa cómo se deshace el nudo de la goma de una de sus coletas y, una vez en su mano, comprueba que ésta se ha convertido en un fino pero afilado látigo. La niña blande el látigo con expresión malvada y comienza a lanzarlo contra el suelo. Mientras escucha de fondo los rugidos, los fuertes latigazos que la malvada niña proyecta contra el suelo alertan a Léxico, que implora misericordia. La niña, sonríe perversamente, mientras comienza a expulsar, como si fueran proyectiles, escupitajos que van a parar a su cara. Éste, continúa implorando piedad, a la vez que grita desesperadamente:
-¡No, noooo, nooo, basta por favor...! La niña emite una terrible carcajada y, a continuación, continúa escupiendo a la cara de Léxico.
En ese momento, sobresaltado, abre los ojos. Se incorpora precipitadamente. Se palpa la cara y comprueba que, además del sudor, su tez está húmeda debido a otro líquido extra corporal. Se gira y descubre cómo la almohada está empapada, debido a una gotera que incide en su caída hasta la cama. Asimismo, comprueba que la persiana de la habitación no para de dar latigazos, debido al temporal y la tormenta que intuye fuera.Cuando comienza a recuperarse de la pesadilla se levanta. Se dirige presuroso hacia la ventana con intención de cerrarla, no sin antes resbalar en el charco que se ha formado por el agua que se ha colado del exterior. Cae de culo al suelo y expele una blasfemia acompañada de un balido quejumbroso. Se incorpora, con cuidado, y se dirige hasta la cocina, donde recoge un cubo y una fregona. Vuelve hasta el dormitorio, aparta la almohada y coloca el cubo en su lugar. La gotera comienza a imprimir un constante ritmo valiéndose del bombo acústico del cubo.
Es entonces cuando se percata de la ausencia de su compañera; se dice que se habrá levantado para ir al lavabo. Comienza a secar el suelo con la fregona, a la vez que, indiferentemente, echa un vistazo al reloj-despertador de la mesita. Se le cae la fregona de las manos al descifrar la hora: las once y media. Sale corriendo sin dirección predeterminada, llamando a voces a su compañera. Se topa con la puerta del lavabo. La abre y la encuentra vacía. Se dirige al salón y encuentra el mismo desamparo. Regresa a la cocina y halla por casualidad la única compañía de una nota sobre el mármol:
“Cielo, he tenido que salir de compras. Siento no haberte despertado, pero es que parecías un angelito, y eso que el despertador ha sonado varias veces... Bueno, un besito y hasta luego: Adelita”.Mientras Léxico reprime para sus adentros una serie de imprecaciones, deja caer involuntariamente la nota. Instintivamente, se agacha para recogerla, a la vez que descubre junto a ésta, en el suelo, el envoltorio de algún tipo de medicamento. Recoge el envoltorio junto con la nota y, a continuación, se dispone a echar un vistazo a la marca del mismo; descubre, con anonadamiento, que se trata de un tipo de somnífero capaz de dejar en cama a un caballo durante un día entero. Aturdido y confuso, echa un vistazo a la botella de cava y a las copas que reposan en el fregadero. No tarda mucho en establecer la cadena de asociaciones y a deducir que, si no hubiera sido por aquella gotera, con toda probabilidad hubiera continuado soñando con aquella malvada colegiala hasta la mañana siguiente.
Franz_126
-Genial... Peron no tardes, ¿eh?
Franz_126
En la sala de interrogatorios, el comisario Hiato daba vueltas alrededor de la mesa, echando de tanto en tanto una mirada furtiva a Begoña Mataporros. Finalmente, recibiendo un gesto de aprobación de Léxico, se decidió a sentarse frente a la joven y, con voz suave, aunque soberbia, comenzó a informar a la sospechosa:
Léxico acababa de ponerse la barba postiza y unas metálicas gafas de sol, cosa que hizo que la decana soltara una tímida risilla. Mientras ésta servía a Léxico una nueva taza de café de la máquina
Don Herminio Azulado se disponía a concluir la clase del día, en la que había dado unos apuntes acerca de los autores Románticos de principios del XIX en Gran Bretaña. Antes de recoger su cartera, no obstante, se dirigió a una de sus jóvenes estudiantes:
A primera hora de la mañana se plantó Léxico en el despacho de la decana, con la intención de averiguar el horario de Begoña. No obstante, tuvo que esperar media hora hasta que la señora apareció para abrir la puerta de su despacho. Al ver a Léxico, la decana se sorprendió –o tal vez, podría decirse, se despertó-; aunque enseguida reconoció al detective y le invitó a que pasara.
Esperó pacientemente durante aquella tarde, sentado en un banco del parque situado junto a la vivienda de Begoña. Después de estudiar detenidamente la fotografía, vigiló todos y cada uno de los inquilinos que entraban en la portería del edificio. Pasaron unas horas y la sospechosa no aparecía por el lugar. Ya comenzaba a oscurecer mientras Léxico daba un paseo por la acera del portal, cuando vio aparecer por la calle la figura estilizada de una joven con macuto. Cuando la joven se aproximaba al portal, Léxico pudo identificar –a pesar de las coletas de colegiala y los varios piercings en cejas, barbilla y nariz- a Begoña Mataporros. Cometió el error de enseñar su placa de detective pocos metros antes de su encuentro con la joven, por lo que ésta decidió con rapidez dar media vuelta y salir a toda mecha corriendo en dirección opuesta. A pesar de los avisos de Léxico, la joven se encontraba ya a punto de doblar la esquina de la calle, por lo que Léxico decidió practicar un poco de deporte y se puso a la zaga de la liebre. Tras girar la esquina, Léxico comprobó que la estudiante se dirigía calle abajo, por la acera opuesta. Tuvo que driblar alguna moto y algún que otro coche, mientras cruzaba la calle mostrando su placa. Pudo observar que Begoña se disponía a dar un nuevo giro y abandonar aquella manzana. Al llegar a la esquina, Léxico comprobó que se hallaba en una gran avenida arbolada. A lo lejos, descubrió la figura de la joven, que se dirigía hacia la puerta de unos grandes almacenes. Cuando llegó hasta la puerta y miró hacia el interior de la superficie comercial se percató de la dificultad que se añadía a su búsqueda: cientos de personas concurrían por la planta baja del local, rebuscando y probándose ropa de oferta en las rebajas. Miró el cartel que indicaba las secciones de las ocho plantas del edificio, las indicaciones de las cuatro salidas y, tras echar una aturdida y desesperada ojeada a su alrededor, reconoció, por fin, que aquella hábil jovenzuela había logrado su escapatoria.
El suave aroma a café, acompañado de unos estridentes ladridos, hizo abrir los ojos a Léxico. Ante sus narices se topó con una taza bien cargada, sujetada por la blanquecina mano de Adelita, que le invitaba a probar un sorbo de aquel reconfortante líquido. En ese momento, Freddy –el caniche que convivía con Adelita- comenzó a gruñir con evidentes celos del forastero. Fue entonces, mientras tomaba la taza y miraba con cierta animosidad al perro, cuando recordó que aquella noche, tras el pesado viaje, la había pasado en casa de Adelita; para ser más precisos, en su cama. Le había llamado al llegar al aeropuerto y, Adelita, cómo no, accedió a la esperada cita con Léxico.
-Verá, agente –comenzó Ermita-... Resulta que en uno de mis viajes a Barmolona acudí a una famosa discoteca, donde conocí a una deliciosa muchachita llamada Begoña. Aquella noche era la fiesta de “Miss Camiseta Mojada” y Begoña resultó ser la indiscutible ganadora del primer premio. Yo me quedé absorto por aquella maravilla: fue, prácticamente, amor a primera vista. Así que me decidí a realizar un movimiento de avance hacia aquella monumental señorita... Me dirigí hasta la barra, donde tras el concurso se encontraba Begoña. Me presenté y empezamos a charlar. Ella comenzó a morirse de la risa con mis ocurrencias y..., en fin... Que nos caímos muy bien, y quedamos para el día siguiente.
Gracias a la información proporcionada por Teo, Léxico pudo localizar a aquel zascandil de Julio Ermita senior. Concertó una visita en su casa de veraneo de Marvela, diciéndole que se trataba de una entrevista para organizarle un homenaje concurrido por las altas esferas de la “jet set”.
Léxico llegó hasta la puerta de entrada del Comité Central. A simple vista, el edificio no presentaba ningún rasgo distintivo, y su puerta metálica semejaba la entrada de una fábrica. Llamó al timbre y a continuación dijo:
Ya de vuelta en la biblioteca, Adelita dispuso el ordenador para que Cefe y Léxico pudieran identificar al dueño de la mochila. Después de hacer un repaso por los seis estudiantes de primero, era evidente que difícilmente la descripción de Cefe pudiera coincidir con la de aquéllos. Así, pues, con la esperanza de poder hallar al sospechoso, continuaron mirando las fichas de los otros visitantes. Revisadas unas veinte fichas, Cefe señaló la fotografía de aquel socio. Léxico al principio miró aquella fotografía con indiferencia; al fijarse detenidamente y leer el nombre de la ficha, sorprendido, tuvo que preguntar a Cefe:
Léxico pudo localizar en el ordenador a catorce estudiantes que visitaron la biblioteca aquel día. No obstante, se centró en los seis que correspondían a primer curso, ya que en uno de los bolsillos de la mochila se había encontrado un programa de inicio de carrera. Estaba, pues, decidido a proyectar su plan de búsqueda y a entrevistar a aquellos estudiantes. No obstante, reanudaría su investigación al día siguiente, ya que aquel había sido un largo y agotador día.
Al día siguiente, Cándido estuvo explicando a Léxico los pormenores acontecidos por la mañana. Mientras el viejo bibliotecario hablaba, Léxico observó con curiosidad el enorme promontorio en forma de chepa situado en su espalda. Observó también una cierta expresión de melancolía, a pesar de su aparente ánimo al hablar:
Léxico era consciente que la búsqueda del dueño de aquella mochila iba a ser un arduo trabajo, aunque jamás daba por perdido ningún caso, por muy intricado que éste fuera.
Antes de salir de casa, Bebo Léxico tomó la damajuana y vertió el negruzco líquido en un ancho vaso de Bohemia, deglutiendo el contenido de un solo trago a su buche, reorganizando así el caótico estado de su metabolismo. Tomó las llaves del seiscientos y salió pitando hacia el Comité Central.
***PRÓLOGO***Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/