Un extraño viaje...

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el expreso de medianoche

Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2005.

03/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

ocho.jpg-Verá, agente –comenzó Ermita-... Resulta que en uno de mis viajes a Barmolona acudí a una famosa discoteca, donde conocí a una deliciosa muchachita llamada Begoña. Aquella noche era la fiesta de “Miss Camiseta Mojada” y Begoña resultó ser la indiscutible ganadora del primer premio. Yo me quedé absorto por aquella maravilla: fue, prácticamente, amor a primera vista. Así que me decidí a realizar un movimiento de avance hacia aquella monumental señorita... Me dirigí hasta la barra, donde tras el concurso se encontraba Begoña. Me presenté y empezamos a charlar. Ella comenzó a morirse de la risa con mis ocurrencias y..., en fin... Que nos caímos muy bien, y quedamos para el día siguiente.

“Así, pasaron unas semanas, y ella me contó que quería estudiar la carrera de Filología en la Facultad de Letras, pero que no disponía ni del dinero suficiente ni de la nota necesaria para su matriculación. Audazmente, gracias a mis facultades económicas y a mi capacidad de persuasión (además de algún que otro euro) convencí a la decana para que matriculase a Begoña.

“Pronto me di cuenta de que era aficionada a fumar algún porrito de vez en cuando; pero jamás le vi meterse ninguna mierda de esas, se lo juro... Tampoco creo que fuera ningún tipo de camella, ni nada por el estilo... (y a pesar del pasado turbulento de su padre, que desde hacía tiempo había abandonado esos hábitos).

Transcurrieron dos meses, y Begoña se mostraba muy contenta con sus estudios. No obstante, el día de autos, me encontré con Bego en el patio de la Facultad y me explicó que había quedado con unos compañeros para hacer una sentada y encadenarse delante del despacho de la decana, con el objetivo de demandar un ajuste del horario de las clases. Me dijo que le esperase en la biblioteca y que le guardase su mochila y, ya sabe –hizo a Léxico un guiño de camaradería-, cualquiera se niega a conceder un favor a unos huesos de ese calibre... Total, que me fui a la biblioteca y, por cierto, tuve que hacerme el carné de socio. Estuve esperando toda la mañana a Bego, mientras mataba el rato delante del ordenador, hasta que, cansado de la espera, me marché en su busca, descuidándome, gracias a mi pésima memoria, la mochila.

“No encontré a Begoña por ninguna parte. Tampoco lo logré al día siguiente, ni los posteriores. Traté de llamarla por teléfono, aunque una dulce y acaramelada voz me informaba cada vez de que ese número había sido dado de baja. Y así, hasta el día de hoy...”

Léxico se quedó un tanto confuso mientras escuchaba la historia y, a pesar de su desconfianza, pensó que no era muy probable que aquel ricachón estuviera inventándose aquella historia.

Mientras continuaba escuchando algún que otro detalle -menos crucial y más trivial-, de la historia de Ermita con Begoña, en los exteriores de la casa se comenzó a sentir una estruendosa barahúnda. Salieron Ermita y Léxico por la puerta del salón y se encontraron con una manada de micrófonos, flashes y exabruptos por parte de un rebaño de paparazzis. Léxico trató de zafarse del tumulto, mientras Ermita se veía acosado por las preguntas. Mientras trataba de encontrar la salida, se dirigió a gritos a Ermita:

-Recuerde que su calidad de sospechoso del caso sigue en vigor... Así que deberá en todo momento estar localizable, sin la posibilidad de salir del país...

-Pero..., el jueves había planeado ir a Noami a ver a mi hijo Julito... –repuso Ermita, con pesar.

-Se siente... –respondió Léxico.

Una vez en la calle, Léxico se dirigió caminando al centro de la villa, con intención de tomar un taxi y volar de vuelta a Barmolona. Estaba dispuesto a resolver aquel enigma, y nadie ni nada iba a desviarle de su objetivo.

Franz_126

06/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

nueve.jpgEl suave aroma a café, acompañado de unos estridentes ladridos, hizo abrir los ojos a Léxico. Ante sus narices se topó con una taza bien cargada, sujetada por la blanquecina mano de Adelita, que le invitaba a probar un sorbo de aquel reconfortante líquido. En ese momento, Freddy –el caniche que convivía con Adelita- comenzó a gruñir con evidentes celos del forastero. Fue entonces, mientras tomaba la taza y miraba con cierta animosidad al perro, cuando recordó que aquella noche, tras el pesado viaje, la había pasado en casa de Adelita; para ser más precisos, en su cama. Le había llamado al llegar al aeropuerto y, Adelita, cómo no, accedió a la esperada cita con Léxico.

Mientras Léxico se incorporaba -y después de dar un beso de buenos días a Adelita que enfureció sentidamente a Freddy-, miró al reloj de la cabecera de la cama y probó a frotarse los ojos:

-¡Ostras, Pedrín! ¡Por los Ángeles de Charlie! –pronunció Léxico sobresaltado-. Adelita... Dime que tu reloj no funciona y que no son las diez y veinte...

-¡Calla de una vez, Freddy! –se dirigió al caniche con voz de mando-. Cielo... Lo siento... –contestó a Léxico con cara compungida la bibliotecaria-. Me temo que funciona perfectamente...

-Joder... Tengo que salir ya mismo hacia la biblioteca y preguntar por la tal Begoña... –rascándose el cogote, se preguntó por otro hecho extraño-. Por cierto... ¿No tendrías que estar tú allí hace tiempo?

-Pero qué despistado que eres, cielo... ¿No sabes que por las mañanas está Cándido?

Léxico hizo un gesto de fastidio y se dio una palmada en la frente. Vistiéndose allegro, ma non tropo, y despidiéndose de Adelita con un fugaz beso –y de Freddy con un empático ladrido-, salió por la puerta del apartamento en dirección suicida hacia la biblioteca de la Facultad.

Al entrar por la puerta, Cándido abrió lo ojos como manzanas y comenzó a carcajearse con insensata hilaridad:

-¡Ja, ja, ja, ji, ji...! ¡Hombre, agente...! ¡Usted de nuevo por aquí! ¡Qué alegría me da!

Después de darse unas cuantas palmaditas mutuamente y de que Cándido se pusiera a contar a gritos –alertando e indignando a más de un estudiante- algún chiste verde, Léxico instó a que le permitiera buscar en el ordenador el nombre de una estudiante. Introdujo, pues, el detective, el nombre y primer apellido que Julio Ermita le había proporcionado: Begoña Mataporros. Enseguida, salió la ficha de la estudiante, junto a su dirección y teléfono. A la derecha, una reciente fotografía de la joven, ante la cual, Cándido lanzó un exabrupto:

-¡Hostias! ¡Pues sí que está rica la tía! –dijo babeando-. No es usted tonto ni ná, agente...

Mientras se despedía de Cándido, fingiendo pesar, recogió la copia impresa de la ficha de Begoña, y se dispuso a llamar por teléfono a la susodicha. No obstante, una vez fuera de la biblioteca, pensó que quizá sería más conveniente y directo realizar una visita sorpresa a su casa.

Franz_126

09/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

diez.jpgEsperó pacientemente durante aquella tarde, sentado en un banco del parque situado junto a la vivienda de Begoña. Después de estudiar detenidamente la fotografía, vigiló todos y cada uno de los inquilinos que entraban en la portería del edificio. Pasaron unas horas y la sospechosa no aparecía por el lugar. Ya comenzaba a oscurecer mientras Léxico daba un paseo por la acera del portal, cuando vio aparecer por la calle la figura estilizada de una joven con macuto. Cuando la joven se aproximaba al portal, Léxico pudo identificar –a pesar de las coletas de colegiala y los varios piercings en cejas, barbilla y nariz- a Begoña Mataporros. Cometió el error de enseñar su placa de detective pocos metros antes de su encuentro con la joven, por lo que ésta decidió con rapidez dar media vuelta y salir a toda mecha corriendo en dirección opuesta. A pesar de los avisos de Léxico, la joven se encontraba ya a punto de doblar la esquina de la calle, por lo que Léxico decidió practicar un poco de deporte y se puso a la zaga de la liebre. Tras girar la esquina, Léxico comprobó que la estudiante se dirigía calle abajo, por la acera opuesta. Tuvo que driblar alguna moto y algún que otro coche, mientras cruzaba la calle mostrando su placa. Pudo observar que Begoña se disponía a dar un nuevo giro y abandonar aquella manzana. Al llegar a la esquina, Léxico comprobó que se hallaba en una gran avenida arbolada. A lo lejos, descubrió la figura de la joven, que se dirigía hacia la puerta de unos grandes almacenes. Cuando llegó hasta la puerta y miró hacia el interior de la superficie comercial se percató de la dificultad que se añadía a su búsqueda: cientos de personas concurrían por la planta baja del local, rebuscando y probándose ropa de oferta en las rebajas. Miró el cartel que indicaba las secciones de las ocho plantas del edificio, las indicaciones de las cuatro salidas y, tras echar una aturdida y desesperada ojeada a su alrededor, reconoció, por fin, que aquella hábil jovenzuela había logrado su escapatoria.

Salió, pues, cabizbajo, del centro, y optó por reconsiderar la situación. Se dirigió de nuevo hacia el parque situado junto a la vivienda de Begoña y comenzó a cavilar. Pensó que podría pedir una orden de registro para la vivienda de Begoña, aunque desestimó la idea provisionalmente, ya que, mientras se ponía en contacto con el Comité y con la Policía, la cosa se podría demorar durante horas. Entonces, se le ocurrió que quizá Begoña pudiera acudir a la mañana siguiente a la Facultad. Era una posibilidad, aunque probablemente, si ella estaba al tanto del caso, procuraría no aparecer por allí. Pero era ésta la única alternativa, por el momento, de poder volver a localizar a Begoña Mataporros. Optó, pues, por irse a dar unas cabezadas para acudir al día siguiente a la Facultad. Una barba postiza, unas gafas de sol y una cartera de profesor podrían contribuir a que su próximo encuentro con Begoña no acabara de nuevo en plantón.

Franz_126
09/10/2005 18:07 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

11/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

once.jpgA primera hora de la mañana se plantó Léxico en el despacho de la decana, con la intención de averiguar el horario de Begoña. No obstante, tuvo que esperar media hora hasta que la señora apareció para abrir la puerta de su despacho. Al ver a Léxico, la decana se sorprendió –o tal vez, podría decirse, se despertó-; aunque enseguida reconoció al detective y le invitó a que pasara.

-Bueno, y dígame detective... –escrutó con expresión anodina-. ¿Cómo va el caso? La verdad, pensaba que ya estaba todo resuelto...

-Ojalá, señora... –susurró cansinamente Léxico-. Lo cierto es que mi visita se debe a mi interés en conocer unos datos que usted podría proporcionarme, con la esperanza de hallar a un importante sospechoso. Bueno, en este caso, sospechosa... Se trata de Begoña Mataporros...

-Hum... Veamos qué se puede hacer...

-¿Podría usted de alguna manera saber el horario de esta estudiante?

-¡Oh, claro! –contestó aliviada la decana-. Tan sólo hace falta que llame a Úrsula, la secretaria...

Mientras la decana hacía dicha llamada desde su teléfono, Léxico se entretuvo echando unos tragos a su negruzca petaca y mirando las fotos de los viajes del paso de ecuador de diferentes promociones, que colgaban de las paredes. Se fijó en una en la que un grupo de estudiantes manteaba a la señora decana en la pista de una discoteca. Al cabo del rato, la decana colgó el auricular y se dirigió a Léxico:

-Ahora mismo me envían el fax, agente... Por cierto... –hizo una mueca de intriga-. Desde el primer día que le vi me he preguntado qué líquido contiene esa petaca de la que usted bebe...

-Señora... –comenzó con sonrisa misteriosa Léxico-. Ese es un secreto profesional que procuraré guardar hasta la tumba...

A los pocos minutos, la decana recibió el fax, y dispuso del horario de la estudiante. Se lo mostró a Léxico, y éste se dirigió de nuevo a la decana y le hizo una petición:

-Dígame... ¿Podría usted hacerme un favor?

-Por supuesto... –respondió presta la decana-. Siempre que esté en mis manos...

-Verá... Según parece, Begoña tiene una clase de Movimientos Literarios a las diez y cuarto, es decir, de aquí a veinte minutos. ¿Podría usted conseguir que al finalizar la clase se presentara aquí, en su despacho?

-Pues... sí –respondió-. Creo que no habría inconveniente... Ya sé. Llamaré a la sala de profesores y preguntaré por Don Herminio. Creo que es el profesor de Movimientos... Le diré que informe a la señorita Mataporros para que acuda de inmediato a mi despacho.

-¡Perfecto, señora! Es usted un primor...

-Vamos, agente... –contestó coqueta-. Me sonroja usted...

Franz_126

13/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

doce.jpgDon Herminio Azulado se disponía a concluir la clase del día, en la que había dado unos apuntes acerca de los autores Románticos de principios del XIX en Gran Bretaña. Antes de recoger su cartera, no obstante, se dirigió a una de sus jóvenes estudiantes:

-Ah, por cierto... Señorita Mataporros: me gustaría comunicarle una relevante información antes de que parta hacia mi próximo destino horario instructivo. Si es tan amable de dirigirse al estrado...

-Joder... La hemos cagao... –dijo entre dientes, dirigiéndose a su compañera-. ¿Qué te juegas a que me enseña la chuleta que se topó el otro día?

Bajó las escaleras hasta el estrado del profesor, no sin antes depositar un moco que acababa de hurgar de su nariz en la superficie lateral de uno de los pupitres. Una vez los estudiantes hubieron abandonado el aula se acercó a don Herminio, estirando con un dedo el chicle que apretaba con sus sonrientes y provocativos dientes:

-¡Qué pasa, plasta! –soltó al profesor-. A ver qué tripa te se... digo... ¿qué he hecho yo ahora?

-Tranquila, Begoñita... –se dirigió sonriente a la estudiante-. No pasa nada... Sólo es para decirte que tienes que pasar por el despacho de la decana... Quiere comentarte algún detalle sobre el guión del monográfico...

-¡Oye, tío! ¡Me soltaste que después del trabajillo que te hice en tu despacho no me preocupara por el excelente!

-Ya... Descuida, princesita... Es sólo un trámite... Ya sabes, para no levantar sospechas...

-Brrrr... No sé, no sé... –vaciló Begoña, mientras se enrollaba el chicle en el dedo índice-. Bueno... Pero que conste que lo hago por misericordia... A cambio, ya sabes... La semana que viene no vengo a clase...

-Valeeee... Está bien. Pero tienes que ir enseguida. La decana te está esperando...

-¡Ah! –dijo la estudiante, ya saliendo por la puerta del aula y después de escupir el chicle-. Y como me vuelvas a llamar otra vez “Begoñita”, “princesita” o alguna mariconada de esas... te meto una leche que te se incrustan las gafas de botella en la napia...

Salió Begoña de clase dando un portazo y se fue en dirección al segundo piso –donde se encontraba el despacho de la decana-, no sin lanzar unos cuantos escupitajos a las orlas que colgaban del corredor situado junto al hall de la entrada. Ya en las escaleras, se sacó del bolsillo otro chicle y, desenvolviéndolo, se lo introdujo en su tan refinada y lisonjera boca.

Franz_126
13/10/2005 22:05 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

17/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

trece.jpgLéxico acababa de ponerse la barba postiza y unas metálicas gafas de sol, cosa que hizo que la decana soltara una tímida risilla. Mientras ésta servía a Léxico una nueva taza de café de la máquina
de su despacho, se escucharon unos toques en la puerta. Se dirigió la mujer hasta la puerta y, abriéndola, se encontró frente a la desgarbada, aunque estilizada, figura de Begoña Mataporros. Ésta, con cara fastidiosa, se dirigió a la mujer:

-Bueno, aquí estoy, tí... digo, señora dire... Bueno, ¿me va a dejar usted entrar, o ya me puedo ir?

-Pasa, pasa, Begoña... –contestó presta la decana-.

Begoña entró en el despacho y echó una curiosa ojeada a las paredes adornadas por las orlas; al instante, descubrió a Léxico sentado junto a la mesa del ordenador; aunque le pareció un hallazgo inesperado y extraño, no reconoció al tipo que el día anterior le había estado persiguiendo.

-¿Y éste quién coño es, señora?

-¡Oh, perdona, Begoña! –se disculpó la decana-. Permíteme que te presente a Saul Gómes: es profesor de Literatura Contemporánea, y será él quien te ayude con tu monográfico...

Mientras Begoña se sentaba en la silla colocada enfrente del escritorio, Léxico se incorporó y se acercó a la estudiante.

-Doctor Saul Gómes, para servirte, preciosa... –se dirigió Léxico.

-Encantada, encanto... –contestó burlona Begoña. Mientras saludaba a Léxico, escuchó cómo a sus espaldas la decana cerraba con llave el despacho, cosa que le pareció de mal agüero-. ¡Hey, qué pasa! ¿Es que acaso vamos a montar una orgía?

-Ja, ja, ja... –rió ruidosamente Léxico-. ¡Qué sentido del humor tiene nuestra estudiante! ¿No es cierto, señora decana?

Mientras la decana asentía sonrojada, Begoña observó con detenimiento la gabardina que colgaba del perchero contiguo.

-Esa gabardina... –dijo pensativa, casi entre dientes-.

-¿Qué dices, niña? –preguntó Léxico mientras se quitaba indeliberadamente las gafas.

Begoña se fijó en los ojos de Léxico; hizo un rápido, aunque escrutador estudio de su físico, y volviendo a echar un vistazo a la gabardina, logró llegar a una más que firme asociación de ideas y coincidencias. Enseguida, sus ojos se dispararon, mientras su cuerpo y su mente urdían un rápido y eficaz intento de huida.

-¿Qué te ocurre, Beg...?

Léxico no pudo acabar su frase, ya que, inesperadamente, se topó con una avalancha de papeles y utensilios de escritorio que habían salido despedidos de las ágiles manos de Begoña. A continuación, recibió una contundente patada en su espinilla derecha, cosa que hizo que el agente se tuviera que agachar quejumbroso en el suelo. A continuación, se dirigió encolerizada la estudiante a la decana, y se dispuso a un forcejeo para arrebatarle las llaves que ésta sujetaba con fuerza en su mano. Una presión en su brazo derecho, y un frío acero en su nuca, calmaron súbitamente los ánimos agresivos de la estudiante, mientras la voz de Léxico susurraba a su espalda:

-Me temo que los jueguitos ya se han acabado, muñeca... Estate quietecita y haz el favor de sentarte justo donde estabas. Recuerda que tenemos que seguir hablando de literatura... y de mafias literarias...

Léxico llevó a Begoña hasta la silla; le hizo poner las manos en la espalda y la esposó. Comunicó a Begoña que estaba detenida como sospechosa de crimen literario. Minutos más tarde, llamó al Comité Central para pedir refuerzos, y una vez llegados, se llevaron a Begoña Mataporros para realizarle un detallado interrogatorio.

Franz_126
17/10/2005 20:31 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

20/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

catorce.jpgEn la sala de interrogatorios, el comisario Hiato daba vueltas alrededor de la mesa, echando de tanto en tanto una mirada furtiva a Begoña Mataporros. Finalmente, recibiendo un gesto de aprobación de Léxico, se decidió a sentarse frente a la joven y, con voz suave, aunque soberbia, comenzó a informar a la sospechosa:

-Supongo que conoce usted la magnitud del aprieto en el que deambula... Así que vamos a dejarnos de florituras y otros fútiles escarceos, con la intención de arribar pertrechos al meollo de la cuestión...

-¿Mande? –interrumpió la joven, con cara de aturdimiento.

-En otras palabras... Que empieces a soltar por esa preciosa boquita, monada...

-Lo llevas claro, gorilada... –contestó con indiferencia Begoña-. No pienso decir ni pío si no es en presencia de mi abogado...

Hiato se giró hacia Léxico, mostrándole una cómica sonrisa, a la que el agente correspondió incluyendo un repentino arqueamiento de cejas. A continuación, una breve risa, correspondida por una tos reprimida. Seguido de una carcajada, correspondida por un gran alborozo de risas. Una vez calmadas las risas, Hiato se volvió de nuevo hacia Begoña:

-Pues claro, cielo... Faltaría plus... ¿Sabes? Hemos investigado en tu ficha y, ciertamente, no tienes ningún antecedente por delito literario... Por otra parte, sabemos perfectamente quién eres y quién es tu “renombrada” familia. También conocemos, no obstante, tus antecedentes como camellita de tres al cuarto, aunque eso no nos interesa...

-¿Cómo? –se extrañó Begoña-. Entonces, ¿vosotros no sois de estupefacientes?

-Pues no, chica... No sé si te has enterado de que estás en el CCPCL o, dicho de otra manera, el Comité Central por la Prevención de Crímenes Literarios.

-¡Coño! –se dirigió a Léxico-. Pues yo que pensaba que el otro día andabas buscando mierda en mi mochila...

-¡Bueno, pues no! ¡Y deja de una vez de hacerte la tonta! –contestó con énfasis el comisario Hiato-. ¡Ah! Por cierto... No creo que “tu abogado”, ese tal Fernández-Meréndez (en busca y captura desde hace meses) esté localizable en este momento... Así que empieza a soltarnos ya qué cojones tienes que ver en el caso “Sabor a Fuel”.

-¿”Sabor a Fuel”? Ah, ese libro... –contestó aliviada-. Es un regalo que me hizo mi viejo por mi cumple... ¿Qué pasa con ese tocho?

Hiato instó a Léxico a que le acompañara fuera de la sala. Cerró la puerta tras de sí y se dirigió con cara de preocupación al agente:

-Verás... No quería decirte esto todavía, más que nada para que no desviaras tu atención del caso en concreto. Lo cierto es que hace una semana se encontró otro ejemplar de “Sabor a fuel” en la biblioteca municipal. Hace tres días también se halló otro en manos de un conocido empresario de la ciudad. En fin... Que parece ser que no se trata de un caso aislado... Así que debemos andar con pies de plomo...

-Ya veo... –contestó pensativo Léxico-. ¿Qué opina de la estudiante? A simple vista parece una mosquita muerta, a pesar de su desfachatez...

-Bueno, quizá nos esté diciendo la verdad... Es probable que su padre, ese tal Coto, le regalara ese ejemplar... En ese caso, vería mucho más factible que ese menda tenga alguna relación directa con el caso.

-Habrá que localizarle... –propuso Léxico-. En fin, ¿qué le parece si continuamos con el interrogatorio?

-Por supuesto... Vamos a persuadir un poco más a la niña...

Franz_126
20/10/2005 20:01 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

23/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

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          “Sabor a fuel” había sido retirado del mercado cuatro años atrás, poco después de ser descubierta su elocuente “negrura”. El Comité Central creía haber dado por destruidas todas las copias y ejemplares del libro, además de que el autor del libro había sido puesto a disposición judicial y posteriormente vetado. Así, pues, en un principio se hizo extraño el hecho del hallazgo de aquel ejemplar en la biblioteca de la Facultad; no obstante, suponía un hecho factible, ya que era conocida la proliferación de mafias negras y de ciertos individuos que se ganaban la vida recuperando novelas y fanzines que habían sido retirados del mercado por presunta “negrura”. En muchas ocasiones, eran estos mismos escritores “negros” los que editaban nuevos ejemplares y los vendían a precios astronómicos en el mercado negro. Ahora, por tanto, se unía el hecho de que se hubieran encontrado más ejemplares, lo que hacía suponer que un “negro” o algún otro individuo con probabilidades mercantiles y mafiosas había montado un nuevo engranaje para hacer proliferar su negocio sucio.

        Begoña Mataporros continuó dando sus explicaciones sobre el caso al comisario y a Léxico, que escuchaban atentamente:

        -Como ya le he dicho, cuando le vi el otro día pensé que usted era de estupefacientes, y por eso salí a toda hostia... Y en cuanto a lo del “tocho”, como le he dicho me lo regaló mi papi, hará un mes. Lo que ya no tengo ni idea es dónde lo compró o quién se lo dio. 

        -Muy bien, preciosa... –contestó sonriente Hiato-. No sé por qué, pero te creemos. El único dato, pues, que deberías facilitarnos en este preciso instante es el paradero de tu estimado papi, para hacerle algunas preguntitas al respecto... 

        -¡Ufff...! Pues va a ser chunga la cosa... –contestó-. Más que nada, porque no tengo ni pajolera idea... Siempre es él el que me llama, y casi siempre quedamos en mi “keli”. ¡Ah, bueno! Me acabo de acordar de una cosa... Tengo unas entradas para ir mañana a “Crónicas Prusianas”, ya que, como supongo sabrán, mi viejo es colaborador habitual del “pograma”, y me consigue un par cada semana...
 
        -Ahá... –intervino Léxico-. O sea, que mañana tú y yo nos iremos a ver un rato la tele en directo, ¿no es así?
 
        -Bueeeeeno... –contestó fastidiada-. Tendré que decirle a mi colega Pili que he ligado y me voy con el mismísimo Philip Marlowe al programa...
 
        -¡Pero qué mona que eres, nena!
 
        -¡Oye, no te pases, capullo! ¿A que te meto?
 
        -Menos lobos, caperucita... –inmediatamente, Léxico sacó un revólver de su gabardina y apuntó a un metro de su cara. Con expresión implacable introdujo su dedo índice por la ranura del gatillo que, a continuación, apretó, accionando una palanca que permitió salir del cañón de la pistola de juguete una banderita con la inscripción “¡Bang!”.
 
        -¡Hijo puta! -espetó Begoña, con cabreo.
 
        Mientras el comisario Hiato y Léxico continuaban riendo, éste sacó otro revólver del costado izquierdo de su gabardina, y retomando una firme expresión , se dirigió a la sospechosa:
 
        -Recuerda que tu calidad de sospechosa sigue en vigor, así que espero no se te ocurra ninguna tontería, porque éste –señaló el revólver- sí es de verdad... Así que espero te portes bien mañana...
        

         -Claro que sí, mam..., digo, agente...

  Franz_126

23/10/2005 23:21 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.

27/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

20051027190049-16-jpg      Léxico cenaría esa noche con Adelita, en su casa. Le extrañó, no obstante, no escuchar los amistosos ladridos de Freddy al entrar en el recibidor. Atentamente, Adelita le explicó que había decidido dejarlo aquella noche en casa de su vecina, con la intención de que aquella velada fuera tan sólo para los dos.
 
Mientras disfrutaban de una romántica cena, velas incluidas, el detective le estuvo contando los detalles de la investigación, mostrando su inquietud por el caso. La bibliotecaria le miró con expresión nerviosa y, a continuación, desviando su mirada, se dirigió a Léxico:
 
        -¿No crees que este caso te está agotando demasiado, cielo?
 
        -¿Qué quieres decir? –quiso saber, a su vez, Léxico-.
 
        -No sé... –comenzó dubitativa-. La verdad es que me gustaría... No sé, que pasaras más tiempo conmigo... –balbució de nuevo-. Me da la impresión de que ya no me haces mucho caso...
 
        -¿Pero qué dices? –saltó contrariado Léxico-. No he dejado de llamarte todos los días, desde que nos conocimos en la biblioteca... –Léxico rumiaba con decepción la inesperada actitud de Adelita, mientras esperaba que ésta diera su réplica. Lo cierto es que había notado algo extraño en la actitud y el ánimo de la bibliotecaria durante aquella noche.
 
        -Ya... Pero creo que este caso te está apartando poco a poco de mí –después de dar un sorbo a su copa de cava, propuso a Léxico-. ¿Por qué no dejas el caso, cariño? Podrías alegar tu mal estado de salud y no creo que hubiera problema si se encargaran del asunto otros de tus compañeros... Además, así estaríamos más tiempo juntos.
 
        Léxico se quedó unos instantes perplejo ante la sorprendente insinuación de la bibliotecaria. Al cabo, decidió incorporarse y abandonar la mesa, mientras se decidía a dar una respuesta:
 
        -Me temo que no estás en tus cabales, guapa... ¿De qué me estás hablando, si se puede saber? –comenzó excitado, Léxico-. ¿Salud? Nunca he estado mejor... ¿Dejar el caso en manos de otro? Ni pensarlo... Además de que echaría al traste mi reputación, no creo, modestia aparte, que haya ningún otro agente capacitado para semejante caso –dijo mientras dejaba la servilleta sobre la mesa-. Así que si vas a salir con tonterías como esas, mejor nos vemos otro día, si te apetece...
 
        Mientras Léxico se disponía a coger su gabardina y, seguidamente, dirigirse hacia la puerta, Adelita salió corriendo en su busca, tratando de disculparse:
 
        -¡Perdóname, cariño! ¡Por favor, te lo ruego! –suplicó-. Lo siento, de verdad... Tan sólo me preocupaba por ti... Pensaba que quizá ya no me querías... Pero me he dado cuenta de que he sido egoísta, y de que tu oficio es muy importante para ti...
 
        -Bueno, pues me alegro... Me quitas un peso de encima... No obstante, he de irme, mañana tengo mucho trabajo...
 
        -Oh, por favor... –rogó Adelita, mientras le pasaba la mano por su pecho-. Quédate esta noche conmigo, cariño... Me quiero disculpar como te mereces, con un buen premio... Anda, hazlo por mí.
 
        -Está bien... –accedió Léxico, después de remolonear un poco-. Pero acuérdate de poner el despertador a las siete...
 
        -Claro que sí, mi amor... –contestó Adelita, mientras le abrazaba y le soltaba un beso en los morros. Léxico le correspondió, posando una mano en su cadera y, a continuación, aupó a la bibliotecaria para cogerla en brazos.
 
        -Uy, espera un momentín, cariño... –pidió-. Tengo que sacar una botella de cava del congelador, antes de que se me olvide. Mientras tanto, ¿por qué no te pones cómodo en el dormitorio? Iré a buscar unas copas, para brindar más tarde, y de paso me pongo un picardías...

        

        -Genial... Peron no tardes, ¿eh?

Franz_126

30/10/2005

Crimen Desorganizado, S.A.

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Una caverna oscura, tan sólo iluminada por la leve luz de dos candiles colgados de ambas paredes. El techo, compuesto por estanterías repletas de libros. Se encuentra tumbado en un diván de acero, inmovilizado y atado de pies y manos, amordazado por un continuo chorro de negruzco líquido que le obliga a tragar incesantemente, casi ahogándole. Mientras continúa bebiendo, sin remisión, comprueba cómo los libros comienzan a descender de sus ingrávidas estanterías y pasan rozando su cuerpo, mientras escucha enormes estruendos al contactar con el suelo. A su vez, escucha a lo lejos los ladridos de un furioso perro, ladridos que estima más bien como fieros y felinos rugidos. Acto seguido, una fantasmagórica niña con coletas se le aparece por el costado derecho; observa cómo se deshace el nudo de la goma de una de sus coletas y, una vez en su mano, comprueba que ésta se ha convertido en un fino pero afilado látigo. La niña blande el látigo con expresión malvada y comienza a lanzarlo contra el suelo. Mientras escucha de fondo los rugidos, los fuertes latigazos que la malvada niña proyecta contra el suelo alertan a Léxico, que implora misericordia. La niña, sonríe perversamente, mientras comienza a expulsar, como si fueran proyectiles, escupitajos que van a parar a su cara. Éste, continúa implorando piedad, a la vez que grita desesperadamente: 

        -¡No, noooo, nooo, basta por favor...! La niña emite una terrible carcajada y, a continuación, continúa escupiendo a la cara de Léxico.        

        En ese momento, sobresaltado, abre los ojos. Se incorpora precipitadamente. Se palpa la cara y comprueba que, además del sudor, su tez está húmeda debido a otro líquido extra corporal. Se gira y descubre cómo la almohada está empapada, debido a una gotera que incide en su caída hasta la cama. Asimismo, comprueba que la persiana de la habitación no para de dar latigazos, debido al temporal y la tormenta que intuye fuera. 

        Cuando comienza a recuperarse de la pesadilla se levanta. Se dirige presuroso hacia la ventana con intención de cerrarla, no sin antes resbalar en el charco que se ha formado por el agua que se ha colado del exterior. Cae de culo al suelo y expele una blasfemia acompañada de un balido quejumbroso. Se incorpora, con cuidado, y se dirige hasta la cocina, donde recoge un cubo y una fregona. Vuelve hasta el dormitorio, aparta la almohada y coloca el cubo en su lugar. La gotera comienza a imprimir un constante ritmo valiéndose del bombo acústico del cubo. 

        Es entonces cuando se percata de la ausencia de su compañera; se dice que se habrá levantado para ir al lavabo. Comienza a secar el suelo con la fregona, a la vez que, indiferentemente, echa un vistazo al reloj-despertador de la mesita. Se le cae la fregona de las manos al descifrar la hora: las once y media. Sale corriendo sin dirección predeterminada, llamando a voces a su compañera. Se topa con la puerta del lavabo. La abre y la encuentra vacía. Se dirige al salón y encuentra el mismo desamparo. Regresa a la cocina y halla por casualidad la única compañía de una nota sobre el mármol:      

       “Cielo, he tenido que salir de compras. Siento no haberte despertado, pero es que parecías un angelito, y eso que el despertador ha sonado varias veces... Bueno, un besito y hasta luego:         Adelita”.

        Mientras Léxico reprime para sus adentros una serie de imprecaciones, deja caer involuntariamente la nota. Instintivamente, se agacha para recogerla, a la vez que descubre junto a ésta, en el suelo, el envoltorio de algún tipo de medicamento. Recoge el envoltorio junto con la nota y, a continuación, se dispone a echar un vistazo a la marca del mismo; descubre, con anonadamiento, que se trata de un tipo de somnífero capaz de dejar en cama a un caballo durante un día entero. Aturdido y confuso, echa un vistazo a la botella de cava y a las copas que reposan en el fregadero. No tarda mucho en establecer la cadena de asociaciones y a deducir que, si no hubiera sido por aquella gotera, con toda probabilidad hubiera continuado soñando con aquella malvada colegiala hasta la mañana siguiente.

 

Franz_126

 

30/10/2005 22:07 Enlace permanente. Tema: Tren de cercanías No hay comentarios. Comentar.


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