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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2005.

23/04/2005

"El objetivo del escritor" por Guy de Maupassant

La meta (del escritor serio) no es contarnos una historia, ni conmovernos o divertirnos, sino hacernos pensar y llevarnos a entender el sentido oculto y profundo d elos hechos. Dado que ha observado y meditado, el escritor aprecia el universo, los objetos, los hechos, y los seres humanos de una manera personal que es el resultado de combinar sus observaciones y reflexiones. Lo que trata de comunicarnos en esta visión personal del mundo, reproducida en su ficción. A fin de conmovernos como él ha sido conmovido or el espectaculo de la vida, debe reproducirlo ante nuestros ojos con escrupulosa exactitud. Debe componer su obra con tal sagacidad, con tal disimulo y aprarente simplicidad, que sea imposible descubrir su plan o percebir sus intenciones.

En lugar de urdir una aventura y deliarla de modo que sea interesante de principio a fin, el escritor deberá partir de un momento determinado en la existencia de sus personajes y conducirlos a través de transiciones naturales hasta el periodo siguiente. Ha de mostrar cómo las mentes cambian bajo el influjo de las circunstancias del ambiente, y cómo se desenvuelven los sentimientos y las pasiones. De tal modo, mostrará nuestros amores, nuestros odios, nuestras luchas, en toda suerte de condiciones sociales, y cómo los intereses – sociales , financieros, políticos, y personales – compiten entre sí.

La inteligencia del escritor en la creación de su trama residirá, entonces, no en el uso de lo sentimental o lo encantador, en un inicio fascinante o una catástrofe emotiva, sino en la combianción ingeniosa de pequeños detalles constantes de los que el lector habrá de comprender un sentido definitivo en la obra... (El autor) deberá saber cómo eliminar, de entre los minúsculos e innumerables detalles cotidianos, todos los que le sean inútiles; debe subrayar aquellos que hayan escapado a la atención de observadores menos acuciosos, aquellos que dan a la historia su efecto y valor en tanto ficción.

Un escritor hallaría imposible describir todo lo que hay en la vida, pues precisaría de un volumen diarios para enlista la multitud de incidentes sin importancia que llenan nuestras horas.

Cierta selectividad se hace indispensable... lo que representa el primer revés para la teorí de la “completa verdad” (de la literatura realista).

La vida, además, está compuesta de los elementos más impredecibles, dispares y contradictorios. Es brutal, inconsecuente y desmadejada, llena de catástrofes inexplicables, ilógicas.

He aquí por qué el escritor, una vez escogido su tema, ha de tomar del caos de la vida, entorpecida pro riesos y tivialidades, sólo los detalles útiles para su asunto y omitir el resto.

Un ejemplo entre mil. El número de seres humanos que mueren cad a día en el mundo a causa de algún accidente es considerable. Pero ¿nos es dable dejar caer una teja en la cabeza de nuestro protagonista, o arrojarlo bajo las ruedas de una carreta, a medias de la narración, con la excusa de que es indispensable incluir un accidente?

La vida puede permitirse omitir diferencias, o bien acelerar ciertos hechos y posponer otros. La literatura, por su parte, presenta hechos inteligentemente orquestados y transiciones ocultas, incidentes esenciales realizados por la sola habilidad del escritor. Cuando el autor da a cada detalle su exacta tonalidad, acorde con su importancia, produce la honda impresión de la verdad particual que desea hacer resaltar.

Para que las cosas parezcan reales en la página se debe procurar la más completa ilusión de realidad a través de seguir el orden lógico de los hechos y no mediante la trancripción rigurosa de la desordenada sucesión del acontecer cronológico de la vida.

Mi conclusión, a partir de este análisis, es que los escritores que se llaman a sí mismos realistas, deberían, más bien, nombrarse ilusionistas.

Cuán pueril es, más aún, creer en una realidad absoluta, pues cada uno lleva la suya propia en sus pensmientos y sus sentidos. Nuestros ojos, nuestros oídos, nuestro olfato, nuestro gusto, crean tantas verdades como individuos hay. Nuestras mentes, en las que la información captada por los sentidos ha dejado huellas diversas, comprenden, analizan y juzgan como si cada uno de nosotros perteneciese a una raza distinta.

Así, cada quien crea, individualmente, una ilusión personal del mundo, que puede ser poética, sentimental, gozosa, melancólica, sórdida o frágil, de acuerdo con nuestras naturalezas. La meta del escritor es reproducir fielmente esta ilusión de realidad mediante el uso de todas las técnicas literarias a su alcance.
23/04/2005 00:37 Enlace permanente. Tema: Vagones de Carga Hay 1 comentario.

El silencio de las sirenas (Franz Kafka)

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.
23/04/2005 00:39 Enlace permanente. Tema: Primera Clase No hay comentarios. Comentar.

Las cenizas del recuerdo

bomberos.bmp.gifLa jornada se diluía en la residencia bajo un pálido y crepuscular cielo beige. En la lejanía, las mates montañas de caqui perfilaban sus precisas y escarpadas siluetas, matizadas por el nebuloso contraste de la tarde otoñal. Con un ligero movimiento de su mirada, pudo el señor Tomás observar el urbano valle de edificios y casas que custodiaban la frontera alquitranada de la autopista. Contempló el incesante discurrir del tráfico rodado a través del gran ventanal, sentado en el sillón del comedor. Sonrió, enarcando sus cejas con pueril entusiasmo al descubrir el paso de aquella ambulancia a lo largo del cinturón automovilístico, observando el destello multicolor del vehículo, casi adivinando el distante sonido de su sirena.


-¡Ya están aquí los míos! –pronosticó el señor Tomás, escuchando todavía la sirena del automóvil.

Pudo contemplar la escena una vez más. Amenazado por las rugientes llamas y el polvoroso humo que le gritaban del interior del edificio no tuvo miedo, no dudó, no vaciló, sabedor del riesgo que su misión suponía. Tras el hallazgo de su caído compañero decidió continuar, obstinado, con el firme objetivo de salir victorioso. Lo mejor, sin duda, sería el resultado: aquel joven y bello rostro pueril que, sin saberlo, ya siempre volvería a contemplar, lleno de gratitud, de complicidad, de eterna esperanza de que a pesar de todo, valió la pena haber pasado por allí.

-¡Ya están aquí! –gritó el viejo, entre las pasmadas miradas del salón- ¡Ya vienen por ahí los míos!
-¡Óndia, tú! ¡Sempre el mateix! –saltó malhumorado Eugeni-. ¡Doncs a veure si t´emporten d´una puta vegada... ¡Boig! ¡Malparit!
Encolerizado, tardó poco el señor Tomás en hacer el arduo esfuerzo de levantarse de su sillón y dirigirse con violencia hacia el viejo Eugeni, que trataba de defenderse con su recio bastón.
Al entrar en el comedor, avisada por las voces, la enfermera se dirigió hacia los dos contendientes de la pelea, tratando de desenmarañar sus manos, brazos y uñas del ovillo de furia en que se hallaban.
-¡Tomasín! ¡Haga usté er favó! –gritó la joven enfermera, tratando de desenredar las flacas extremidades de los dos ancianos.-Anda, tómese la pastillita, maho...-ordenó una vez reducido, abriéndole la boca con una mano, mientras que con la otra le introducía la pastilla.


Tras un pesado despertar pudo observar aquella extraña y ligera ráfaga de luz que irrumpía en la densa oscuridad de la habitación, comprobando así la apertura de los grilletes de su prisión. Se dirigió, a tientas, hacia la rendija de la entreabierta puerta, notando la cálida y deslumbrante claridad tras la salida de su reclusión. Después de atravesar el deshabitado salón, decidió bajar por las escaleras hasta el patio exterior, con la dual y grata sensación de sentirse rejuvenecido y liberado. La residencia, pudo

comprobar con deleite, aparecía yerma ante sus ojos, excepción hecha de su propia persona. Se dirigió hacia el portón de salida con la firme intención de fugarse de aquella reciente casa deshabitada. Cuando hubo traspasado aquella firme barrera a la libertad retomó por sorpresa una renovada e inocente sonrisa infantil.
-¡Por fin están aquí! –exclamó, casi entre abruptas carcajadas- ¡Ya han vuelto los míos!
Con decisión dirigió su mano hacia la manilla de la portezuela del vehículo, y con una recurrente agilidad, subió al asiento del conductor. Pisó con firmeza el pedal del acelerador e hizo girar la llave de arranque. Rugió el motor de la ambulancia, que el señor Tomás condujo hacia el valle de la empinada calle, haciendo sonar la sirena y gritando:
-¡Ya vuelvo con los míos!

Cuando hubo acompañado y acomodado al señor Tomás en la cama de su habitación, la enfermera dio una última reprimenda al viejo:
-Y haga usté er favó de no vorvé a pegá a sus compañero, xalao...
-¡Mala puta! –espetó el anciano, después de escupir al ojo de la enfermera la pastilla que había mantenido amagada bajo su lengua.
Enseguida, la enfermerá comenzó a gritar pidiendo el auxilio del resto del personal de la residencia, que una vez en la pieza, trató de librar el cuello de la enfermera de las manos del anciano, el cual todavía demostraba poseer una vigorosa fuerza física. No obstante, las dos enfermeras y los dos enfermeros que acudieron en auxilio de su compañera lograron reducir, no sin cierta violencia, el descontrolado furor del anciano. Tras esto, hizo aparición en la estancia la directora del establecimiento geriátrico que, deliberada e incompasiblemente, dio señas a sus empleados de encerrar a cal y canto al insurrecto hasta nueva orden. Más tarde se dirigió hacia el salón donde se encontraban los ancianos y, con rostro amenazante y colérico, sentenció:
-¡Y cómo me entere de que alguien la vuelve a armar, le encerramos en el cuarto oscuro durante tres días! – y observando orgullosa los atemorizados y sumisos semblantes de los ancianos sacó un cigarrillo y lo encendió, dirigiendo la exhalación del humo a la cara del viejo Eugeni, que apremiante suplicó:
-Si us plau, senyora... ¿Qué em podria donar una cigarreta?
-¡Silencio, imbécil!

Condujo la ambulancia hacia el edificio del internado. Bajó del vehículo en las inmediaciones de aquella avenida situada a las afueras de la ciudad, dispuesto a sofocar a destiempo la pretérita catástrofe. Le sorprendió descubrir que el edificio estaba intacto, huero de cualquier señal de auxilio. Vio abrirse el portón de la entrada principal y, a continuación, vislumbró las primeras figuras humanas desde que saliera de la residencia. Eran unas cuantas, entre las que se destacaban unas siluetas de mayor estatura. Al aproximarse, pudo observar la candidez de aquellas niñas que con agradecida sonrisa se dirigieron hacia él para abrazarle. Tras éstas, la figura de una mujer cuarentona que se dirigía hacia él le confundió. Frente a frente, la mujer esbozó la más bella de sus sonrisas, mostrándole a través de ella su eterno agradecimiento. Adivinando la perplejidad y la confusión del viejo, la mujer hizo un leve y resignado encogimiento de hombros:
-Nada pudo sofocar el cáncer.

Por descontado, la directora del establecimiento negó rotundamente (con la sumisa y cómplice defensa de sus empleados) haber tenido alguna responsabilidad en la decisión individual y particular de la joven enfermera de haber recluido al viejo en la habitación, y había creído dar por rescatado al mismo tras la evacuación del edificio. Asimismo, conjeturó la posible causa del incendio relatando al juez de guardia la fea costumbre (prohibida para todos los residentes y empleados del establecimiento) del viejo Eugeni de fumar a hurtadillas en su habitación cada vez que la enfermera salía tras acostarle.


Mientras se abrazaban efusivamente, el viejo secó con sus dedos las lágrimas que se deslizaban por el rostro de la mujer, que en retrospectiva identificó con el de aquella niña cobijada en su memoria. Una gran sonrisa volvió a dibujarse en el rostro de la mujer mientras conducía al viejo hacia la alta figura que aguardaba delante de la puerta. Se reconocieron al instante, e intercambiaron un breve y silencioso guiño de compañerismo.
-Tú también la salvaste, Ernesto.
Resignadamente, pero con la alegría del reencuentro, contestó:
-Nos volvemos a ver, Tomás...

Subió la joven enfermera en el coche policial, envuelta en lágrimas. Le comunicaron que debería aclarar los hechos en comisaría. Los heridos leves, en su mayoría por intoxicación, fueron trasladados en ambulancia hacia el hospital de la ciudad, mientras que los empleados, ilesos todos, regresaron en sus propios automóviles a sus respectivos hogares. Una vez que los bomberos dieron por sofocado el incendio de la primera planta, comenzaron a recoger las mangueras y regresar a sus vehículos. Uno de aquellos, observó cómo trasladaban el cadáver del anciano hasta el coche fúnebre, mientras escuchaba preguntar al juez:
-¿Nombre y apellidos?
-Tomás Irujo González –respondió el policía.
-¿Edad?
-Ochenta y dos años.
-¿Lugar de nacimiento?
-Logroño, La Rioja.
Uno de los compañeros del joven bombero dio voz de aviso desde la cabina del coche.
-¡Venga, Carlos, que nos vamos!
-Voy.
Confuso, recordando una vieja y triste anécdota de regreso a la central, decidió preguntar al conductor:
-Papá. ¿Recuerdas cómo se llamaba aquel compañero del abuelo Ernesto?
Sorprendido, evocando el triste recuerdo, inquirió:
-¿El que entró en el edificio con él?
-Sí.

-Ya lo creo... Él fue quien pudo rescatar a la niña... Don Tomás Irujo González, el mejor amigo del abuelo... Después de su retiro no hemos vuelto a saber de él –hizo un movimiento del volante para dirigirse a la entrada de la autopista y, reaccionando, pidió una explicación-. ¿Por qué lo preguntas?
El joven bombero vaciló, conteniendo una expresiva interjección:
-No..., por nada... –contestó. Tras esto, el joven interrogó de nuevo a su padre-¿Por qué te hiciste bombero?

El vehículo rojo hizo entrada en la autopista con rumbo a la central, mientras que en la vía de sentido contrario cruzó fugazmente una ambulancia que hacía sonar su sirena; el joven bombero creyó distinguir bajo la estridente sirena una voz que gritaba desde la cabina:
-¡Ya vuelvo con los míos!

Franz_126
23/04/2005 00:52 Enlace permanente. Tema: Carbón Hay 2 comentarios.


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