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el expreso de medianoche

Se muestran los artículos pertenecientes al tema Tren de cercanías.

30/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051230182106-35.jpg

Tomó las llaves y abrió la puerta. Cuando entró en la vivienda, husmeó el vacío de varias semanas de ausencia. Se fue hacia la cocina en busca de la regadera; luego se dirigió al pequeño patio contiguo, donde se encontraban las plantas y, al fondo, la desamparada caseta de Freddy. 

        Una vez regadas las plantas, se dirigió hacia el comedor y ordenó un poco su estado. Se dirigió hacia el teléfono y, descolgándolo, se atrevió a escuchar una vez más aquel mensaje que debió haber escuchado en su momento:

        “Tiene dos llamadas con mensaje. Llamada número uno: recibida el siete del ocho, a las veintiuna horas treinta y dos minutos: 

        -Adelita, Adelita... Tú no sabes quién soy, pero yo sí sé quién eres, je, je... El caso es que te voy a rogar un favor, por las buenas, o si lo prefieres, te lo ordenaré por las malas... Supongo que estarás al tanto de que tu amiguito Léxico anda investigando un caso. Bien, pues te pido que trates por todos los medios de retenerlo en tu casa el máximo tiempo posible. Te aconsejo que le administres algún tipo de calmante o algo por el estilo. Sobre todo, no debe sospechar nada... En caso de que no sigas estas claras instrucciones, nos veremos obligados a quitarnos del medio a Léxico, por las malas. Por cierto, siento muchísimo el triste accidente de tu perrito... Hemos intentado recomponer sus trocitos como hemos podido, pero es que se empeñó en colarse en la máquina trituradora y no pudimos evitarlo... Sniff... En fin, ya sabes: mantén a Léxico alejado del caso y no le pasará nada... Au revoir... Ah, por cierto, en cuanto hayas  escuchado este mensaje, bórralo…”

        Bien por olvido, bien como irrefutable prueba, Adelita no llegó a borrar el mensaje... Léxico se maldecía por no haber descolgado el teléfono en su momento. Pero ya no había nada que hacer... El caso, por suerte, había podido resolverse, y aquel mal nacido de Guñoz, con su apestosa voz nasal, había pagado por fin su fechoría. 

        Salió de casa de Adelita y se dirigió en el seiscientos hacia su propio apartamento.

        Al llegar, se hizo un sándwich de anchoas con pimienta y se postró en el sofá. Tomó el mando del televisor e hizo un rápido zapping por las cadenas. Se paró en un programa que estaban dando en Telebrinco. Sentado a una mesa redonda reconoció la calva de Coto Mataporros, que en aquel momento disertaba sobre un familiar y cercano asunto: 

        “-Pues, sí, para qué vamos a engañarnos... Yo fui una pieza clave para descubrir el chanchullo del tal Guñoz... Bueno, yo y mi hija, que denunció rápidamente el caso en cuanto se enteró de que le habían colado un ejemplar de “Sabor a fuel” en su mochila...”

        Léxico no pudo más que abrir los ojos como tomates ante tal desfachatez. Se decidió a apagar el televisor y evitar infectarse con las memeces de programas basura de aquella calaña. Se dijo que ya podría decir misa aquel sinvergüenza de Mataporros, que el caso se juzgaría en los juzgados... 

        Decidió, pues, ponerse a leer una novela de William Folter; tomó su petaca y se dispuso a echar un trago. No obstante, se percató de que su interior estaba completamente vacío. Se dirigió a la cocina y fue en busca de la damajuana. Le quitó el tapón, puso un embudo en la petaca e inclinó la garrafa; comprobó, con alarma y desconsuelo que del cuello de la damajuana apenas caía una casi imperceptible gota de líquido negruzco. Pensó que era momento de ir apresuradamente en busca de reservas: el lugar a donde iría a buscarlas es algo que el Cide Hamete Benengeli de esta historia no está autorizado para contarles...

 

                                                            F       I       N

Franz_126

29/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051229145143-34.jpgLéxico acudió a visitar a Adelita al hospital, como todas las tardes durante el transcurso de aquellas dos últimas semanas. Aquella tarde Léxico entró en la habitación con una caja envuelta en papel de regalo. Adelita dibujó una cariñosa sonrisa al ver a Léxico con el regalo. Léxico depositó la caja junto a la cama, y después de dar un beso a la bibliotecaria, le preguntó:

        -¿Quieres que yo la abra? 

        -Por favor, cielo... –contestó impaciente Adelita-.

        Léxico comenzó a rasgar el papel que envolvía la caja; en la tapa frontal Adelita apreció unos pequeños orificios por donde parecía verse algo en movimiento; escuchó también unos leves gemidos que procedían del interior. Seguidamente, Léxico abrió la tapa y agarró con suavidad al caniche que esperaba asustado en el interior del embalaje. Adelita lanzó un grito de sorpresa, mientras Léxico depositaba al can en sus manos. 

        -¡Cariño, eres un sol! –dijo a Léxico, mientras acariciaba al caniche-. Es el mejor regalo que podías hacerme...

        -Bueno, me alegra que te guste –sonrió Léxico-. No es exactamente como Freddy, pero bueno... 

        -Ya... –asintió melancólica-. Bueno, pero a pesar de que no sea Freddy, la verdad es que es una monada. En fin, habrá que ponerle un nombre...

        -Sí. 

        -Pues decide tú, cariño, que para eso es tu regalo...

        -¿Estás segura? 

        -¡Claro que sí! ¿Qué nombre se te ocurre?

        -Bueno, pues no sé... –vaciló-. Se me ocurre, se me ocurre... ¡Ah! ¡Ya sé! Candy. 

        -Ja, ja, ja... –rió Adelita-. ¿A qué me recuerda ese nombre, a qué...?

        -Pues no sé... Ha sido el primero que me ha venido a la cabeza... 

        -Pues no se hable más: Candy... –se dirigió al perro mirándole a los ojos-. ¡Ah, por cierto! –se dirigió ahora a Léxico-. Tengo una muy buena noticia...

        -Pues suelta, preciosa... 

        -Seguramente el lunes me darán el alta...

        -¡Mágnifico, princesa! –exclamó Léxico-. 

        Hacia el final del horario de visita, Léxico empaquetó de nuevo a Candy, para llevárselo a su casa hasta que Adelita estuviera de vuelta. Cuando ya se despedían, ésta le pidió un favor.

        -¿Puedes pasar hoy por mi casa para regar las plantas? 

        -Claro que sí, guapa... En cuanto salga del hospital me paso por allí...

        -Te quiero, cielo... 

        Se despidieron dándose un prolongado beso y, a continuación, Léxico salió de la habitación con una tonta y poco habitual sonrisa.

 

Franz_126

 

29/12/2005 14:51 Autor: elexpresodemedianoche. Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

26/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051226180657-33.jpgDe vuelta a Barmolona echó una cabezada en el asiento clase turista del avión. Le dio tiempo a soñar: soñó con una gran mansión rodeada de palmeras. Se encontraba acostado en una tumbona, junto a una piscina de agua negra; en ese instante se incorporó, notando cómo las aguas de la piscina comenzaban a arremolinarse en forma turbulenta; a continuación, del fondo de las aguas surgió una enorme cabeza de toro; un toro enfurecido, que pretendía dirigirse hacia donde él se encontraba. De manera misteriosa e increíble –como suele suceder en los sueños- se le apareció una cadena a la altura de su cabeza; alzó su mano y empuñó el mango de la cadena; tiró hacia abajo y, de manera instantánea, las aguas de la piscina fueron succionadas por una pequeña rendija situada en el fondo: por allí se fueron las aguas, junto con el astado monstruo, que gemía suplicante mientras la impasible rendija le succionaba. Se giró hacia la mansión y, en aquel momento, una bella dama salía por la puerta que daba al jardín; se dirigió hacia él y ambos se fundieron en un gran abrazo.

        Al llegar al aeropuerto, tomó un taxi que le condujo directamente hasta el Comité Central. Bajó junto al edificio y se dirigió hacia la puerta metalizada: 

        -Agente Diéresis-U. Contraseña: ¡Abre, cojones, que luego te tengo que invitar a unas cañas!

        Subió hasta la quinta planta y se dirigió al despacho del comisario Hiato. Al reencontrarse, el comisario se dirigió hacia Léxico para darle un efusivo abrazo. 

        -¡Hombre, Léxico! ¡Mi mejor hombre...! –expresó con orgullo el comisario-. ¡Cuánto me alegra verte de nuevo!

        Se sentaron frente a frente. El comisario se dirigió de nuevo a Léxico. 

        -Y dime... ¿Qué tal se encuentra... bueno... tu Adelita?

        -Mucho mejor, parece... –respondió Léxico-. Ayer mismo la trasladaron al hospital de la ciudad. Estoy deseando verla de nuevo... 

        -Hum... –apreció pensativo-. ¿No te me estarás enamorando, Bebo...? Ja, ja, ja...

        -¿Enamorarme? ¿Amor? No, no... Yo no entiendo de eso, señor... –expresó entrecortado Léxico. 

        -Ja, ja, ja... Bueno, líos de faldas a parte, te pondré un poco al día de la resolución del caso, que tan solventemente has resuelto, como siempre...

        -Soy todo oídos, comisario... 

        -Bien. Bueno, en primer lugar, me alegra informarte que el tal pajarito Li Jung So ya ha sido cazado.

        -Estupenda noticia... 

        -Sí. La policía le localizó en el aeropuerto, tratando de huir; no sirvió de nada su documentación falsificada...

         “Bueno, por otra parte, Julián Guñoz ya está en la cárcel, a la espera de ser juzgado por instigador y autor de crimen literario. Creo que nos hemos hecho con todos los ejemplares, y los mismos ya han sido incinerados... 

         “Por su parte, todos los trabajadores ilegales que tenía a su cuenta también serán juzgados, incluido don Julio Ermita, padre, que colaboró fervientemente en la producción del crimen, sobretodo con sus medios económicos...”

        -Hum... Ya veo... –consideró Léxico-. Pero, dígame, comisario... ¿Fue él quién puso el ejemplar en la mochila? Hay algo que se me escapa... 

        -No, para nada... –rectificó el comisario-. Digamos que todo el asunto fue una mera casualidad que, por cierto, nos prestó una importante vía para encontrar al culpable. Resulta que todo lo que nos contaron desde Begoña Mataporros hasta el mismo Ermita era cierto; con la salvedad de que Ermita no sabía que el padre de Begoña le había regalado a ella precisamente ese libro... Gracias a tu pericia, no descubrió en un principio que lo que se hallaba dentro de esa mochila era uno de los libros ilegales que junto a Guñoz estaban tratando de distribuir por todo el país. Así que pensó que se trataba de un tema de drogas; hasta que Begoña habló con él más tarde y le informó (sin tener conocimiento de su colaboración en el crimen) sobre el caso. Ermita hizo saltar la alarma: informó a Guñoz y, éste ordenó a sus hombres que trataran de impedir que se descubriera su asunto; también ordenó a Li Jung So que tratara de impedir la marcha de tu investigación como fuera...

        Léxico se quedó pensativo un instante. Una vez aclarado todo, decidió despedirse del comisario y dirigirse a su casa: se merecía un descanso. Mañana sería otro día.

Franz_126

22/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051222205344-32.jpg

Después de haber obtenido la dirección de la casa de campo, Léxico y sus hombres se dirigieron hacia allí. Se hicieron valer de nuevo de la sirena de la ambulancia, con la intención de llegar lo antes posible al lugar. Recorrieron unos veinte kilómetros por una carretera en dirección a Márava. Se internaron por un camino de tierra, custodiado por un campo de olivos. Finalmente, llegaron hasta “La Poderosa”, una enorme finca perteneciente a Julio Ermita. Se detuvo la ambulancia. Se dirigieron hacia la casa; no obstante, Léxico comenzó a escuchar unos gritos a lo lejos, que parecían provenir tras un establo situado junto a la casa. Se dirigieron hasta allí con presteza. Tras el establo, descubrió un arenoso cercado de madera y, en el centro, descubrió una mujer atada de pies y manos, inmóvil: adivinó los gritos de Adelita, que parecía incapaz de realizar cualquier movimiento. Junto al corral, descubrió a Julián Guñoz, que se apostaba junto a la puerta que daba al contiguo toril. Cuando Léxico se encontraba a pocos metros de Julián Guñoz, éste interpuso amenazante: 

        -Ni un paso más, Léxico... Porque... supongo que usted es el famoso Bebo Léxico, ¿no es cierto?

        -Así me conocen... No puedo decir, dadas las circunstancias, que sea un placer conocerle... 

        En ese momento, Guñoz comenzó a carcajearse insensatamente, tratando de imitar un cierto sarcasmo malvado que a Léxico se le antojó patético.

        -Ja, ja, ja... –continuó Guñoz que, instantáneamente, empuñó un revólver en dirección a Léxico-. ¡Vaya! Parece ser que está en una mala racha, señor Léxico... ¿Qué fortuito accidente le ha ocurrido en esta ocasión, amigo? Ja, ja, ja... 

        -El único accidente que puede echar al traste mis planes es la muerte, caballero... Cosa que, a pesar de los intentos de su oriental colaborador, no ha sucedido...

        -Ja, ja, jaaa... Ya veo que es usted duro de pelar, amigo... –cambió su expresión y afligió falsamente su semblante-. Pero... ¿no cree que el mejor lugar para lograr recuperarse pueda ser el hospital? –sugirió echando una ojeada a los enfermeros-. Además, en cuanto abra la puerta del toril para que salga mi más bravo astado, me temo que su amiguita estará encantada en hacerle compañía... O, quizá, no... Ja, ja, ja... 

        -Le ordeno que no lo haga, amigo... –amenazó Léxico, levantando su brazo y señalando a Guñoz-.

        En ese momento, Guñoz dejó de apuntar a Léxico y dirigió su cañón hacia Adelita, que comenzó de nuevo a gritar con pánico. 

        -No se te ocurra hacer nada, o me la cargo directamente de un tiro... –amenazó, a su vez, Guñoz.

        En ese instante, Léxico hizo apretar un botón instalado en la cruceta, haciendo que un chorro del líquido negruzco diluido en el agua impactara al instante en la cara de Guñoz. Éste comenzó a retorcerse y a frotarse la cara con su mano libre, mientras con la otra acertó a lanzar un tiro con su revólver, antes de caer al suelo. En ese instante, Léxico escuchó un breve gemido de dolor, comprobando que Adelita caía a la arena del corral. Se dirigió rápidamente hacia Guñoz que, quejumbroso, y dando gritos de sufrimiento, se palpaba con las manos la cara. Desenfundó Léxico su revólver, a la vez que uno de sus acompañantes enfermeros recogía el de Guñoz, mientras que el otro le ponía las esposas. A continuación, instó al que le había esposado para que fuera a atender rápidamente a Adelita. 

        Mientras trataban de llevar a Adelita hasta la ambulancia, escucharon cómo un coche situado detrás de la casa accionaba el motor y salía por el camino. A lo lejos, se oían las sirenas de los coches patrulla, que impedirían instantes después la inútil huída de Julio Ermita padre.

 

Franz_126

 

22/12/2005 20:53 Autor: elexpresodemedianoche. Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

19/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051219000742-31.jpg

Los hombres de Gonzalo Buenos días dispusieron en el mínimo tiempo posible todo lo necesario para que el plan de Léxico surtiera efecto. Al cabo, pues, llegaron a la comisaría con varios tubos de suero, un soporte con su correspondiente botella, varias vendas, esparadrapo y tiritas, además de un par de batas de enfermero. Léxico comenzó a instalarse los tubos por su brazo, enganchándoselos con el esparadrapo; a continuación, se fijó una cruceta con dos tiritas cruzadas y dejó abierto el canal que la unía con el tubo. Abrió la botella de suero vacía; la relleno con un poco de agua y, a continuación, tomó su petaca. Echó un breve sorbo del negruzco líquido y a continuación vertió el resto en la botella. Cerró la botella, uniendo el extremo del tubo que tenía enganchado en el brazo. 

        Acto seguido, uno de los números, vestido con la bata de enfermero, tomó la botella de suero y la colocó en su soporte. Salieron los dos enfermeros junto a Léxico. Subieron a una ambulancia prestada y se dirigieron con la sirena puesta hacia la urbanización “Los Rosales”, seguidos de lejos por dos coches patrulla.

        Llegaron a las inmediaciones de la calle “Talytal”; se detuvo la ambulancia junto a la casa. Bajó Léxico, acompañado de los dos disfrazados números. Ante el sonido de la sirena, varios vecinos se asomaron a ver qué pasaba; afortunadamente, cuando ya se dirigían hacia la casa, el trajeado mayordomo salió a abrir la puerta, con cierta curiosidad también ante la alarma. 

        -Señor Léxico... –le comunicaba uno de los enfermeros-. ¿Está usted seguro de lo que hace? Mire que acaba de salir de un grave accidente...

        -No se preocupe, enfermero... –se dirigió impostando la voz-. Buenos días, caballero –saludó al mayordomo-. Me gustaría hablar con su señor; es urgente y no hay posibilidad a negarse... 

        El mayordomo no supo que decir, mientras Léxico entraba ya por el jardín acompañado de los dos enfermeros. Finalmente, se decidió a informar.         -Lo siento, agente... Pero el señor Ermita no se encuentra en casa.

        -Bah. No le creo... –siguió Léxico avanzando por el jardín-. Seguro que estará dándose el lote en la piscina, con sus sirenitas... 

        -Bien, como quiera... –se resignó el mayordomo-. Puede registrar toda la casa, si lo desea, pero no le encontrará.

        Léxico entró en la casa por el amplio corredor y, con la ayuda de sus acompañantes, fue echando una ojeada a las estancias contiguas. Finalmente, llegaron hasta el jardín de la piscina, sin hallar rastro alguno de los sospechosos. Parecía que lo que el mayordomo les decía era cierto: la casa había sido abandonada. No obstante, mientras Léxico se quedaba hablando con el mayordomo, ordenó a sus dos hombres que registraran todos los rincones de la mansión. 

        -Bien, y dígame: ¿a qué lugar se ha dirigido su señor? –inquirió-. Y sepa que desde este mismo momento usted es sospechoso de un grave caso de crimen literario. Así que le sugiero que diga la verdad.

        El mayordomo pareció sorprendido. Enseguida, sin vacilación alguna, respondió. 

        -Pues lo cierto es que no me dijo adónde se dirigía... –señaló el mayordomo-. Pero lo más probable es que se haya marchado a su casa de campo en las afueras, ya que suele ir con su amigo Julián, que normalmente le acompaña...

        -¡Ahá! –asintió Léxico-. Muchas gracias. No obstante, me temo que deberá permanecer en comisaría, hasta que el caso esté resuelto. 

        Léxico llamó a los refuerzos que esperaban unos metros alejados de la casa, con la intención de que acompañaran al mayordomo hasta comisaría.

 

Franz_126

 

19/12/2005 00:07 Autor: elexpresodemedianoche. Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

15/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051215192058-30.jpg

Entraron por la amplia puerta de la comisaría; los dos números acompañaron a Léxico hasta el despacho del comisario. Llamaron a la puerta y, al instante, un tipo obeso y con un puro en la boca les abrió. Retirando el puro de su boca y exhalando una nube de espeso humo de tabaco, se dirigió a Léxico. 

        -¿Bebo Léxico? –inquirió el tipo estrechándole la mano, para lo cual tuvo que deshacerse Léxico de una de sus muletas-. Soy el comisario Gonzalo Buenosdías. Pase, pase... Me han hablado muy bien de usted.

        Se acomodó Léxico en un sillón, enfrente del comisario, que sonreía con cara de auténtica pachorra. Le ofreció un puro de una caja de porcelana. Léxico se acercó y tomó uno. A continuación, pasándolo por su nariz lo husmeó, guardándolo seguidamente en el bolsillo de su camisa. 

        -Ja, ja, ja –rió el comisario-. Veo que usted es de los que prefieren catar bien antes de probar...

        -No fumo. Pero colecciono tabaco –comentó Léxico-. Me gusta distinguir las diferentes marcas por el olor. 

        -Hum... Interesante –apreció-. Bien, pero vayamos al grano, que dijo una púber a su incipiente acné. Supongo que mis hombres le han dado alguna información sobre la marcha del caso.

        -Sí, sí, muy majos ellos... –convino Léxico-. Pero, ¿qué hay de ese tal Julián Guñoz? 

        -Bien, bien... Verá. Parece ser que el tipo estaba al tanto de nuestras pesquisas, así que decidió poner tierra de por medio cuanto antes. Cuando llegamos a la editorial encontramos algunos documentos que hemos requisado, entre los que encontramos, bien a la vista, esta nota.

        Léxico examinó el folio que Buenosdías le entregó, donde se podía leer con amplias y variopintas letras el siguiente mensaje: 

        “Adelita está conmigo. Así que no intentes nada, Léxico, o ella morirá. A la mínima que compruebe que me siguen, caput. Feliz estancia en Marvela:

        Julián (alias “El Pachuli”).” 

        -Como ve, creo que es un mensaje bastante personal, ¿no cree? –informó el comisario-. Por cierto, ¿quién es esa tal Adelita?

        -Es una larga historia, comisario... –replicó Léxico-. Lo que está claro es que es una mujer en peligro y debemos rescatarla cuanto antes. Por cierto... ¿Qué otros documentos se encontraron? 

        -Bueno, tan sólo algunas fotografías y facturas –informó-. Écheles un vistazo si quiere...

        Léxico tomó aquellos documentos y, entre las fotografías, halló una en la que el Pachuli sonreía abrazado a un tipo que le era muy familiar. Ambos posaban en bañador, junto a una amplia piscina rodeada de árboles. 

        -Creo que sé por dónde puedo comenzar la búsqueda –comunicó Léxico-. Por cierto, necesitaría que me acompañaran un par de hombres discretos y un tubo de suero, además de su correspondiente soporte...

 

Franz_126

 

12/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

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No tardó en llegar a la vivienda de la calle Río Rojo un grupo de la delegación policial de Matriz, que enseguida se hizo cargo de la partida de ejemplares de “Sabor a fuel”, con el propósito de llevarlos directamente a la incineradora municipal. 

        Después de recoger todas las pruebas, Léxico se despidió de los números matriceños; uno de ellos se prestó a llevarle a él y a su compañero a un centro de atención primaria. Allí, le dieron unos puntos y curaron la herida en su cabeza. Enseguida, ambos sabuesos pidieron un taxi y partieron en dirección al aeropuerto. Allí Léxico se despidió de su compañero, el cual partió hacia Barmolona, para reunirse con el comisario Hiato. Por su parte, Léxico tomó un vuelo directo hacia Marvela.

        -¡...! –pareció advertirle Suspensivo con cautela a su superior. 

        -Hale. Hasta luego, majo... –respondió Léxico.

        Durante el vuelo, Léxico estuvo haciendo un repaso a todos los percances y entresijos del caso. Se preguntaba, todavía, qué demonios tenía que ver su amante Adelita en todo aquel asunto. Hizo un recuento cronológico de los hechos: un libro hallado en la Facultad de Letras de Barmolona, dentro de una mochila; una mochila supuestamente olvidada en la biblioteca por un ricachón famoso; mochila perteneciente a una estudiante de la facultad, hija de otro ricachón famosillo con antecedentes sospechosos (aunque sin relación con asuntos literarios); un libro que fue adquirido por este tipo en un mercadillo, a un inmigrante con un negocio poco legal; a su vez, el inmigrante adquiere el libro de un colega que resulta ser proveedor de unos ejemplares de este libro, ilegalizado hace tiempo; en el piso de éste, se descubre el almacén de distribución de estos libros, provenientes de una casa editorial marvelí. En fin, todo un entramado, cuyo final parecía estar cerca, aunque nada claro. 

        En la pista de aterrizaje, un par de números le esperaban junto a un coche de policía. Unas azafatas le ayudaron a bajar las escaleras del avión. Los policías se acercaron una vez estuvo en tierra y le acompañaron hasta el coche. Subió Léxico al asiento del copiloto, mientras el otro policía subió atrás. Ya en marcha, el conductor se dirigió a Léxico.

        -Bueno, agente... ¿Dónde quiere que le llevemos? –inquirió el número. 

        -¿Cómo? –se preguntó Léxico-. Pues, ¿dónde va a ser? A la editorial.

        -De acuerdo. Aunque debo decirle que el caso ya está resuelto –reveló el policía-. Nuestros hombres ya se han hecho con todas las mercancías y han requisado la editorial; han sido detenidos doce miembros de la misma y confiscados todos los documentos; no obstante, quedan dos tipos sueltos: el dueño, mayormente, conocido como Julián Guñoz, y su más fiel colaborador y ayudante, un tal Li Jung So. Ambos en paradero desconocido. 

        -¿Julián Guñoz? –se sorprendió Léxico-. ¿El antiguo alcalde marvelí y marido de la famosa cantante folklórica Isabelle Santonja?

        -Efectivamente, señor... –asintió el policía-. Así que, si lo desea, podemos ir a comisaría, donde el comisario le informará de todo más explícitamente. 

        -De acuerdo. Vayamos –convino Léxico. Acto seguido sacó su petaca y echó un breve sorbo, ya que tan sólo le restaban un par de centímetros de líquido.

 

Franz_126

 

12/12/2005 18:11 Autor: elexpresodemedianoche. Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

11/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051211175022-28.jpgEsta vez no soñó. Hecho insólito desde un tiempo a esa parte. No hubo pesadillas, o al menos, no recordaba haberlas tenido. Recién abiertos los ojos, no obstante, tuvo la sensación de que una especie de pesadilla le invadía su subconsciente. Un tipo extraño, con cara y expresión extraña, y haciendo unas muecas no menos extrañas, le daba tortas reanimadoras en ambos carrillos. Se incorporó alarmadamente. Detuvo los brazos de aquel tipo, reclamando una explicación. No obstante, aquel extraño no respondía, por muchos ruegos que le hiciera. Se quedó a solas un instante, al cabo del cual regresó aquel mudo blandiendo un libro delante de sus narices, a la par que arqueando sus pobladas cejas. Le arrebató el libro impacientemente y echó un vistazo a la portada: “Sabor a fuel”, por A. R. Quilmada. Aquel nombre hizo que comenzara a recobrarse de su efímera amnesia. Paulatinamente fue recomponiendo su memoria, a la par que comenzaba a reconocer a aquel personaje digno de pesadilla. También comenzó a notar un agudo dolor en su nuca, cosa que le hizo apreciar de nuevo la realidad. Su compañero se encogió de hombros, a la vez que extendía sus manos con gesto de impotencia.

        -Oh... Vaya... Suspensivo –se dirigió Léxico, mientras palpaba su vendaje en la cabeza-. ¿Qué demonios ha ocurrido?  

        Acto seguido, vio cómo su ayudante sacaba su teléfono móvil y marcaba un número. A continuación le pasó el aparato a Léxico, que le agradeció su eficaz respuesta y sin par locuacidad. Después de tres tonos, una voz familiar le saludó exultante.

        -¡Hola, Léxico! ¿Estás ahí? –inquirió el comisario Hiato-. ¡Habéis hecho un trabajo estupendo! Y creo que debes estar orgulloso de la inestimable ayuda de tu hábil compañero. Por cierto... ¿Qué tal estás?

        -Dejando a un lado esta repentina y taladrante migraña, bien... 

        -Me alegro... –respondió Hiato-. Bueno, verás... Suspensivo me ha contado todo... Después de que hallarais la mercancía un tipo te golpeó por la espalda. Suspensivo, que se percató enseguida del peligro, desenfundó sus nuchacos y acertó a desarmar al tipo de su amenazante revólver. El sospechoso no tuvo más remedio que salir corriendo, ante los movimientos intimidatorios de Suspensivo. Éste trató de perseguirle; no obstante, el tipo salió a toda mecha, y Suspensivo, ante la situación, optó por regresar y preocuparse por tu estado de salud...

        -¿Todo eso se lo ha contado... él? –inquirió Léxico, lanzando una desconcertada mirada a su compañero-. Preguntaría más: ¿Todo eso hizo... él? 

        -¿Suspensivo? Pues claro, hombre... –corroboró Hiato-. Además, tenemos nuevos datos, y nos hemos puesto en marcha inmediatamente. Suspensivo descubrió un albarán procedente de una famosa casa editorial sita en Marvela. He dado orden para que nuestros hombres en la delegación marvelí se dirijan allí con una orden de detención y registro. Ah, por cierto. Suspensivo descubrió que tu agresor era de origen oriental, así que es probable que se trate del mismo Li Jung So. De todas formas, Suspensivo ha guardado su revólver como prueba, cosa que nos servirá para identificarle sin lugar a error.

        -Bien, comisario. Entonces, ¿qué hacemos nosotros ahora? 

        -Por el momento nada. Trata de recuperarte y vete a que te vea un médico. El vendaje que te puso Suspensivo fue un remedio primeros auxilios; aunque puede ser que te tengan que dar algunos puntos. Luego, regresad aquí. Nuestros hombres en Marvela se encargarán de arrestar a los responsables de la editorial. Luego tan sólo hará falta descubrir al cabecilla de la banda.

        Perdone, comisario... –repuso Léxico-. Pero me gusta terminar mis trabajos hasta el final. Me curaré la herida, pero enseguida saldré pitando hacia Marvela... Quiero descubrir a la rata madre con mis propios ojos. 

        -Está bien, Léxico –convino Hiato-. Pero cuídate. Y no hagas tonterías.

        -No se preocupe, comisario... 

        Pasó el teléfono móvil a su compañero, para que lo apagara. Miró a los ojos de aquel excéntrico compañero. La curiosidad le carcomía, y se preguntaba el por qué de su exclusiva mudez hacia su persona. Prefirió, no obstante, no saberlo, así que optó tan sólo por felicitarle por su trabajo y darle sus sentidas gracias. En respuesta, sonriendo como un histrión, su compañero le ofreció su negruzca petaca, de la cual tomó Léxico un prolongado y reconfortante trago.

 

Franz_126

 

11/12/2005 17:50 Autor: elexpresodemedianoche. Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

06/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051206191127-27.jpgLéxico se disponía a entrar en el edificio pasando por delante de aquel tipo; no obstante, se topó con el enorme brazo de aquel gigante delante de sus narices.

        -¿Dónde creerrr tú que irrr? –inquirió el gordo pelirrojo, con deje germánico-. Esto ser edifisio prrrivado... Largar de aquí ya o despachurrar a tú ahorrra mismo. 

        Mientras decía esto, el gigante se vio atrapado por el cuello y agarrado por el brazo; Léxico comprobó atónito, una vez más, cómo su compañero Suspensivo se las había ingeniado para hacer un rápido movimiento y una hábil llave de judo que lograron abatir al gordo alemán y abalanzarlo al suelo. Mientras Léxico mostraba su identificación de detective literario, Suspensivo esposó al gorila a la farola que había junto a la acera.

        -Siento que mi compañero haya tenido que emplear estos poco ortodoxos métodos, pero debemos proseguir con una misión que nos ha sido encomendada. 

        Mientras el alemán continuaba profiriendo juramentos en su lengua, Suspensivo y Léxico ya se habían adentrado en el portal. Se dirigieron hacia las escaleras, comprobando con frustración que la vivienda no disponía de ascensor.

        Suspensivo ayudó a Léxico a lograr a trancas y barrancas el reto de alcanzar el cuarto piso. Entre los pisos intermedios se toparon con algún que otro tipo con pintas poco zalameras, aunque pudieron proseguir su camino, hasta llegar al cuarto piso, puerta tercera. Misteriosamente, el húmedo silencio reinante en el rellano no mostraba signos apreciables de vida. 

        Llamó Suspensivo varias veces a la puerta, sin obtener una satisfactoria respuesta. Tras la insistencia, Léxico instó a su compañero para que tratara de derribar la puerta. Con una seca y firme patada de Tae-Kwondo, logró Suspensivo abatir el obstáculo. Por fin Léxico sonrió ante la sabia decisión del comisario de proporcionarle a tan extraño, aunque eficaz compañero.

        Encendieron la luz de la vivienda, mientras Léxico anunciaba su presencia. No obtuvieron respuesta. Sigilosamente, Suspensivo abrió el camino a su superior, y se dirigieron por un estrecho corredor hasta el fondo. Antes, fueron echando un vistazo por las dos habitaciones contiguas, el lavabo y la cocina. Todas las estancias se encontraban deshabitadas, aunque llenas de cajas y utensilios de transporte varios. Llegaron hasta el comedor, decorado con un austero aunque atestado mobiliario. Se dirigieron hacia una puerta al fondo, junto a un pequeño balcón. Abrió Suspensivo la puerta y dio al interruptor de la luz. Suspensivo instó a Léxico a que viniera a echar un vistazo, haciendo un insistente movimiento de su mano. Léxico se asomó a la estancia y descubrió un montón de cajas y de libros apilados en gruesos montones. Echó la mano a uno de aquellos ejemplares y leyó la portada: “Sabor a fuel”, por A.R. Quilmada. Fue echando un vistazo a los libros que se apilaban en el montón, comprobando que se trataban de cientos de copias del mismo ejemplar. Parecía que, finalmente, habían destapado el nido de ratas. Ahora tan sólo faltaba saber por qué alcantarilla andaba circulando el roedor. 

        -Abre todas esas cajas, Suspensivo... –instó Léxico a su compañero-. Mientras tanto iré a echar un vistazo por el resto de la casa...

        No obstante, un fuerte golpe en la nuca le impidió momentáneamente llevar a cabo su propósito.

Franz_126

06/12/2005 19:11 Autor: elexpresodemedianoche. Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

05/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051205150252-26.jpg

 Subieron a un taxi y se dirigieron hacia Callejas, el barrio matriceño donde se encontraba la calle que Samir les había indicado. Durante el transcurso del viaje, Léxico felicitó a Suspensivo por su rápida y hábil actuación en la zaga del marroquí. Suspensivo hizo una mueca sonriente, a la vez que se soplaba las uñas de sus dedos. En ese preciso instante, Léxico recibió una llamada a su móvil. Descolgó y escuchó la esperada voz del comisario Hiato.

        -“Léxico. ¿Qué tal va todo?” 

        -Viento en popa, comisario... –respondió el detective-. Estamos tras la pista de un sospechoso, para más señas, de origen oriental.

        -“Ah, perfecto... Precisamente quería informarte sobre los sospechosos de los cuales pediste información. Bueno, respecto a Adela Bienservida, nada que añadir. No se ha encontrado ningún indicio, ni criminal ni de ninguna clase, además de que no está fichada... No obstante, respecto a Li Jung So, hemos descubierto algo importante. Fichado y arrestado varias veces por la policía, por chanchullos y delitos de poca monta. No obstante, tenemos datos que lo relacionan con ciertas mafias literarias, además de haber hecho trabajitos de matón para ciertos peces gordos relacionados con asuntos criminales. De hecho, está en busca y captura por supuesto homicidio a un profesor de literatura de la Facultad de Letras de Talabanca.” 

        -Hum... Ya veo... –rumió Léxico-. Muchas gracias, comisario. Le seguiremos informando en adelante.

        Léxico estuvo cavilando sobre lo que el comisario había dicho y, en parte, le alivió saber que Adelita no tenía ningún antecedente. Aunque parecía obvio que debía tener alguna relación directa con el caso. No había podido, por otra parte, localizarla durante aquellos días, ya que su teléfono no daba señal alguna. Lo cierto es que sentía una especie de amor-odio por aquella fugaz amante que de sopetón había resultado ser una manzana podrida dentro del cesto de aquel caso. No obstante, se decía que todo debería quedar resuelto en breve, ya que estaban en camino de cazar a aquel chino que les proporcionaría con toda seguridad una vía directa hacia el cabecilla de aquella conspiración. 

        Llegó el taxi, pues, a la entrada de la calle Río Rojo. Léxico pidió que les dejara allí mismo. Bajó Suspensivo, mientras Léxico pagaba al conductor. A continuación, Suspensivo ayudó a bajar a Léxico, y se dirigieron por la estrecha calle en busca del número veintisiete. Anduvieron un tramo de la calle, por la cual se toparon con algún que otro yonqui, algún que otro mendigo borracho tumbado en la acera, y alguna que otra prostituta que les ofreció lasciva e inquisitorialmente sus servicios. Léxico tuvo que soltar una muleta y coger por el cuello a Suspensivo, que casi se deja atrapar por las redes de una perspicaz meretriz.

        Pudieron zafarse finalmente de las diversas ánimas en pena que circundaban la calle y llegaron a un gran portalón custodiado por un gorila que les miró de arriba abajo, con cara de pocos amigos. Léxico echó la vista al número que colgaba en la parte superior del arco de la puerta y pudo comprobar que se trataba del veintisiete.

 

Franz_126

05/12/2005 15:02 Autor: elexpresodemedianoche. Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

01/12/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051201231520-25.jpg

Siguieron las señas de la gitana y llegaron a la parte sur del mercadillo. Localizaron el puesto de helados del que les había hablado la gitana, y junto a éste, el puesto de lencería. Se dirigieron hasta el lugar, donde encontraron a un marroquí que ordenaba unas cuantas cajas, mientras otro compañero disponía varias piezas de lencería en un colgador. Se dirigieron al que tendía la ropa, que les saludó con una afable sonrisa. 

        -Paisa... Mira que sostene barato, barato...

        -Hola, majo –saludó Léxico, mientras enseñaba su placa de detective-. Verás... La verdad es que quería hablar con un tal Samir. No sé si eres tú o tu... 

        No pudo acabar la frase, ya que comprobó cómo el otro tendero había desaparecido ágil y fugazmente por la cortina trasera del puesto. Asimismo, comprobó cómo, instantáneamente, Suspensivo salió corriendo por detrás del puesto a la zaga del fugitivo. En ese breve lapso de tiempo, el marroquí contestó.

        -Samir es mi cumpa... Pero nosotros legal, paisa, negosio legal y limpio... 

        -Ya... Supongo que por eso a tu cumpa le ha dado por salir a hacer un poco de fúting, ¿no...?

        Al cabo de pocos minutos, Suspensivo regresó con Samir, esposado y amarrado por los brazos del ayudante novato. Lo cierto es que Léxico, en esta ocasión, se quedó aún más perplejo, si cabe, ante la intachable eficacia de su compañero. 

        Después de aclarar al dependiente que su visita no se debía por motivo de registro de papeles alguno, se dirigieron con Samir a un banco situado detrás del puesto.

        -Lamento que mi compañero haya tenido que utilizar tales métodos disuasorios –comunicó Léxico a Samir-, pero me temo que no hubiera sido conveniente tener que aplazar nuestra entrevista indefinidamente... 

        -Yo limpio, paisa... –adujo Samir-. Yo tener papeles en regla. No problema...

        -Ya, ya, tranquilo... No problema... –asintió Léxico-. Te informaré que no somos de la brigada de inmigración, sino del departamento de Crímenes Literarios. Alguien nos ha proporcionado una información que queríamos contrastar contigo... 

        -Todo bien, paisa... Yo decir lo que sepa.

        -Bien. Nos gustaría saber si vendiste hace algún tiempo un libro titulado “Sabor a fuel” a un tal Coto Mataporros... 

        -Ah, sí... –convino Samir-. Verdad. Coto ser mi amigo. Él querer un bonito libro para su hija. Yo decir que puede encontrar libros baratos. Yo traer ese libro y vender.

        -Ahá. Y dime, Samir. ¿Dónde adquiriste ese libro? 

        -Samir tener un conocido que trabajar en el almasén de una pequeña editorial. Él poder conseguir libros a buen presio, y él conseguirme ese libro. Yo pagar a él el presio acordado...

        -Hum... Muy bien. Y dime... ¿Cómo se llama ese tipo, y dónde le puedo encontrar? 

        -Uy, paisa... Pero yo no poder chivar... Él trabajar... destrangis, y él no tener papeles. Si decir, a él echar del país.

        -Pobre, pobre... Lo malo es que si tú no decir a mí, yo llamar a policía para comprobar si de verdad tienes los papeles en regla. 

        Mientras Samir contestaba airado algún tipo de retahíla imprecatoria en idioma árabe, Léxico instó a Suspensivo.

        -Tienes ahí el teléfono de la brigada de inmigración, ¿no? 

        -¡Vale, vale! –interrumpió Samir-. Yo decir nombre... Y también dónde vivir... Llamar Yeong Su Yong, y ser chino. Vivir en la calle Río Rojo, número veintisiete, cuarto tercera... –informó-. Pero, ¡por favor! ¡No decir que yo decir a ti! No querer que me persiga para matar la mafia china...

        -Muy bien, no te preocupes... –tranquilizó Léxico-. No diremos ni pío. Punto, ya puedes quitarle las esposas al amigo. 

        -¡Oh, gracias! Entonces, ¿dejar libre?

        -Como te he dicho, no somos la policía. No obstante, debes permanecer localizable, sin la posibilidad de abandonar el país... No olvides que tu calidad de sospechoso de crimen literario sigue en vigor...

 

Franz_126

01/12/2005 23:15 Autor: elexpresodemedianoche. Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

28/11/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051128171419-24.jpgLéxico y Suspensivo tomaron el vuelo que hacía de puente aéreo entre Barmolona y Matriz. Léxico se entretuvo dando unos tragos a su “negruzca” petaca, a la par que contaba viejas anécdotas del cuerpo a su compañero, además de a las acolchadas paredes del avión. Por su parte, Suspensivo giraba de vez en cuando su cabeza para soltar una mueca simpática a su contertulio, mientras contemplaba con semblante de mirlo el paisaje celeste que se atisbaba por la pequeña ventanilla. Al cabo de unos instantes, Léxico se percató de la peculiar estampa de aquel casi autista compañero.
 
        Llegados al aeropuerto de Matriz, tomaron un taxi y se dirigieron al hotel donde tenían reservada una habitación doble. Por suerte, Léxico comprobó que las camas estaban separadas por un biombo plegable, que se encargó de desplegar alegando a su acompañante la necesidad y la costumbre de dormir entre cuatro paredes. No del todo contento, se aseguró de dejar su revólver bien cerca de la almohada, pues no se fiaba de los tipos que tenían por costumbre dormir en cuclillas o también llamada “posición de loto”.
 
        Aquella noche, por descontado, volvió a soñar: en este caso, soñó con un pajarillo con las alas cruzadas que, por muchos esfuerzos que hiciera abriendo el pico, no lograba articular ni un pío-pío.
 
        Por la mañana, Léxico despertó acartonado. Pudo alcanzar las muletas y se dirigió a la otra parte del biombo. Para su sorpresa, halló a su compañero de habitación tumbado en el suelo, justo al lado de su cama. Léxico emitió un sonoro bostezo y, en un santiamén, Suspensivo se puso en pié, abriendo los ojos como platos y mostrando una sonrisa ante la que Léxico correspondió con un gesto de sorpresa.
 
        Tras salir del hotel, pues, tomaron un taxi. Suspensivo ayudó a Léxico a colocar su pierna en el asiento, ante lo cual Léxico logró articular un gracias acompañado de una leve sonrisa.
 
        Llegaron a la Plaza de Poniente a media mañana. Salieron del taxi y se dirigieron al mercadillo. Entre el gentío, comenzaron a buscar los puestos de lencería potencialmente localizables. Tras un rato, lograron localizar uno, aunque la dependienta, además de pertenecer al género femenino, correspondía a la identificable etnia gitana.
 
        -¡Mira, guapo, mi arma! –se dirigió efusivamente la gitana cuando Léxico se aproximaba-. Mira las braguitas bonitas que tengo pá tu muher... Cinco dó euro, mi arma... Anda, no sea rata, salao...
 
        -Verá... –explicó Léxico-. Yo se las compraría, pero es que estoy soltero, y sin compromiso, señora...
 
        -Anda, saborío... No seas asín –saltó la gitana-. Pos por lo meno pá tu hermana, o pá tu tía la del pueblo...
 
        -Está bien... –recapacitó Léxico-. Te las compro si me dices una cosa... ¿Sabes dónde se encuentra el puesto de Samir?
 
        -¡Válgame! –espetó la gitana-. Anda que te ví a desir ande está el moromierda ese de la competensia...
 
        -Puedo pagarte bien esas braguitas... –sobornó Léxico, con un billete de cincuenta euros en la mano-. Venga, mi arma...
 
        Acto seguido, la gitana dio las señas del puesto, recogiendo el billete y entregando a Léxico una bolsa con ocho braguitas, dos sostenes y una liga.
 
        -Espero que tengas muchas hermanas, sobrinas, nietas o suegras... –le comunicó Léxico a Suspensivo, mientras le hacía entrega de la bolsa-.
 

        -¡...! –rió su compañero para sus adentros. 

 

Franz_126

28/11/2005 17:14 Autor: elexpresodemedianoche. Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

21/11/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051121172445-23.jpg Léxico llegó a casa y se desmayó en la cama hasta el mediodía del día siguiente. Por supuesto, tuvo nuevas pesadillas. En esta ocasión, no obstante, no aparecía la malvada colegiala con coletas, sino un chino que con un bisturí en la mano comenzaba a amenazarle persuasivo en una lengua que no comprendía. A su vez, una enfermera con la misma cara que Adelita le esposaba las manos, mientras le dirigía con voz dulzona estas palabras: “Cielo... ¿Te apetece tomar un poquito más de cava?” Acto seguido, la enfermera comenzaba a carcajearse maliciosamente. A continuación, el chino hacía accionar lo que, en un principio, parecía bisturí, pero que se convirtió en un grimoso taladro de dentista.

        Fue en ese momento cuando despertó, alertado por el sonido del taladro, que resultó ser una taladradora de pared que, con toda probabilidad, algún vecino estaba utilizando. 

        Se levantó, dirigiéndose directo al refrigerador. Miró las existencias que habitaban el electrodoméstico y se decidió a hacerse un bocata de salami y anchoas en escabeche.

        Después de comer, se dirigió en taxi al Comité Central, donde debía resolver algunas cuestiones antes de partir por la noche rumbo a Matriz. Llegó al despacho del comisario Hiato, que charlaba con un esmirriado tipo. Al verle llegar, el comisario presentó al interfecto. 

        -Léxico. Te presento a Punto Suspensivo. Será tu acompañante y ayudante en el viaje a Matriz.

        Léxico miró de reojo a Suspensivo, sonriendo con sorna al comisario. 

        -Será una broma, ¿verdad?

        -Bueno... No pensarías ir sólo, tal y como estás, ¿no? –apreció Hiato-. Aunque no lo parezca, y a pesar de su calidad de novato, tiene muy buenos informes del sub-departamento de correcciones sintácticas –informó, dirigiéndose al susodicho. 

        -... –aprobó Suspensivo, encogiéndose de hombros y haciendo gala de su propio heterónimo.  

        Finalmente, y a pesar de sus primeras reticencias, Léxico tuvo que aceptar la carga impuesta. Así que saludó cortésmente a su nuevo compañero, y volvió a dirigirse al comisario, entregándole el carné de identidad del presunto homicida chino. 

        -Me gustaría que le echaran un vistazo a este tipo, para conocer sus antecedentes –pidió al comisario-. Las ruedas de su moto estuvieron a punto de dejarme una huella imborrable...

        -De acuerdo... –contestó Hiato-. Enseguida se lo envío a Teo y te diremos algo lo antes posible. ¿Se te ofrece algo más? 

        -Sí. Me gustaría conocer también los antecedentes de una tal Adela Bienservida, si los tiene... Creo que son dos de los responsables de mis contratiempos durante el día de ayer y pueden estar directamente relacionados con el caso.

        -Perfecto –asintió Hiato-. También investigaremos sobre ella. Bueno –propuso, dirigiéndose a sus dos sabuesos-, creo que ya va siendo hora de que os pongáis en marcha. El avión sale de aquí a dos horas, así que podéis ir yendo hacia el aeropuerto. Y, ya sabéis: en cuanto sepáis algo nuevo, me informáis. 

        -¡A la orden, mi teniente! –contestó Léxico.

          -... -convino Suspensivo.

 

Franz_126

21/11/2005 17:24 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

18/11/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051118185741-22.jpg

-¡Hola, papi! –saludó Begoña, abrazando a Coto-. ¿Qué tal te va? Mira, te presento a Bebo Léxico... 

        -¿Quién cojones es este vejestorio? –inquirió Coto-. ¿Otro de tus ligues?

        -Bebo Léxico, del departamento de Crímenes Literarios, para servirle... –intervino Léxico. 

        -¡Coño! ¿A quién cojones me has traído, Bego? Escuche, caballero... Estoy limpio. Hace muchos años que no trafico con drogas, y ya pagué por ello en su día. ¿Es que no me van a dejar en paz?

        -Tranquilo... –aclaró Léxico-. Lo cierto es que sus asuntos de tráfico, en el caso de que los tenga, no me interesan lo más mínimo... Le vuelvo a repetir que soy agente del departamento de Crímenes Literarios. No sé si habrá oído hablar de éste... 

        -¡Ah, sí! Claro... –contestó Coto-. Perdone, pero ya pensaba que me querían meter otra vez en chirona.

        -Lo cierto es que estamos investigando un caso de “negrura” en el que usted es sospechoso, o podría verse involucrado... Así que si es tan amable de acompañarnos, nos reuniremos con mi superior, ya que nos gustaría hacerle unas cuantas preguntas. 

        -¿”Negrura”? –se preguntó Coto-. ¿De qué demonios me está hablando? Bueno, no hay ningún problema... Les responderé todo lo que pudiera saber sobre el asunto.

        Salieron de los estudios y se encontraron con el comisario Hiato, que esperaba en la cafetería tomando un café. 

        Salieron los cuatro, en el coche del comisario, hasta el Comité Central. Una vez en la sala de interrogatorios, Léxico puso en antecedentes a Coto, que parecía extrañado por el caso. Entonces, comenzó a relatar lo concerniente a la adquisición del libro.

        -Lo cierto es que soy aficionado a pasearme por mercadillos y rastros, no por voluntad de adquirir baratijas, sino por curiosear y buscar peculiaridades. Debido a esto, he hecho incluso colegas entre los dependientes de algunas paradillas, como es el caso de Samir, un marroquí que vende lencería barata en un puesto del mercadillo de la plaza de Poniente, en Matriz. 

        “El caso es que se acercaba el aniversario de Bego, y no sabía qué comprarle. Un día, paseando por el mercadillo, se me ocurrió que podría regalarle un libro. Se lo comenté a Samir, informándole que iría a echar un vistazo al hipermercado “Mediamanga Mangotero”. No obstante, Samir me recomendó que no fuera, que él podía adquirir libros (sin estrenar) y a muy buenos precios, ya que conocía a un amigo que trabajaba como intermediario para una casa editorial.

        “Me preguntó que qué clase de libros le gustaban a Begoña, y le dije que, de momento, en casa sólo tenía un par, de los cuales recordaba haber leído algunas páginas de uno de una tal Corín Mellado. 

        “Así, pues, me dijo que no me preocupara, que me conseguiría un buen libro, reciente y de actualidad.

        “Así es como, al día siguiente, me trajo “Sabor a fuel”. Me lo vendió por quince euros, cosa que me pareció bastante asequible. Le di las gracias por su ayuda, y me despedí de él hasta dentro de dos semanas, ya que me quedaría en Barmolona durante ese tiempo. Finalmente, llegó el día del cumpleaños de mi hija, y le regalé el libro. Y eso es todo...” 

        Tras la entrevista, Léxico y Hiato estuvieron cavilando sobre la historia que Coto les había contado. Para contrastar su veracidad, tan sólo debían acudir al lugar del que Coto les había hablado, y preguntar al marroquí. Así, pues, Léxico le pidió las señas del lugar y la dirección y, con voz firme, se dirigió al famoso:

        -Y recuerde que su calidad de sospechoso sigue en vigor... Así que deberá estar en todo momento localizable, sin la posibilidad de poder abandonar el país.

Franz_126

 

18/11/2005 18:57 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

14/11/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051114175959-21.jpg

Léxico estuvo charlando durante un rato con Berta, la joven que le había ayudado, la cual se preguntaba el porqué del incidente ocurrido. Léxico le explicó que era un detective del cuerpo de delitos literarios. Estuvieron un rato charlando amenamente, hasta que por fin apareció el tan esperado taxi que buscaba Léxico. Se despidieron, se intercambiaron teléfonos, y Léxico le prometió invitarle a tomar un café en mejor ocasión.

         Subió, pues, al taxi, y le dio las señas para dirigirse a los estudios de Telebrinco, situados a las afueras de la ciudad. Durante el trayecto, Léxico estuvo meditando y recordando todos los incidentes y descubrimientos de aquel ajetreado y desafortunado día, a la par que rezaba porque no quisiera el azar que su trayecto en taxi discurriera con algún otro tipo de accidente.

        Por suerte, sus plegarias dieron resultado, y el taxi llegó a su destino hacia las once y cuarenta y cinco minutos. Pagó al conductor y éste, amablemente, le ayudó a bajar del automóvil. A unos metros de la entrada descubrió al comisario Hiato y a Begoña Mataporros que, al unísono, acudieron a su reencuentro. 

        -Pensábamos que no llegabas... –apreció el comisario-. Venga, que te ayudaremos. Hay que darse prisa, el programa está a punto de comenzar... Por cierto, ¿qué diablos te ha ocurrido?

        -Es un asunto que requiere una larga explicación... –contestó Léxico-. Ya se lo contaré en otro momento... 

        Begoña y Hiato le acompañaron hasta la entrada. Allí, el comisario les dejó, y dijo que les esperaría en la cafetería. La estudiante y Léxico se dirigieron hacia la puerta donde se hallaba un esbirro que hacía de taquillero. Begoña sacó las entradas de su bolsillo y se las entregó al tipo.

        -Hum... Llegan ustedes un poco tarde... –informó-. El programa hace rato que ha comenzado. No sé si les podré dejar pasar... 

        -Oye, gorila... –saltó Begoña-. ¿Sabes quién soy yo? Pues soy la hija de Coto Mataporros, colaborador habitual de este programa. Así que como no te portes bien, quizá tu puesto de trabajo pueda verse en peligro...

        Enseguida, el tipo se excusó con reverencias, recogió las entradas y les rogó que pasaran adentro. Léxico sonrió ante la perspicaz reacción de Begoña, la cual le correspondió con un simpático guiño. 

        Un azafato les acompañó hasta dos asientos situados en la parte trasera del plató. Se sentaron y comprobaron que el programa estaba en marcha. Asimismo, Léxico comprobó que en el set de invitados comenzó repentinamente a armarse un guirigay digno de contemplación.

        -Te he dicho mil veces que no me levantes tu puta voz, periodistucha de tres al cuarto... –se escuchó decir en tono tranquilo a Coto Mataporros. 

        -¡Anda ya! –saltó una conocida periodista, llamada Karmele Boyante-. ¡Quién te crees tú que eres! ¡Lo único que eres es un drogata de mierda, capullo!

        -¡Mira, pedazo de zorra...! –tanteó Mataporros, en un tono de voz un tanto más elevado-. Como empiece a soltar por esta boquita todos tus líos de boyera y con las famosas gachís con que te has acostado, creo que vas a salir perdiendo... 

        -¿Ah, sí? –contestó impávida la periodista-. Pues hablando de líos de faldas, tengo una exclusiva. Tu tan querida y protegida Carmen Solares le puso los cuernos hace unos días a su querido marido Jaime Rostros, con el famoso futurólogo Massel. Y para demostrarlo, traigo aquí unas fotos y unos documentos que...

        -Tú no vas a demostrar nanai de nanai, payasa... Que eres una payasa... –interrumpió Mataporros. 

        -¡Oye, capullo! –saltó, en esta ocasión, otro de los contertulios, que daba la casualidad de ser un ex policía venido a paparazzi-. Tú le vas a dejar enseñar las fotos o sino cuento tus líos de tráfico ilegal.

        -Ni se te ocurra pasarte un pelo, cabroncete, que te curro... 

        -¿Ah, sí? ¿Tú y cuántos más?

        Mientras los dos contrincantes se levantaban y se disponían a una pelea en directo, otros de los contertulios trataban de separarlos, incluido el moderador del programa. No obstante, se pudo apaciguar los ánimos de los púgiles, ya que, a continuación, otro de los colaboradores se puso a hacer un strip-tease integral en medio de los aplausos y el coro del público y de todos los presentes. Al cabo de esto, salió un tipo que comenzó a lanzar tartas a los contertulios, mientras otro participante se metía una lombriz por la nariz.

        Begoña tuvo que despertar a Léxico hacia el final del programa, ya que el espectáculo hacía tiempo que le había aburrido. Así que despertó, y una vez concluido el show, se dirigió junto a Begoña para hablar con el personajillo de Coto Mataporros.

Franz_126

 

11/11/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051111223020-20.jpgBajó en el ascensor y, una vez en la planta baja cruzó por recepción. Allí, se dirigió a una cabina telefónica y llamó al Comité Central. Cuando el Comisario Hiato se puso al aparato, Léxico comenzó a excusarse por su retraso:
 
        -Comisario... Lo cierto es que es una historia muy larga y creo que disponemos de poco tiempo. ¿Está Begoña con usted?
 
        -Sí, claro... Ahora mismo estábamos decidiéndonos a salir en dirección de los estudios de TeleBrinco, dado que tu aparición por aquí no parecía factible.
 
        -Ah, bien... Perfecto –convino Léxico-. Entonces vayan ustedes hacia allí, que yo pediré un taxi para reunirnos lo antes posible.
 
        -De acuerdo. No te preocupes, no obstante. El programa dura unas dos horas, así que no creo que se nos escape ese tal Mataporros.
 
        Léxico colgó el auricular y se dispuso a dirigirse a la salida, a la máxima velocidad que las muletas le permitían. Cuando bajaba por la rampa de salida, una joven le ofreció su ayuda, cosa que Léxico agradeció enormemente.
 
        Se dirigió por la acera hasta la parada de taxis. No obstante, comprobó con fastidio que ésta permanecía desierta. Bajó, pues, la acera, para comprobar si alguno hacía acto de aparición por el lugar, pero tan sólo vio pasar varios utilitarios particulares que deslumbraban con sus focos en la oscuridad de la noche, tan sólo iluminada por la leve luz de una vieja farola.
 
        Estuvo esperando unos instantes, durante los cuales no apareció ni una sola luz en medio de la noche. Al cabo, comprobó cómo a lo lejos, una única luz se aproximaba con creciente rapidez al lugar en que se encontraba. Cuando la moto estaba ya muy cerca, hizo el gesto instintivo de apartarse hacia la acera. No obstante, no le dio tiempo, ya que observó cómo la moto se dirigía directa hacia él. En el momento en que la moto estaba a punto de atropellarle –intencionadamente, como evidenció- pudo Léxico apartarse lo suficiente y arrojarse con dureza al suelo, a la par que dejaba soltar una de sus muletas. Quisieron los hados que la muleta se colara casualmente por entre los radios de la motocicleta, cosa que hizo frenar en seco el vehículo, a la par que dar alas a su ocupante en un pequeño vuelo que le trasladó una distancia más allá de la colisión. Mientras Léxico trataba de incorporarse, comprobó cómo su presunto homicida yacía tendido en el suelo, unos metros más allá. En ese instante, y dado que el detective no podía valerse de sus propios medios, la atenta joven que ya le ayudara anteriormente descubrió al accidentado en el suelo. Acudió, de nuevo, presta a ayudarle, y agarrándole por debajo de las axilas, colaboró a que Léxico pudiera incorporarse y ponerse de pie. Cuando lo logró, dio de nuevo efusivamente las gracias a la joven, a la par que buscaba al motorista. Vio que el tipo también trataba de incorporarse, y acto seguido, sin demasiados problemas, lo lograba. Trató Léxico de salir a su zaga, no obstante, con ciertas dificultades motrices. Apreció también una notable cojera en su perseguido. La joven, que permaneció perpleja en el lugar, parecía asistir al espectáculo de una extraña competición paralímpica. Mientras el motorista continuaba su plan de fuga, un taxi se aproximaba al lugar, en dirección opuesta. Logró el motorista, finalmente, hacer parar al taxi, mientras a continuación subía al mismo, ante la impotencia de Léxico, que no pudo llegar a alcanzarlo. Tuvo que resignarse, pues, a observar cómo el tipo lograba su huída. Así que decidió dar media vuelta.
 
        Mientras regresaba a la parada, donde la joven permanecía inquieta, halló por el camino la que, con toda seguridad, debía ser la cartera que aquel tipo había descuidado. Dejó caer las muletas y se agachó al suelo para recogerla. La abrió y registró su contenido. Halló, afortunadamente, un carné de identidad:
 
        “Jung So, Li.”
 
        Miró la fotografía y se fijó en los rasgos orientales del identificado. Se preguntaba qué relación debía tener aquel tipo en todo aquel caso, y mientras se guardaba la cartera, una suave y ya familiar voz, le ofrecía por tercera vez:
 
        -¿Le puedo ayudar?
 

        -Es usted muy amable, señorita.

Franz_126
11/11/2005 22:30 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

07/11/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051107163051-19.jpg

Abrió la puerta del coche. A continuación, la guantera. Tomó la petaca y apuró el escaso negruzco líquido que le quedaba. Arrancó el automóvil y salió directo hacia la entrada de la autopista. No encontró ningún otro coche en la entrada, así que pisó a fondo el pedal del acelerador y se incorporó a la autopista por el carril de aceleración. Llevaba unos dos kilómetros recorridos cuando se le presentó una dificultosa curva. Echó, pues, el pie al freno, comprobando, no obstante, que el pedal se hundía de manera inusitada hasta el fondo. No tardó en darse cuenta del contratiempo, tomando con peligro la curva que ya se le echaba encima. Como los frenos no respondían, trató de decelerar el coche cambiando a una marcha inferior. No obstante, el automóvil había tomado una suficiente velocidad que le impedía detenerse por el momento. Vio el cartel de la próxima salida y se dispuso a seguirla. Como su velocidad era superior a la de varios coches que frenaron ante el semáforo, tuvo que esquivarlos con unas cuantas ágiles maniobras. Cruzó, como no podía ser de otra manera, el semáforo en rojo, comprobando cómo a mitad de la calle un utilitario pasaba rozando el morro de su seiscientos. Decidió, para evitar mayores perjuicios, dirigirse por el césped de un parque situado junto a la calle. Subió el coche por el bordillo, cruzando la acera por delante de varios viandantes, e internándose en el césped del parque. Tuvo que esquivar varios árboles y alguna que otra papelera, hasta que un quiosco le impidió, con cierta brusquedad, la prosecución de su marcha.       

         Cuando despertó, comprobó que aquella no era su cama, por lo estrecho y por la dureza del colchón. Asimismo, pensó que un terremoto estaba aconteciendo, por los leves aunque bruscos movimientos del habitáculo en que se encontraba. Pudo apreciar a continuación el ruido de una estridente sirena, seguido por la visión de un tipo en cuyo peto apreciaba borrosamente una cruz roja.

       -Parece que vuelve en sí –evidenció el tipo-. ¿Qué tal se encuentra? 

       -Pues o he dormido esta noche fatal o me ha sobrevenido una sensación de artrosis aguda de golpe.

       -Procure no hablar demasiado –replicó el enfermero-. Ha sufrido usted un accidente de circulación. Lo que todavía no entiendo es qué demonios hacía usted con su coche dentro de un parque. 

        Léxico meditó la primera réplica contradictoria de la respuesta del enfermero, a la par que agradecía la información recibida.

        La ambulancia llegó a la puerta de urgencias del hospital facultativo de la ciudad. Dos enfermeros acudieron a abrir las puertas del vehículo y ayudaron a bajar la camilla en la que reposaba Léxico. Le dirigieron con presteza hacia la sala de urgencias. Condujeron la camilla por un estrecho corredor y la aparcaron en un box situado al fondo. 

        Léxico se sintió soledoso durante un buen rato, cosa que aprovechó para probar a levantarse. Experimentó, entonces, variopintos dolores a lo largo de su cuerpo, así cómo un dolor un tanto más agudo en su pierna derecha. Estos dolores contribuyeron a que decidiera cerrar los ojos durante un ratito más.

        Despertó, por tercera vez en aquel día, en una cama un tanto más cómoda, atado por un tubo de suero en su brazo derecho. Se incorporó un tanto, apoyándose en la cabecera de la cama. Miró a su izquierda y comprobó que, en esta ocasión, disponía de una lisiada compañía. 

        -Hombre, buenas tardes... Yo soy Baldirio, para servirle. ¿Cómo se llama usted?

        Léxico sonrió a aquel sexagenario en silla de ruedas que se dirigía hacia su cama. Al cabo, comenzaron a charlar amistosamente, y el hombre comenzó a contarle sus varias batallitas de hospitales. 

        Transcurrida una media hora, un médico interrumpió la grata conversación con el viejo, y examinó a grandes rasgos el estado de salud de Léxico.

        -Bueno, caballero. Creo que ha tenido usted suerte –informó atentamente-. Tan sólo unos rasguños y algún que otro moratón. La pierna tardará más en curársele, pero, en fin... Puede usted dar gracias a la Divina Providencia. 

        Léxico reparó en aquel momento en su pierna escayolada, y se dirigió con premura al doctor.

        -¿Qué hora tiene, doctor? 

        -Las ocho y media.

        Léxico fue consciente entonces de las tareas que se le habían acumulado y que debía, casi sin ninguna excusa, atender al momento, así que se dirigió apremiante al médico. 

        -¿Puede usted entonces darme el alta, dado que mi estado no reviste gravedad alguna?

        -¡Pero, hombre! –saltó sorprendido-. ¡Cómo va usted a marcharse tan pronto! Creo que podemos retirarle ya el suero, pero el alta me temo que no se la podremos dar por lo menos hasta mañana. 

        Léxico explicó al médico su situación, además de su profesión. Le rogó que en cuanto le quitara el suero le diera el alta. Pidió, asimismo, si era posible que le devolvieran sus pertenencias. El médico estuvo rumiando durante un rato y consultó al rato con sus superiores. Al cabo, aproximadamente, de una hora, regresó el médico a la habitación. Le retiró el suero y le entregó sus cosas, además de un alta en la que el paciente daba su consentimiento exclusivo bajo su propia responsabilidad. Le entregó, también, un par de cajas de medicamentos sedantes, varias recetas, y le dejó en préstamo un par de muletas.

         Agradeciendo efusivamente la atención prestada, se despidió Léxico del doctor y de su compañero de habitación, y salió por la puerta en dirección a recepción.

 

Franz_126

07/11/2005 16:35 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

03/11/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051103001030-18.jpg

        Mientras Léxico continuaba escrutando la posibilidad de que su estimada Adelita hubiera urdido semejante plan, y de que pudiera llegar a tener relación con toda aquella trama, se planteó acudir a la máxima brevedad a sus deberes laborales. Recordó que había concertado una cita con el comisario Hiato, para analizar los pormenores del caso y continuar interrogando a Begoña, con la que más tarde debería acudir al “late-night” en donde colaboraba su progenitor. 

        No obstante, halló con creciente indignación, un primordial y fastidioso inconveniente a su propósito. En el momento que se disponía a abrir la puerta del apartamento comprobó que el cierre de la misma estaba echado. No encontró, por otra parte, ninguna llave colocada por dentro, como tampoco en el cajón del mueble recibidor. Desestimó proseguir una búsqueda inútil por el resto de la vivienda, ya que era fácil deducir que la intención de Adelita había sido la de impedir su salida.

        Regresó, pues, al dormitorio. Por suerte, la tormenta parecía haber concluido; se dispuso, pues, a subir la persiana del ventanal, asomando su chamorra al exterior. Oteando la ventana situada a su izquierda y estudiando una posible escapatoria por la colindante vivienda, se decidió a auparse hasta el alféizar. Una vez sentado en éste, fue bajando su pie derecho hasta el apoyo exterior de mármol, logrando mantenerse firme sobre la estrecha cornisa; calculó que tan sólo le mediaban unos ocho metros hasta alcanzar su próxima meta, así que, envalentonado, se dispuso a avanzar recostado con su espalda en la pared. Procuró no mirar hacia el fondo del precipicio de siete plantas, no tanto por vértigo, como por no despistarse de su peligrosa tarea. No obstante, mientras posaba su mirada al frente, se topó con el encuentro de un vecino que le miraba perplejo desde el balcón del edificio opuesto. Léxico tuvo a bien corresponder con una afable sonrisa, cosa que pareció no satisfacer del todo al hombre, ya que comenzó a vociferar con histerismo: 

        -¡Dios mío! ¡No lo haga, por favor! ¡Estése quieto, se lo ruego!

        Se le mutó a Léxico la sonrisa en una mueca de espanto. Al tiempo, comprobaba cómo en otros de los balcones de enfrente la gente salía alertada por los gritos y por el posterior descubrimiento del presunto suicida. Mientras continuaba escuchando los ruegos del viejo vecino, pudo también escuchar en un tono de voz más bajo la disposición de otros vecinos a llamar a los bomberos o a la policía. No obstante, no cejó en su empeño de continuar su arriesgada andadura por la cornisa, haciendo caso omiso a los ruegos del vecindario. Una vez alcanzada la ventana colindante, pudo sentarse en el alféizar, comprobando que la persiana estaba a medio subir y que del interior de la vivienda surgía una bonita melodía en forma de estridente Heavy-Metal. Aún sentado en el alféizar, se dispuso a empujar hacia arriba la persiana y una vez que consiguió la suficiente obertura para colarse, empujó el vidrio de la entreabierta ventana. Tomó impulso y logró caerse dentro de la habitación, mientras el sonido de la música se hacía mucho más perceptible. Mientras se incorporaba, se halló con las patas de una cama, en cuyo edredón reposaban también las patas y el tronco de un joven adolescente. El chaval dejó caer el cómic que, probablemente, estaba tratando de leer, y se quedó mirando perplejo al intruso. Al cabo, mientras Léxico sonreía amigable, el chico espetó: 

        -¡Cagonlaputa! ¡Si es el mismísimo Hombre Araña!

        Mientras Léxico reía la ocurrencia del adolescente, escuchó la llamada proveniente de detrás de la puerta de la habitación, a la par que con su dedo índice en los labios instaba a mantener silencio al chico. No obstante, comprobó cómo la puerta se abría y una mujer cuarentona hacía acto de aparición: 

        -Venga, Richi, que ya está la com... –se interrumpió de sopetón la mujer al descubrir al presunto caco.

        -¡Mira, vieja! –soltó el chaval-. Te presento al mismísimo Spider Man. 

        Antes de que Léxico pudiera abrir la boca, la mujer comenzó a gritar histérica, cogiendo a su hijo por el brazo y casi arrastrándolo hacia el exterior de la habitación. Mientras Léxico salía detrás de ellos tratando de dar explicaciones y mostrando su placa de detective, mujer y adolescente ya habían salido pitando por la puerta del piso.

        Así, pues, con parsimonia, Léxico se dispuso a salir de la vivienda. Se dirigió hacia el ascensor. Entró y pulsó el botón de la planta baja. Al minuto llegó al portal, mientras escuchaba una serie de sirenas de diferente calibre en el exterior. Abrió la puerta del portal y observó cómo en la calle se apelotonaban dos o tres coches de bomberos, una ambulancia y dos patrullas de la policía. Mientras veía pasar de aquí a allá una serie de uniformados bomberos, decidió mirar a uno y otro lado de la calle y, esta vez, con más presteza y diligencia, se dispuso a alcanzar lo antes posible la esquina.

Franz_126

03/11/2005 00:10 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

30/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051030220149-17-jpg

Una caverna oscura, tan sólo iluminada por la leve luz de dos candiles colgados de ambas paredes. El techo, compuesto por estanterías repletas de libros. Se encuentra tumbado en un diván de acero, inmovilizado y atado de pies y manos, amordazado por un continuo chorro de negruzco líquido que le obliga a tragar incesantemente, casi ahogándole. Mientras continúa bebiendo, sin remisión, comprueba cómo los libros comienzan a descender de sus ingrávidas estanterías y pasan rozando su cuerpo, mientras escucha enormes estruendos al contactar con el suelo. A su vez, escucha a lo lejos los ladridos de un furioso perro, ladridos que estima más bien como fieros y felinos rugidos. Acto seguido, una fantasmagórica niña con coletas se le aparece por el costado derecho; observa cómo se deshace el nudo de la goma de una de sus coletas y, una vez en su mano, comprueba que ésta se ha convertido en un fino pero afilado látigo. La niña blande el látigo con expresión malvada y comienza a lanzarlo contra el suelo. Mientras escucha de fondo los rugidos, los fuertes latigazos que la malvada niña proyecta contra el suelo alertan a Léxico, que implora misericordia. La niña, sonríe perversamente, mientras comienza a expulsar, como si fueran proyectiles, escupitajos que van a parar a su cara. Éste, continúa implorando piedad, a la vez que grita desesperadamente: 

        -¡No, noooo, nooo, basta por favor...! La niña emite una terrible carcajada y, a continuación, continúa escupiendo a la cara de Léxico.        

        En ese momento, sobresaltado, abre los ojos. Se incorpora precipitadamente. Se palpa la cara y comprueba que, además del sudor, su tez está húmeda debido a otro líquido extra corporal. Se gira y descubre cómo la almohada está empapada, debido a una gotera que incide en su caída hasta la cama. Asimismo, comprueba que la persiana de la habitación no para de dar latigazos, debido al temporal y la tormenta que intuye fuera. 

        Cuando comienza a recuperarse de la pesadilla se levanta. Se dirige presuroso hacia la ventana con intención de cerrarla, no sin antes resbalar en el charco que se ha formado por el agua que se ha colado del exterior. Cae de culo al suelo y expele una blasfemia acompañada de un balido quejumbroso. Se incorpora, con cuidado, y se dirige hasta la cocina, donde recoge un cubo y una fregona. Vuelve hasta el dormitorio, aparta la almohada y coloca el cubo en su lugar. La gotera comienza a imprimir un constante ritmo valiéndose del bombo acústico del cubo. 

        Es entonces cuando se percata de la ausencia de su compañera; se dice que se habrá levantado para ir al lavabo. Comienza a secar el suelo con la fregona, a la vez que, indiferentemente, echa un vistazo al reloj-despertador de la mesita. Se le cae la fregona de las manos al descifrar la hora: las once y media. Sale corriendo sin dirección predeterminada, llamando a voces a su compañera. Se topa con la puerta del lavabo. La abre y la encuentra vacía. Se dirige al salón y encuentra el mismo desamparo. Regresa a la cocina y halla por casualidad la única compañía de una nota sobre el mármol:      

       “Cielo, he tenido que salir de compras. Siento no haberte despertado, pero es que parecías un angelito, y eso que el despertador ha sonado varias veces... Bueno, un besito y hasta luego:         Adelita”.

        Mientras Léxico reprime para sus adentros una serie de imprecaciones, deja caer involuntariamente la nota. Instintivamente, se agacha para recogerla, a la vez que descubre junto a ésta, en el suelo, el envoltorio de algún tipo de medicamento. Recoge el envoltorio junto con la nota y, a continuación, se dispone a echar un vistazo a la marca del mismo; descubre, con anonadamiento, que se trata de un tipo de somnífero capaz de dejar en cama a un caballo durante un día entero. Aturdido y confuso, echa un vistazo a la botella de cava y a las copas que reposan en el fregadero. No tarda mucho en establecer la cadena de asociaciones y a deducir que, si no hubiera sido por aquella gotera, con toda probabilidad hubiera continuado soñando con aquella malvada colegiala hasta la mañana siguiente.

 

Franz_126

 

30/10/2005 22:07 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

27/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051027190049-16-jpg      Léxico cenaría esa noche con Adelita, en su casa. Le extrañó, no obstante, no escuchar los amistosos ladridos de Freddy al entrar en el recibidor. Atentamente, Adelita le explicó que había decidido dejarlo aquella noche en casa de su vecina, con la intención de que aquella velada fuera tan sólo para los dos.
 
Mientras disfrutaban de una romántica cena, velas incluidas, el detective le estuvo contando los detalles de la investigación, mostrando su inquietud por el caso. La bibliotecaria le miró con expresión nerviosa y, a continuación, desviando su mirada, se dirigió a Léxico:
 
        -¿No crees que este caso te está agotando demasiado, cielo?
 
        -¿Qué quieres decir? –quiso saber, a su vez, Léxico-.
 
        -No sé... –comenzó dubitativa-. La verdad es que me gustaría... No sé, que pasaras más tiempo conmigo... –balbució de nuevo-. Me da la impresión de que ya no me haces mucho caso...
 
        -¿Pero qué dices? –saltó contrariado Léxico-. No he dejado de llamarte todos los días, desde que nos conocimos en la biblioteca... –Léxico rumiaba con decepción la inesperada actitud de Adelita, mientras esperaba que ésta diera su réplica. Lo cierto es que había notado algo extraño en la actitud y el ánimo de la bibliotecaria durante aquella noche.
 
        -Ya... Pero creo que este caso te está apartando poco a poco de mí –después de dar un sorbo a su copa de cava, propuso a Léxico-. ¿Por qué no dejas el caso, cariño? Podrías alegar tu mal estado de salud y no creo que hubiera problema si se encargaran del asunto otros de tus compañeros... Además, así estaríamos más tiempo juntos.
 
        Léxico se quedó unos instantes perplejo ante la sorprendente insinuación de la bibliotecaria. Al cabo, decidió incorporarse y abandonar la mesa, mientras se decidía a dar una respuesta:
 
        -Me temo que no estás en tus cabales, guapa... ¿De qué me estás hablando, si se puede saber? –comenzó excitado, Léxico-. ¿Salud? Nunca he estado mejor... ¿Dejar el caso en manos de otro? Ni pensarlo... Además de que echaría al traste mi reputación, no creo, modestia aparte, que haya ningún otro agente capacitado para semejante caso –dijo mientras dejaba la servilleta sobre la mesa-. Así que si vas a salir con tonterías como esas, mejor nos vemos otro día, si te apetece...
 
        Mientras Léxico se disponía a coger su gabardina y, seguidamente, dirigirse hacia la puerta, Adelita salió corriendo en su busca, tratando de disculparse:
 
        -¡Perdóname, cariño! ¡Por favor, te lo ruego! –suplicó-. Lo siento, de verdad... Tan sólo me preocupaba por ti... Pensaba que quizá ya no me querías... Pero me he dado cuenta de que he sido egoísta, y de que tu oficio es muy importante para ti...
 
        -Bueno, pues me alegro... Me quitas un peso de encima... No obstante, he de irme, mañana tengo mucho trabajo...
 
        -Oh, por favor... –rogó Adelita, mientras le pasaba la mano por su pecho-. Quédate esta noche conmigo, cariño... Me quiero disculpar como te mereces, con un buen premio... Anda, hazlo por mí.
 
        -Está bien... –accedió Léxico, después de remolonear un poco-. Pero acuérdate de poner el despertador a las siete...
 
        -Claro que sí, mi amor... –contestó Adelita, mientras le abrazaba y le soltaba un beso en los morros. Léxico le correspondió, posando una mano en su cadera y, a continuación, aupó a la bibliotecaria para cogerla en brazos.
 
        -Uy, espera un momentín, cariño... –pidió-. Tengo que sacar una botella de cava del congelador, antes de que se me olvide. Mientras tanto, ¿por qué no te pones cómodo en el dormitorio? Iré a buscar unas copas, para brindar más tarde, y de paso me pongo un picardías...

        

        -Genial... Peron no tardes, ¿eh?

Franz_126

23/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

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          “Sabor a fuel” había sido retirado del mercado cuatro años atrás, poco después de ser descubierta su elocuente “negrura”. El Comité Central creía haber dado por destruidas todas las copias y ejemplares del libro, además de que el autor del libro había sido puesto a disposición judicial y posteriormente vetado. Así, pues, en un principio se hizo extraño el hecho del hallazgo de aquel ejemplar en la biblioteca de la Facultad; no obstante, suponía un hecho factible, ya que era conocida la proliferación de mafias negras y de ciertos individuos que se ganaban la vida recuperando novelas y fanzines que habían sido retirados del mercado por presunta “negrura”. En muchas ocasiones, eran estos mismos escritores “negros” los que editaban nuevos ejemplares y los vendían a precios astronómicos en el mercado negro. Ahora, por tanto, se unía el hecho de que se hubieran encontrado más ejemplares, lo que hacía suponer que un “negro” o algún otro individuo con probabilidades mercantiles y mafiosas había montado un nuevo engranaje para hacer proliferar su negocio sucio.

        Begoña Mataporros continuó dando sus explicaciones sobre el caso al comisario y a Léxico, que escuchaban atentamente:

        -Como ya le he dicho, cuando le vi el otro día pensé que usted era de estupefacientes, y por eso salí a toda hostia... Y en cuanto a lo del “tocho”, como le he dicho me lo regaló mi papi, hará un mes. Lo que ya no tengo ni idea es dónde lo compró o quién se lo dio. 

        -Muy bien, preciosa... –contestó sonriente Hiato-. No sé por qué, pero te creemos. El único dato, pues, que deberías facilitarnos en este preciso instante es el paradero de tu estimado papi, para hacerle algunas preguntitas al respecto... 

        -¡Ufff...! Pues va a ser chunga la cosa... –contestó-. Más que nada, porque no tengo ni pajolera idea... Siempre es él el que me llama, y casi siempre quedamos en mi “keli”. ¡Ah, bueno! Me acabo de acordar de una cosa... Tengo unas entradas para ir mañana a “Crónicas Prusianas”, ya que, como supongo sabrán, mi viejo es colaborador habitual del “pograma”, y me consigue un par cada semana...
 
        -Ahá... –intervino Léxico-. O sea, que mañana tú y yo nos iremos a ver un rato la tele en directo, ¿no es así?
 
        -Bueeeeeno... –contestó fastidiada-. Tendré que decirle a mi colega Pili que he ligado y me voy con el mismísimo Philip Marlowe al programa...
 
        -¡Pero qué mona que eres, nena!
 
        -¡Oye, no te pases, capullo! ¿A que te meto?
 
        -Menos lobos, caperucita... –inmediatamente, Léxico sacó un revólver de su gabardina y apuntó a un metro de su cara. Con expresión implacable introdujo su dedo índice por la ranura del gatillo que, a continuación, apretó, accionando una palanca que permitió salir del cañón de la pistola de juguete una banderita con la inscripción “¡Bang!”.
 
        -¡Hijo puta! -espetó Begoña, con cabreo.
 
        Mientras el comisario Hiato y Léxico continuaban riendo, éste sacó otro revólver del costado izquierdo de su gabardina, y retomando una firme expresión , se dirigió a la sospechosa:
 
        -Recuerda que tu calidad de sospechosa sigue en vigor, así que espero no se te ocurra ninguna tontería, porque éste –señaló el revólver- sí es de verdad... Así que espero te portes bien mañana...
        

         -Claro que sí, mam..., digo, agente...

  Franz_126

23/10/2005 23:21 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

20/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

catorce.jpgEn la sala de interrogatorios, el comisario Hiato daba vueltas alrededor de la mesa, echando de tanto en tanto una mirada furtiva a Begoña Mataporros. Finalmente, recibiendo un gesto de aprobación de Léxico, se decidió a sentarse frente a la joven y, con voz suave, aunque soberbia, comenzó a informar a la sospechosa:

-Supongo que conoce usted la magnitud del aprieto en el que deambula... Así que vamos a dejarnos de florituras y otros fútiles escarceos, con la intención de arribar pertrechos al meollo de la cuestión...

-¿Mande? –interrumpió la joven, con cara de aturdimiento.

-En otras palabras... Que empieces a soltar por esa preciosa boquita, monada...

-Lo llevas claro, gorilada... –contestó con indiferencia Begoña-. No pienso decir ni pío si no es en presencia de mi abogado...

Hiato se giró hacia Léxico, mostrándole una cómica sonrisa, a la que el agente correspondió incluyendo un repentino arqueamiento de cejas. A continuación, una breve risa, correspondida por una tos reprimida. Seguido de una carcajada, correspondida por un gran alborozo de risas. Una vez calmadas las risas, Hiato se volvió de nuevo hacia Begoña:

-Pues claro, cielo... Faltaría plus... ¿Sabes? Hemos investigado en tu ficha y, ciertamente, no tienes ningún antecedente por delito literario... Por otra parte, sabemos perfectamente quién eres y quién es tu “renombrada” familia. También conocemos, no obstante, tus antecedentes como camellita de tres al cuarto, aunque eso no nos interesa...

-¿Cómo? –se extrañó Begoña-. Entonces, ¿vosotros no sois de estupefacientes?

-Pues no, chica... No sé si te has enterado de que estás en el CCPCL o, dicho de otra manera, el Comité Central por la Prevención de Crímenes Literarios.

-¡Coño! –se dirigió a Léxico-. Pues yo que pensaba que el otro día andabas buscando mierda en mi mochila...

-¡Bueno, pues no! ¡Y deja de una vez de hacerte la tonta! –contestó con énfasis el comisario Hiato-. ¡Ah! Por cierto... No creo que “tu abogado”, ese tal Fernández-Meréndez (en busca y captura desde hace meses) esté localizable en este momento... Así que empieza a soltarnos ya qué cojones tienes que ver en el caso “Sabor a Fuel”.

-¿”Sabor a Fuel”? Ah, ese libro... –contestó aliviada-. Es un regalo que me hizo mi viejo por mi cumple... ¿Qué pasa con ese tocho?

Hiato instó a Léxico a que le acompañara fuera de la sala. Cerró la puerta tras de sí y se dirigió con cara de preocupación al agente:

-Verás... No quería decirte esto todavía, más que nada para que no desviaras tu atención del caso en concreto. Lo cierto es que hace una semana se encontró otro ejemplar de “Sabor a fuel” en la biblioteca municipal. Hace tres días también se halló otro en manos de un conocido empresario de la ciudad. En fin... Que parece ser que no se trata de un caso aislado... Así que debemos andar con pies de plomo...

-Ya veo... –contestó pensativo Léxico-. ¿Qué opina de la estudiante? A simple vista parece una mosquita muerta, a pesar de su desfachatez...

-Bueno, quizá nos esté diciendo la verdad... Es probable que su padre, ese tal Coto, le regalara ese ejemplar... En ese caso, vería mucho más factible que ese menda tenga alguna relación directa con el caso.

-Habrá que localizarle... –propuso Léxico-. En fin, ¿qué le parece si continuamos con el interrogatorio?

-Por supuesto... Vamos a persuadir un poco más a la niña...

Franz_126
20/10/2005 20:01 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

17/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

trece.jpgLéxico acababa de ponerse la barba postiza y unas metálicas gafas de sol, cosa que hizo que la decana soltara una tímida risilla. Mientras ésta servía a Léxico una nueva taza de café de la máquina
de su despacho, se escucharon unos toques en la puerta. Se dirigió la mujer hasta la puerta y, abriéndola, se encontró frente a la desgarbada, aunque estilizada, figura de Begoña Mataporros. Ésta, con cara fastidiosa, se dirigió a la mujer:

-Bueno, aquí estoy, tí... digo, señora dire... Bueno, ¿me va a dejar usted entrar, o ya me puedo ir?

-Pasa, pasa, Begoña... –contestó presta la decana-.

Begoña entró en el despacho y echó una curiosa ojeada a las paredes adornadas por las orlas; al instante, descubrió a Léxico sentado junto a la mesa del ordenador; aunque le pareció un hallazgo inesperado y extraño, no reconoció al tipo que el día anterior le había estado persiguiendo.

-¿Y éste quién coño es, señora?

-¡Oh, perdona, Begoña! –se disculpó la decana-. Permíteme que te presente a Saul Gómes: es profesor de Literatura Contemporánea, y será él quien te ayude con tu monográfico...

Mientras Begoña se sentaba en la silla colocada enfrente del escritorio, Léxico se incorporó y se acercó a la estudiante.

-Doctor Saul Gómes, para servirte, preciosa... –se dirigió Léxico.

-Encantada, encanto... –contestó burlona Begoña. Mientras saludaba a Léxico, escuchó cómo a sus espaldas la decana cerraba con llave el despacho, cosa que le pareció de mal agüero-. ¡Hey, qué pasa! ¿Es que acaso vamos a montar una orgía?

-Ja, ja, ja... –rió ruidosamente Léxico-. ¡Qué sentido del humor tiene nuestra estudiante! ¿No es cierto, señora decana?

Mientras la decana asentía sonrojada, Begoña observó con detenimiento la gabardina que colgaba del perchero contiguo.

-Esa gabardina... –dijo pensativa, casi entre dientes-.

-¿Qué dices, niña? –preguntó Léxico mientras se quitaba indeliberadamente las gafas.

Begoña se fijó en los ojos de Léxico; hizo un rápido, aunque escrutador estudio de su físico, y volviendo a echar un vistazo a la gabardina, logró llegar a una más que firme asociación de ideas y coincidencias. Enseguida, sus ojos se dispararon, mientras su cuerpo y su mente urdían un rápido y eficaz intento de huida.

-¿Qué te ocurre, Beg...?

Léxico no pudo acabar su frase, ya que, inesperadamente, se topó con una avalancha de papeles y utensilios de escritorio que habían salido despedidos de las ágiles manos de Begoña. A continuación, recibió una contundente patada en su espinilla derecha, cosa que hizo que el agente se tuviera que agachar quejumbroso en el suelo. A continuación, se dirigió encolerizada la estudiante a la decana, y se dispuso a un forcejeo para arrebatarle las llaves que ésta sujetaba con fuerza en su mano. Una presión en su brazo derecho, y un frío acero en su nuca, calmaron súbitamente los ánimos agresivos de la estudiante, mientras la voz de Léxico susurraba a su espalda:

-Me temo que los jueguitos ya se han acabado, muñeca... Estate quietecita y haz el favor de sentarte justo donde estabas. Recuerda que tenemos que seguir hablando de literatura... y de mafias literarias...

Léxico llevó a Begoña hasta la silla; le hizo poner las manos en la espalda y la esposó. Comunicó a Begoña que estaba detenida como sospechosa de crimen literario. Minutos más tarde, llamó al Comité Central para pedir refuerzos, y una vez llegados, se llevaron a Begoña Mataporros para realizarle un detallado interrogatorio.

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17/10/2005 20:31 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

13/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

doce.jpgDon Herminio Azulado se disponía a concluir la clase del día, en la que había dado unos apuntes acerca de los autores Románticos de principios del XIX en Gran Bretaña. Antes de recoger su cartera, no obstante, se dirigió a una de sus jóvenes estudiantes:

-Ah, por cierto... Señorita Mataporros: me gustaría comunicarle una relevante información antes de que parta hacia mi próximo destino horario instructivo. Si es tan amable de dirigirse al estrado...

-Joder... La hemos cagao... –dijo entre dientes, dirigiéndose a su compañera-. ¿Qué te juegas a que me enseña la chuleta que se topó el otro día?

Bajó las escaleras hasta el estrado del profesor, no sin antes depositar un moco que acababa de hurgar de su nariz en la superficie lateral de uno de los pupitres. Una vez los estudiantes hubieron abandonado el aula se acercó a don Herminio, estirando con un dedo el chicle que apretaba con sus sonrientes y provocativos dientes:

-¡Qué pasa, plasta! –soltó al profesor-. A ver qué tripa te se... digo... ¿qué he hecho yo ahora?

-Tranquila, Begoñita... –se dirigió sonriente a la estudiante-. No pasa nada... Sólo es para decirte que tienes que pasar por el despacho de la decana... Quiere comentarte algún detalle sobre el guión del monográfico...

-¡Oye, tío! ¡Me soltaste que después del trabajillo que te hice en tu despacho no me preocupara por el excelente!

-Ya... Descuida, princesita... Es sólo un trámite... Ya sabes, para no levantar sospechas...

-Brrrr... No sé, no sé... –vaciló Begoña, mientras se enrollaba el chicle en el dedo índice-. Bueno... Pero que conste que lo hago por misericordia... A cambio, ya sabes... La semana que viene no vengo a clase...

-Valeeee... Está bien. Pero tienes que ir enseguida. La decana te está esperando...

-¡Ah! –dijo la estudiante, ya saliendo por la puerta del aula y después de escupir el chicle-. Y como me vuelvas a llamar otra vez “Begoñita”, “princesita” o alguna mariconada de esas... te meto una leche que te se incrustan las gafas de botella en la napia...

Salió Begoña de clase dando un portazo y se fue en dirección al segundo piso –donde se encontraba el despacho de la decana-, no sin lanzar unos cuantos escupitajos a las orlas que colgaban del corredor situado junto al hall de la entrada. Ya en las escaleras, se sacó del bolsillo otro chicle y, desenvolviéndolo, se lo introdujo en su tan refinada y lisonjera boca.

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13/10/2005 22:05 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

11/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

once.jpgA primera hora de la mañana se plantó Léxico en el despacho de la decana, con la intención de averiguar el horario de Begoña. No obstante, tuvo que esperar media hora hasta que la señora apareció para abrir la puerta de su despacho. Al ver a Léxico, la decana se sorprendió –o tal vez, podría decirse, se despertó-; aunque enseguida reconoció al detective y le invitó a que pasara.

-Bueno, y dígame detective... –escrutó con expresión anodina-. ¿Cómo va el caso? La verdad, pensaba que ya estaba todo resuelto...

-Ojalá, señora... –susurró cansinamente Léxico-. Lo cierto es que mi visita se debe a mi interés en conocer unos datos que usted podría proporcionarme, con la esperanza de hallar a un importante sospechoso. Bueno, en este caso, sospechosa... Se trata de Begoña Mataporros...

-Hum... Veamos qué se puede hacer...

-¿Podría usted de alguna manera saber el horario de esta estudiante?

-¡Oh, claro! –contestó aliviada la decana-. Tan sólo hace falta que llame a Úrsula, la secretaria...

Mientras la decana hacía dicha llamada desde su teléfono, Léxico se entretuvo echando unos tragos a su negruzca petaca y mirando las fotos de los viajes del paso de ecuador de diferentes promociones, que colgaban de las paredes. Se fijó en una en la que un grupo de estudiantes manteaba a la señora decana en la pista de una discoteca. Al cabo del rato, la decana colgó el auricular y se dirigió a Léxico:

-Ahora mismo me envían el fax, agente... Por cierto... –hizo una mueca de intriga-. Desde el primer día que le vi me he preguntado qué líquido contiene esa petaca de la que usted bebe...

-Señora... –comenzó con sonrisa misteriosa Léxico-. Ese es un secreto profesional que procuraré guardar hasta la tumba...

A los pocos minutos, la decana recibió el fax, y dispuso del horario de la estudiante. Se lo mostró a Léxico, y éste se dirigió de nuevo a la decana y le hizo una petición:

-Dígame... ¿Podría usted hacerme un favor?

-Por supuesto... –respondió presta la decana-. Siempre que esté en mis manos...

-Verá... Según parece, Begoña tiene una clase de Movimientos Literarios a las diez y cuarto, es decir, de aquí a veinte minutos. ¿Podría usted conseguir que al finalizar la clase se presentara aquí, en su despacho?

-Pues... sí –respondió-. Creo que no habría inconveniente... Ya sé. Llamaré a la sala de profesores y preguntaré por Don Herminio. Creo que es el profesor de Movimientos... Le diré que informe a la señorita Mataporros para que acuda de inmediato a mi despacho.

-¡Perfecto, señora! Es usted un primor...

-Vamos, agente... –contestó coqueta-. Me sonroja usted...

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09/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

diez.jpgEsperó pacientemente durante aquella tarde, sentado en un banco del parque situado junto a la vivienda de Begoña. Después de estudiar detenidamente la fotografía, vigiló todos y cada uno de los inquilinos que entraban en la portería del edificio. Pasaron unas horas y la sospechosa no aparecía por el lugar. Ya comenzaba a oscurecer mientras Léxico daba un paseo por la acera del portal, cuando vio aparecer por la calle la figura estilizada de una joven con macuto. Cuando la joven se aproximaba al portal, Léxico pudo identificar –a pesar de las coletas de colegiala y los varios piercings en cejas, barbilla y nariz- a Begoña Mataporros. Cometió el error de enseñar su placa de detective pocos metros antes de su encuentro con la joven, por lo que ésta decidió con rapidez dar media vuelta y salir a toda mecha corriendo en dirección opuesta. A pesar de los avisos de Léxico, la joven se encontraba ya a punto de doblar la esquina de la calle, por lo que Léxico decidió practicar un poco de deporte y se puso a la zaga de la liebre. Tras girar la esquina, Léxico comprobó que la estudiante se dirigía calle abajo, por la acera opuesta. Tuvo que driblar alguna moto y algún que otro coche, mientras cruzaba la calle mostrando su placa. Pudo observar que Begoña se disponía a dar un nuevo giro y abandonar aquella manzana. Al llegar a la esquina, Léxico comprobó que se hallaba en una gran avenida arbolada. A lo lejos, descubrió la figura de la joven, que se dirigía hacia la puerta de unos grandes almacenes. Cuando llegó hasta la puerta y miró hacia el interior de la superficie comercial se percató de la dificultad que se añadía a su búsqueda: cientos de personas concurrían por la planta baja del local, rebuscando y probándose ropa de oferta en las rebajas. Miró el cartel que indicaba las secciones de las ocho plantas del edificio, las indicaciones de las cuatro salidas y, tras echar una aturdida y desesperada ojeada a su alrededor, reconoció, por fin, que aquella hábil jovenzuela había logrado su escapatoria.

Salió, pues, cabizbajo, del centro, y optó por reconsiderar la situación. Se dirigió de nuevo hacia el parque situado junto a la vivienda de Begoña y comenzó a cavilar. Pensó que podría pedir una orden de registro para la vivienda de Begoña, aunque desestimó la idea provisionalmente, ya que, mientras se ponía en contacto con el Comité y con la Policía, la cosa se podría demorar durante horas. Entonces, se le ocurrió que quizá Begoña pudiera acudir a la mañana siguiente a la Facultad. Era una posibilidad, aunque probablemente, si ella estaba al tanto del caso, procuraría no aparecer por allí. Pero era ésta la única alternativa, por el momento, de poder volver a localizar a Begoña Mataporros. Optó, pues, por irse a dar unas cabezadas para acudir al día siguiente a la Facultad. Una barba postiza, unas gafas de sol y una cartera de profesor podrían contribuir a que su próximo encuentro con Begoña no acabara de nuevo en plantón.

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09/10/2005 18:07 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

06/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

nueve.jpgEl suave aroma a café, acompañado de unos estridentes ladridos, hizo abrir los ojos a Léxico. Ante sus narices se topó con una taza bien cargada, sujetada por la blanquecina mano de Adelita, que le invitaba a probar un sorbo de aquel reconfortante líquido. En ese momento, Freddy –el caniche que convivía con Adelita- comenzó a gruñir con evidentes celos del forastero. Fue entonces, mientras tomaba la taza y miraba con cierta animosidad al perro, cuando recordó que aquella noche, tras el pesado viaje, la había pasado en casa de Adelita; para ser más precisos, en su cama. Le había llamado al llegar al aeropuerto y, Adelita, cómo no, accedió a la esperada cita con Léxico.

Mientras Léxico se incorporaba -y después de dar un beso de buenos días a Adelita que enfureció sentidamente a Freddy-, miró al reloj de la cabecera de la cama y probó a frotarse los ojos:

-¡Ostras, Pedrín! ¡Por los Ángeles de Charlie! –pronunció Léxico sobresaltado-. Adelita... Dime que tu reloj no funciona y que no son las diez y veinte...

-¡Calla de una vez, Freddy! –se dirigió al caniche con voz de mando-. Cielo... Lo siento... –contestó a Léxico con cara compungida la bibliotecaria-. Me temo que funciona perfectamente...

-Joder... Tengo que salir ya mismo hacia la biblioteca y preguntar por la tal Begoña... –rascándose el cogote, se preguntó por otro hecho extraño-. Por cierto... ¿No tendrías que estar tú allí hace tiempo?

-Pero qué despistado que eres, cielo... ¿No sabes que por las mañanas está Cándido?

Léxico hizo un gesto de fastidio y se dio una palmada en la frente. Vistiéndose allegro, ma non tropo, y despidiéndose de Adelita con un fugaz beso –y de Freddy con un empático ladrido-, salió por la puerta del apartamento en dirección suicida hacia la biblioteca de la Facultad.

Al entrar por la puerta, Cándido abrió lo ojos como manzanas y comenzó a carcajearse con insensata hilaridad:

-¡Ja, ja, ja, ji, ji...! ¡Hombre, agente...! ¡Usted de nuevo por aquí! ¡Qué alegría me da!

Después de darse unas cuantas palmaditas mutuamente y de que Cándido se pusiera a contar a gritos –alertando e indignando a más de un estudiante- algún chiste verde, Léxico instó a que le permitiera buscar en el ordenador el nombre de una estudiante. Introdujo, pues, el detective, el nombre y primer apellido que Julio Ermita le había proporcionado: Begoña Mataporros. Enseguida, salió la ficha de la estudiante, junto a su dirección y teléfono. A la derecha, una reciente fotografía de la joven, ante la cual, Cándido lanzó un exabrupto:

-¡Hostias! ¡Pues sí que está rica la tía! –dijo babeando-. No es usted tonto ni ná, agente...

Mientras se despedía de Cándido, fingiendo pesar, recogió la copia impresa de la ficha de Begoña, y se dispuso a llamar por teléfono a la susodicha. No obstante, una vez fuera de la biblioteca, pensó que quizá sería más conveniente y directo realizar una visita sorpresa a su casa.

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03/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

ocho.jpg-Verá, agente –comenzó Ermita-... Resulta que en uno de mis viajes a Barmolona acudí a una famosa discoteca, donde conocí a una deliciosa muchachita llamada Begoña. Aquella noche era la fiesta de “Miss Camiseta Mojada” y Begoña resultó ser la indiscutible ganadora del primer premio. Yo me quedé absorto por aquella maravilla: fue, prácticamente, amor a primera vista. Así que me decidí a realizar un movimiento de avance hacia aquella monumental señorita... Me dirigí hasta la barra, donde tras el concurso se encontraba Begoña. Me presenté y empezamos a charlar. Ella comenzó a morirse de la risa con mis ocurrencias y..., en fin... Que nos caímos muy bien, y quedamos para el día siguiente.

“Así, pasaron unas semanas, y ella me contó que quería estudiar la carrera de Filología en la Facultad de Letras, pero que no disponía ni del dinero suficiente ni de la nota necesaria para su matriculación. Audazmente, gracias a mis facultades económicas y a mi capacidad de persuasión (además de algún que otro euro) convencí a la decana para que matriculase a Begoña.

“Pronto me di cuenta de que era aficionada a fumar algún porrito de vez en cuando; pero jamás le vi meterse ninguna mierda de esas, se lo juro... Tampoco creo que fuera ningún tipo de camella, ni nada por el estilo... (y a pesar del pasado turbulento de su padre, que desde hacía tiempo había abandonado esos hábitos).

Transcurrieron dos meses, y Begoña se mostraba muy contenta con sus estudios. No obstante, el día de autos, me encontré con Bego en el patio de la Facultad y me explicó que había quedado con unos compañeros para hacer una sentada y encadenarse delante del despacho de la decana, con el objetivo de demandar un ajuste del horario de las clases. Me dijo que le esperase en la biblioteca y que le guardase su mochila y, ya sabe –hizo a Léxico un guiño de camaradería-, cualquiera se niega a conceder un favor a unos huesos de ese calibre... Total, que me fui a la biblioteca y, por cierto, tuve que hacerme el carné de socio. Estuve esperando toda la mañana a Bego, mientras mataba el rato delante del ordenador, hasta que, cansado de la espera, me marché en su busca, descuidándome, gracias a mi pésima memoria, la mochila.

“No encontré a Begoña por ninguna parte. Tampoco lo logré al día siguiente, ni los posteriores. Traté de llamarla por teléfono, aunque una dulce y acaramelada voz me informaba cada vez de que ese número había sido dado de baja. Y así, hasta el día de hoy...”

Léxico se quedó un tanto confuso mientras escuchaba la historia y, a pesar de su desconfianza, pensó que no era muy probable que aquel ricachón estuviera inventándose aquella historia.

Mientras continuaba escuchando algún que otro detalle -menos crucial y más trivial-, de la historia de Ermita con Begoña, en los exteriores de la casa se comenzó a sentir una estruendosa barahúnda. Salieron Ermita y Léxico por la puerta del salón y se encontraron con una manada de micrófonos, flashes y exabruptos por parte de un rebaño de paparazzis. Léxico trató de zafarse del tumulto, mientras Ermita se veía acosado por las preguntas. Mientras trataba de encontrar la salida, se dirigió a gritos a Ermita:

-Recuerde que su calidad de sospechoso del caso sigue en vigor... Así que deberá en todo momento estar localizable, sin la posibilidad de salir del país...

-Pero..., el jueves había planeado ir a Noami a ver a mi hijo Julito... –repuso Ermita, con pesar.

-Se siente... –respondió Léxico.

Una vez en la calle, Léxico se dirigió caminando al centro de la villa, con intención de tomar un taxi y volar de vuelta a Barmolona. Estaba dispuesto a resolver aquel enigma, y nadie ni nada iba a desviarle de su objetivo.

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29/09/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

siete.jpgGracias a la información proporcionada por Teo, Léxico pudo localizar a aquel zascandil de Julio Ermita senior. Concertó una visita en su casa de veraneo de Marvela, diciéndole que se trataba de una entrevista para organizarle un homenaje concurrido por las altas esferas de la “jet set”.

Tomó un vuelo directo hasta la ciudad de la Costa del Gol y, una vez llegados al aeropuerto, cogió un taxi que le llevó hasta la urbanización “Los Rosales”. Bajó en las inmediaciones de una calle custodiada por anchas palmeras y se dirigió al número veinticuatro de la avenida “Talytal”. Se halló ante la verja de una enorme y atildada mansión rodeada por un frondoso jardín. Llamó al timbre y un trajeado mayordomo le abrió la puerta.

-Buenos días: soy Carlo Léxico. Tengo una entrevista concertada con el señor Ermita.

El mayordomo, sin pronunciar una palabra, hizo un gesto invitándole a entrar e instándole a que le siguiera. Cruzaron el jardín. Entraron en la casa, pasando por un ancho y largo pasillo que les condujo hasta otro jardín situado en la parte trasera de la casa. El mayordomo hizo un gesto señalando hacia una piscina sombreada por frondosos pinos. Léxico se dirigió hacia allí, comprobando como tres exóticas morenitas masajeaban y acariciaban sensualmente al tipo que se hallaba tendido en una tumbona. Léxico emitió un educado carraspeo, advirtiendo de su presencia:

-Ejem...

El tipo aupó su testa y, observando a Léxico se incorporó, deshaciéndose de las torneantes manos que moldeaban su cuerpo.

-¡Ups! ¡Hola! –saludó el viejo incorporándose de nuevo con la ayuda de aquellas lubricantes manos-. Julio Ermita, para servirle... Disculpe, pero es que estoy un poco lastimado... El otro día me hice un mal gesto en las cervicales y me estaban curando un poco... Bueno, supongo que es usted el periodista que me llamó el otro día, ¿no?

-Más o menos... –contestó Léxico estrechando la mano del ricachón-.

Léxico reveló su verdadera identidad; no obstante, pensó una treta y le comunicó que era un agente de estupefacientes, dando a Ermita las razones de su supuesta investigación: andaban buscando al dueño de una mochila hallada en la Facultad de Letras de Barmolona y que contenía varios paquetes de heroína; le informó, con cierta expresión de recelo, de que todos los números le apuntaban a él como su propietario. Mientras el anciano parecía escuchar aturdido la historia, se calzó unas zapatillas de algodón, aún por estrenar, que le trajo una de aquellas mulatas sirenas. Tras escuchar atentamente al detective, se dirigió a éste arrugando la cara:

-Pues, en verdad, que es un caso raro, raro, raro... –apreció, haciendo vibrar con contundencia las erres-. Bueno, acompáñeme al salón de casa y allí le cuento, y de paso le invito a un agua mineral. Disculpe que no pueda ofrecerle un whisky, pero es debido a mi reciente paupérrimo estado económico... Ya sabe, las apuestas, los juegos de azar y eso...

Léxico sonrió forzadamente y siguió al viejo, observando con pasmo el cinismo de aquel caradura.

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25/09/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

seis.jpgLéxico llegó hasta la puerta de entrada del Comité Central. A simple vista, el edificio no presentaba ningún rasgo distintivo, y su puerta metálica semejaba la entrada de una fábrica. Llamó al timbre y a continuación dijo:

- Agente Diéresis-U. Contraseña: ¡Abre, cojones, que no estoy para milongas!

Acto seguido, el sistema mecánico de la puerta se accionó, y Léxico entró en el edificio. Pasó por un estrecho y desierto corredor hasta llegar al fondo, donde subió a un austero ascensor que le llevó a la quinta planta. Salió del ascensor y se dirigió a la segunda puerta a la derecha, donde leyó el cartel: “Jeremías Hiato, Comisario-jefe del Departamento de Crímenes Literarios”. Llamó a la puerta y, al instante, una voz instó desde dentro:

-Adelante... –invitó una voz de barítono.

Léxico entró en el despacho y comprobó cómo el comisario estaba postrado en su sillón con los pies sobre la mesa. El sobrepeso de su físico dificultó su incorporación, aunque, acto seguido, pegó un mordisco al melocotón que tenía en su mano e hizo un rebujo del conjunto de manjares que se esparcían por su escritorio, mezclados por entre montañas de documentos y legajos apilados desordenadamente. Con expresión de ababol, el comisario se incorporó y ofreció una silla a Léxico.

-Perdona el desbarajuste del despacho, pero es que acabo de llegar de una convención de detectives de escritores “negros” y no he probado bocado desde hace ocho horas....

-No se preocupe, comisario... –respondió campechano Léxico.

A continuación, Léxico expuso al comisario Hiato los detalles sobre la investigación, y preguntó si se sabía algo sobre el paradero de Julio Ermita.

Al cabo de unos minutos, el comisario buscó en su ordenador todos los datos posibles. Luego hizo varias llamadas, y mientras Léxico apuraba su petaca, se dirigió a éste.

-Pues, ciertamente, que es éste un caso intricado per se. Me pregunto qué tendrá que ver ese Ermita en todo esto. En fin... –bufó, haciéndole entrega de varios folios-. Aquí tienes un poco de información sobre el tipo en cuestión, junto con la dirección de sus cinco casas y dos mansiones. ¡Ah! Y el número de su más reciente teléfono móvil... Dale las gracias a Teo, que es el encargado de estas cosillas...

-Muy bien, comisario –contestó Léxico-. Enseguida me pondré a ello. Hasta la vista –se despidió, saliendo por la puerta del despacho.

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25/09/2005 03:07 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

22/09/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

cinco.jpgYa de vuelta en la biblioteca, Adelita dispuso el ordenador para que Cefe y Léxico pudieran identificar al dueño de la mochila. Después de hacer un repaso por los seis estudiantes de primero, era evidente que difícilmente la descripción de Cefe pudiera coincidir con la de aquéllos. Así, pues, con la esperanza de poder hallar al sospechoso, continuaron mirando las fichas de los otros visitantes. Revisadas unas veinte fichas, Cefe señaló la fotografía de aquel socio. Léxico al principio miró aquella fotografía con indiferencia; al fijarse detenidamente y leer el nombre de la ficha, sorprendido, tuvo que preguntar a Cefe:
-¿Está usted completamente seguro?
-Sí, sí... No hay ninguna duda, agente. Se trata de ese hombre...
-¿Sabe usted quién es este hombre? –preguntó desconfiado Léxico.
-Pues no, la verdad... Aunque me suena de algún anuncio de la tele, o de publicidad...

Efectivamente, parecía que Cefe no conocía al famoso Julio Ermita padre, progenitor del también famoso y homónimo cantante. Daba la impresión, asimismo, de que estaba diciendo la verdad. Mirando de nuevo la fotografía del famoso se dijo:
-¡Menudo truhán!
Debería Léxico, pues, anular el almuerzo que tenía previsto con Adelita y acudir inmediatamente al Comité Central, en busca de la información necesaria sobre Julio Ermita y su paradero. Por muy famoso que fuera, aquel tipo debería responderle a unas cuantas preguntas...
Se despidió de Adelita y Cefe, agradeciéndoles efusivamente la ayuda prestada, y aplazando su cita con la bibliotecaria para el día siguiente.
Subió al Seiscientos, no sin antes dar un largo trago a su petaca, y salió en carrera cronometrada hacia el Comité Central. Siempre presumía de su afán de superación, y aquella mañana se dispuso a batir el récord de velocidad desde la facultad de Letras hasta su lugar de destino.

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22/09/2005 22:42 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

18/09/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

cuatro.jpgLéxico pudo localizar en el ordenador a catorce estudiantes que visitaron la biblioteca aquel día. No obstante, se centró en los seis que correspondían a primer curso, ya que en uno de los bolsillos de la mochila se había encontrado un programa de inicio de carrera. Estaba, pues, decidido a proyectar su plan de búsqueda y a entrevistar a aquellos estudiantes. No obstante, reanudaría su investigación al día siguiente, ya que aquel había sido un largo y agotador día.

A primera hora de la mañana había quedado en la puerta de la cafetería con Adelita. Mientras Léxico apuraba un trago del negruzco líquido de su petaca, vio aparecer por entre la arboleda del patio a Adelita junto a un tipo desconocido, ambos enlazados del brazo. Adelita, sonriente, se dirigió a Léxico:

-Hola, guapetón. Te traigo una sorpresa... Te presento a Ceferino. Cefe, para los amigos.

Ya en el bar, Cefe –un pariente lejano de Adelita- comenzó a explicar a Léxico los detalles de su testimonio:

-Verá, agente... –comenzó Cefe-. Soy chileno y estos días he estado por aquí de visita. El día de autos estaba yo en la biblioteca, frente a la pantalla de un ordenador, escribiendo una historia para un juego de una estupenda página de Internet. Entonces, me giré, y me percaté que el individuo que se hallaba a mi lado se levantaba súbitamente y se marchaba. Aunque me extrañó bastante su reacción, no le di mayor importancia. Entonces, hablando ayer con Adelita, me comentó el caso de la mochila y que la había hallado justo en el lugar que aquel tipo ocupaba. Es por eso, caballero, que le cuento esto...

Léxico esbozó una cordial sonrisa ante aquel afable hombre que, a sus ojos, bien parecía un oráculo.

-Y dígame, Cefe... –escrutó Léxico-. ¿Qué aspecto tenía ese joven?

-¿Joven? –se extrañó Cefe-. Yo diría más bien que era un hombre ya entrado en años... A ojo de buen cubero, le echaría unos ochenta...

Léxico se sorprendió de aquella paradoja. Hizo un repaso mental a las fotografías de los seis estudiantes y concluyó que ninguno de ellos se correspondía con esa edad. Entonces, apremiante, propuso:

-¿Qué te parece –se dirigió a Adelita- si nos vamos a abrir la biblioteca, que ya son horas? Y de paso echamos un vistazo al ordenador...

-Tus deseos son órdenes para mí, encanto... –respondió seductora Adelita.

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18/09/2005 00:12 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

15/09/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

tres.jpgAl día siguiente, Cándido estuvo explicando a Léxico los pormenores acontecidos por la mañana. Mientras el viejo bibliotecario hablaba, Léxico observó con curiosidad el enorme promontorio en forma de chepa situado en su espalda. Observó también una cierta expresión de melancolía, a pesar de su aparente ánimo al hablar:

-...Verá agente... Con sinceridad... no sé muy bien cuántos estudiantes estuvieron aquí por la mañana... ¡Ah, sí, ya recuerdo, recórcholis! Fueron veintidós... Aunque... ahora que lo pienso... creo que esos fueron el miércoles, y usted se refiere al jueves... Pues quizá unos quince... ¡Ah, ahora que recuerdo...! El miércoles estuvo por aquí un famoso editor, que, por cierto, he de confesarle que es íntimo amigo mío... Se llama José Manuel Vara... ¡Oh, no! Perdone... Ahora lo recuerdo con exactitud... Fueron dieciocho estudiantes...

Mientras Léxico continuaba escuchando aquel galimatías, llegó a la conclusión de que no podía fiarse de aquel viejo. No obstante, le sorprendió el dato sobre José Manuel Vara.

-Y... dígame... –quiso saber Léxico-. ¿Dice que el miércoles estuvo por aquí el famoso editor José Manuel Vara?

-¿Qué? ¿José Manuel... qué? –interrogó a su vez con insólita extrañeza el bibliotecario-. No, hombre, no... Le digo que el otro día fui a pasar el fin de semana en la torre de mi amigo José Manuel Garza, que es un conocido auditor en la ciudad...

Léxico se percató de que aquel hombre necesitaba una jubilación cuanto antes. Iba a ser difícil continuar la investigación con un testigo cuya razón comenzaba a ser tan dispersa. No obstante, no estaba dispuesto a claudicar, e hizo un último intento en pos de averiguar algún otro dato.

-Esto... caballero. Dígame. ¿Hay alguna manera de averiguar si los estudiantes que pasaron por la biblioteca están matriculados en la Facultad?

-¡Pues claro, hombre! –respondió con sorpresiva rotundidad-. Haberlo dicho antes... Cada día, al entrar en la biblioteca, los estudiantes deben dejar su carné en recepción. Nosotros pasamos la banda magnética por el aparatito y sus datos quedan introducidos en el ordenador.

Léxico estuvo a punto de pronunciar un cruel taco a la cara de aquel pobre anciano, aunque logró contenerse. Tomando de nuevo una afable sonrisa se dirigió a Cándido:

-Buen hombre... ¿Sería tan amable usted de cederme su ordenador para echar un vistazo?

-Pues claro, hombre, faltaría... –respondió con camaradería-. Y si quiere yo le enseño luego mi colección de fotografías del Play-Boy.

Franz_126
15/09/2005 18:22 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

11/09/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

dos.jpgLéxico era consciente que la búsqueda del dueño de aquella mochila iba a ser un arduo trabajo, aunque jamás daba por perdido ningún caso, por muy intricado que éste fuera.

Al día siguiente, pues, se dirigió de nuevo a la Facultad de Letras, con la intención de acudir a la biblioteca, lugar donde la mochila fue hallada.

Abrió la puerta y se dirigió hacia aquella bibliotecaria, cuyas mejillas brillaban como dos luceros gracias al exagerado arrebol de su maquillaje. Se percató, curiosamente, de que aquella cuarentona le recordaba con nostalgia a una antigua amante que antaño había sido su obsesión de juventud.

Mientras Léxico le enseñaba la placa y le explicaba el motivo de su visita, la mujer pareció recobrar una expresión de miedo.

-¡Oh, agente! ¡No se puede imaginar la impresión que me llevé al hallar ese horripilante mamotreto dentro de la mochila!

-Tranquila, le comprendo... –le compadeció Léxico, pasándole suavemente una mano por su escotada espalda-. Ejem... Y... dígame, señora... ¿O puedo llamarla señorita...?

-Ah... ji, ji, ji... –expresó presumida-. Por favor, apuesto agente, puede usted llamarme por mi nombre de pila, Adelita... Y de tú, se lo ruego... –contestó con una provocadora sonrisa.

-Bien... Pues, dime, Adelita... –se decidió Léxico, con mirada seductora-. ¿Tienes algún dato sobre cuántos estudiantes pasaron ayer por la biblioteca?

Un estudiante que advirtió la íntima conversación desde un escritorio contiguo emitió un reprobatorio siseo.

A continuación, Adelita instó a Léxico a que le acompañara a la pequeña oficina situada en el interior de la recepción. Una vez dentro, Adelita cerró la puerta con llave y, con mirada lasciva decidió abalanzarse en brazos de Léxico, comenzando a desabrocharle los botones de la camisa. Léxico le correspondió infiltrando una de sus manos por las nalgas de la bibliotecaria y, a continuación, bajándole con las dos sus bragas. Comenzaron, pues, a hacer el amor procurando, en la medida de lo posible, hacer el menor ruido que pudiera alertar a los estudiantes.

Al cabo de media hora, Adelita recompuso sus ropas y salió para dar el toque de cierre a los tres estudiantes que quedaban. Una vez cerrada la biblioteca, avisó a Léxico para que saliera del cuarto. A continuación, como si acabara de hacerle aquella pregunta, le contestó:

-Pues por la tarde unos veinticinco, aproximadamente, sin contar los no socios y algún que otro ¨trashumante¨: así es como llamamos a los que vienen de fuera. De todas maneras, por las mañanas me dedico a chinear a niños del barrio, así que harás bien en preguntar a Cándido, que es el que está hasta las dos.

-¿Chinear? –preguntó Léxico, extrañado.

-Ah, sí, chinear... –sonrió Adelita-. Es una expresión que utilizamos en Guatemala, de donde soy... Significa cuidar niños, hacer de niñera.

Léxico apuntó la palabra en su cuaderno. Luego se despidió de Adelita, después de pedirle su teléfono, y salió de la biblioteca no tan satisfecho por la información recibida, como por el transcurso de la propia visita.

Franz_126

08/09/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

uno.jpgAntes de salir de casa, Bebo Léxico tomó la damajuana y vertió el negruzco líquido en un ancho vaso de Bohemia, deglutiendo el contenido de un solo trago a su buche, reorganizando así el caótico estado de su metabolismo. Tomó las llaves del seiscientos y salió pitando hacia el Comité Central.

Mientras circulaba por la larga Avenida del Miedo, saltándose semáforos en rojo y zigzagueando por entre los plátanos que delimitaban la mediana, una gangosa voz que surgía del altavoz de la emisora le alertó; deceleró su casi suicida marcha.

-Qxxxt, qxt... ¡Atención, atención! Qxxxxt... Agente Diéresis-U, qtxxxxt. Diríjase al Paraninfo de la Facultad Central de Letras, qxxxxt... Parece ser que se ha localizado un 7-BPH-40, qxxxt. Es urgente, qxxxxxt.

Enseguida, Léxico se dispuso a virar su marcha, realizando un brusco trompo que casi hace volcar su viejo carro.

Detuvo el coche en la misma puerta. Sacó la petaca de la guantera, echó un impetuoso trago, y se dirigió con parsimonia, aunque afectadamente, hacia el pasillo que conducía al Paraninfo. A las puertas se encontró con la decana que, mientras se rascaba nerviosa un muslo, mostraba un pliegue de su blanca enagua.

-Buenos días, agente... –saludó con cierta expresión de abulia-. Entre usted, por favor... Yo no puedo...

Empujó la enorme puerta de entrada y se encontró con un larguirucho tipo que registraba una mochila.

-¿Dónde está? –interrogó sin ambages al que parecía un letrado, aunque desgarbado profesor.

-Hola, agente... Lo encontré en la mochila y lo deposité enseguida en ese escritorio.

Léxico se dirigió al escritorio y allí lo halló, prácticamente abierto en canal, mostrando su “negrura” (en ambos sentidos) por entre las láminas de su albo cuerpo. Lo examinó exageradamente durante varios minutos, antes de manipularlo; siempre le gustaba presumir de perfeccionismo.

Al cabo de unos minutos se puso los guantes, y comenzó a examinarlo a fondo. Dio la vuelta al cuerpo del delito y examinó su dura piel frontal. Allí, leyendo aquellas letras y observando aquel patético dibujo, descubrió el crimen:

“Sabor a fuel”, por A.R. Quilmada.

-¡Maldita sea! –exclamó furioso-. Parece ser que ha vuelto a resurgir de nuevo la plaga... Nuestro despiadado homicida ha vuelto a sus andadas, tratando de corromper las mentes de los novatos estudiantes. ¿Se sabe algo del dueño de la mochila?

-Me temo que no... –contestó el compungido profesor-.

-En fin... –se dijo Léxico, contrariado, aunque resignado-. Me temo que será necesario dar comienzo a una exhaustiva investigación.

Franz_126

Crimen Desorganizado, S.A.

detective Lex.jpg***PRÓLOGO***

Estimados lectores:

Se inicia aquí el relato de esta serie titulada “Crimen Desorganizado, S.A.” Nada mejor que este título, pues, para precisar que el conjunto de los personajes y lugares de esta historia son totalmente anónimos o, si se quiere, ficticios. Es decir, que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. O, para decirlo de otra manera, cualquier parecido con la ficción no lo es.

Es cierto que he tomado ciertos hechos que podrían tener una referencia con la realidad (cualquier ficción, al fin y al cabo, y por muy fantástica que sea, los toma), como también ciertos personajes cuya caracterización o denominación podrían estar distorsionados con su posible supuesto real. No obstante, jamás he pretendido identificarlos con ellos, como tampoco calificarlos ni nombrarlos directa e inequívocamente. Se trata, pues, tan sólo, de una referencia para la propia invención ficticia.

Asimismo, quisiera aclarar, en caso de duda, que “Crimen Desorganizado, S.A.” pretende ser un relato de género negro, detectivesco, aunque con claros rasgos y matices paródicos, así como con ciertos pasajes satíricos y descabellados. No obstante, y aunque no pudiera parecerlo, me interesa más la trama policíaco-literaria en sí, que la crítica o denuncia, que también tiene su pequeña cabida.

Para construir el relato, debo agradecer en primer lugar a los autores del género que en su momento fueron fuente de inspiración, a cuyas obras rindo justa pleitesía y jamás osaré comparar en lo más mínimo con este intento. Gracias, pues, a Raymond Chandler, William Faulkner, Manuel Vázquez Montalbán, Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle, Dashiell Hammet, Eduardo Mendoza, Georges Simenon, Agatha Christie, y un innumerable conjunto de autores propios del género.

No debo dejar de mencionar, también, y dar mis sinceras gracias a la página web “Grupo Búho.com”, de cuyos foros nació la idea de este relato. Así, pues, los primeros ocho capítulos de esta serie fueron compuestos en un juego creativo con compañeros escritores, en los que cada semana se proponía una historia que incluyera una serie de palabras escogidas. Gracias, pues, a todos ellos, y en especial a Monelle, Hechizada, Soni, Ragnall, Eboe, Cefe, Maliae, Leo y muchos otros que colaboraron con sus escritos y sus palabras.

En conclusión, espero que la lectura sea de vuestro agrado, esperando siempre vuestras estimadas impresiones. Demos paso, pues, a la historia.

Franz_126
08/09/2005 20:46 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.


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